Mikis Theodorakis le pone música y Petros Pandis canta este poema de Pablo Neruda:
América insurrecta (1800)
lunes, 27 de octubre de 2008
Canto general
Poemas desde Guantánamo V
Echándote, madre, de menos
Echándote, madre, de menos, mi corazón he consumido.
Juro por la entera Creación que no sé cómo hablarte.
En la noche, en mis sueños sonámbulos, siento tu amor
Llamándome: ¿Dónde está Imad?
Todos aquí han recibido cartas que alivian su corazón.
Pero yo, sufriendo, vivo en mi soledad, más lejos.
Imad Abdullah Hassan
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domingo, 26 de octubre de 2008
Las once mil vergas (XXVI)
–Ahora –dijo Cornaboeux– tenemos que salir por piernas.
Se limpiaron y se vistieron. Eran las seis de la mañana. Saltaron por la portezuela y valientemente se acostaron sobre los estribos del tren lanzado a toda velocidad. Luego, a una señal de Comaboeux, se dejaron caer suavemente sobre el balasto de la vía. Se levantaron algo aturdidos, pero sin ningún daño, y saludaron con un estudiado gesto al tren que ya se empequeñecía al alejarse.
–¡Ya era hora! –dijo Mony.
Alcanzaron el pueblo más cercano, reposaron dos días en él, luego volvieron a tomar el tren para Bucarest.
El doble asesinato en el Orient-Express alimentó los periódicos durante seis meses. No encontraron a los asesinos y el crimen fue cargado en la cuenta de Jack el Destripador, que tiene unas espaldas muy anchas.
En Bucarest, Mony recogió la herencia del vicecónsul de Servia. Sus relaciones con la colonia servia le hicieron recibir, una tarde, una invitación para pasar la velada en casa de Natacha Kolowitch, la esposa del coronel encarcelado por su hostilidad a la dinastía de los Obrenovitch.
Mony y Cornaboeux llegaron hacia las ocho de la tarde. La bella Natacha estaba en un salón tapizado en negro, iluminado con velas amarillentas y adornado con tibias y calaveras:
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–Príncipe Vibescu –dijo la dama–, vais a asistir a una sesión secreta del comité antidinástico de Servia. Esta noche se votará, no me cabe la menor duda, la muerte del infame Alejandro y de Draga Machine, su puta esposa; se trata de restablecer al rey Pedro Karageorgevitch en el trono de sus antepasados. Si reveláis lo que veréis y oiréis, una mano invisible os matará, estéis donde estéis. Mony y Cornaboeux se inclinaron. Los conjurados llegaron de uno en uno. André Bar, el periodista parisino, era el alma del complot. Llegó, fúnebre, envuelto en una capa española.
Hicieron entrar a una extraña pareja: un muchachito de diez años vestido de gala, el sombrero bajo el brazo, acompañado por una niña encantadora que no tendría más de ocho años; estaba vestida de novia; su traje de satén blanco estaba adornado con ramilletes de flores de naranjo.
El pope les dio un sermón y les casó haciéndoles intercambiar los anillos. Enseguida, les exhortaron a fornicar. El muchachito sacó una colita parecida a un dedo meñique y la recién casada, arremangando su emperifollada falda, mostró sus pequeños muslos blancos en lo alto de los cuales miraba con la boca abierta una pequeña abertura imberne y rosada como el interior del pico abierto de un grajo que acaba de nacer. Un silencio religioso planeaba sobre la asamblea. El muchachito se esforzó para penetrar a la niña. Como no podía conseguirlo, le quitaron los pantalones y, para excitarlo, Mony le dio una graciosa azotaina, mientras que Natacha, con la punta de la lengua, le cosquilleaba su pequeño glande y sus cojoncillos. El muchachito comenzó la erección y así pudo desvirgar a la niña. Cuando hubieron cruzado sus espadas durante diez minutos, les separaron, y Cornaboeux agarrando al muchachito le desfondó el ano por medio de su potente machete. Mony no pudo aguantar sus ganas de joder a la niña. La cogió, la sentó a horcajadas encima de sus muslos y le hundió su viviente bastón en la minúscula vagina. Los dos niños lanzaban gritos aterradores y la sangre chorreaba alrededor de los miembros de Mony y de Cornaboeux.
Inmediatamente, colocaron a la niña sobre Natacha y el pope que acababa de terminar la misa le levantó las faldas y empezó a azotar su blanco y encantador culito. Natacha se levantó entonces, y montando a André Bar sentado en un sillón, se penetró con el enorme miembro del conjurado. Comenzaron un brioso San Jorge, como dicen los ingleses.
El muchachito, arrodillado ante Cornaboeux, le chupaba el dardo mientras lloraba a lágrima viva. Mony enculaba a la niña que se debatía como un conejo que van a degollar. El resto de los conjurados se enculaban con terribles ademanes. Natacha se levantó enseguida y, girándose, tendió su culo a todos los conjurados que se acercaron a fornicarla por riguroso turno. En este momento, hicieron entrar a una nodriza con cara de madona y cuyas enormes ubres estaban llenas hasta reventar de una leche generosa. La hicieron ponerse a cuatro patas y el pope empezó a ordeñarla como a una vaca, en los vasos sagrados. Mony enculaba a la nodriza cuyo culo de una resplandeciente blancura estaba tan tenso que parecía a punto de reventar. Hicieron mear a la niña hasta llenar el cáliz. Entonces los conjurados comulgaron bajo las especies de leche y de orines.
Luego, agarrando las tibias, juraron dar muerte a Alejandro Obrenovitch y a Draga Machine, su esposa.
La velada se acabó de una manera infame. Hicieron subir a varias viejas, la más joven de las cuales tenía setenta y cuatro años, y los conjurados las jodieron de todas las formas posibles. Mony y Cornaboeux se retiraron hastiados hacia las tres de la mañana. Una vez en casa, el príncipe se desnudó y tendió su bello culo al cruel Cornaboeux que le enculó ocho veces seguidas sin desencular. Daban un nombre a estas sesiones cotidianas: su disfrute penetrante.
Durante algún tiempo, Mony llevó esta vida monótona en Bucarest. El rey de Servia y su mujer fueron asesinados en Belgrado. Este crimen pertenece a la historia y ya ha sido juzgado de diversas maneras. La guerra entre el Japón y Rusia estalló inmediatamente.
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sábado, 25 de octubre de 2008
Una modesta proposición (I)
Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público.
De Jonathan Swift
Dublín, Irlanda, 1729
Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.
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Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.
Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.
El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.
Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.
Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.
Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
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Ascensor para el cadalso
Impresionante escena de Ascenseur pour l'echafaud. Sin palabras. Música de Miles Davis.

