viernes 20 de noviembre de 2009

Y el tiempo pasa

Estos chinos...

Mirad qué chulada he encontrado en un foro. Es interactivo, moviendo el ratón a derecha o izquierda se va viendo la "foto". Cuando salgan unos cuadrados, clicad dentro, hay un minivideo con música ambiental y todo

Aquí

jueves 19 de noviembre de 2009

Crisol y su estrella

Cuenta una leyenda que una vez, en un lugar de la Tierra de Cristal, vivía un pueblo que hablaba con las estrellas. Los ancianos enseñaban a los niños desde muy pequeños a comunicarse con ellas, no a través de las palabras sino con el pensamiento

A los habitantes de las estrellas, no se les podía oír aunque gritaran porque estaban lejos, muy lejos; pero los pensamientos sí les llegaban porque los pensamientos llegan lejos, muy lejos

Cuando los niños de la Tierra de Cristal cumplían siete años, se hacía una gran fiesta y entonces se pedía a cada uno que escogiera una estrella: esa sería su estrella y a partir de ese día, debía localizarla en el cielo y al llegar la noche, empezar a enviar mensajes a sus habitantes. Eso sí, debía hacerlo todas las noches, pues de esta manera los habitantes de aquella estrella reconocerían el "sonido" de sus pensamientos igual que en la Tierra de cristal reconocían a una persona por el sonido de su voz

Crisol estaba un poco nervioso pues esa noche le harían una gran fiesta y elegiría su estrella, y a partir de ese momento, debería demostrar que había aprendido todo lo que los ancianos le habían enseñado

__ ¿Cómo te sientes? __ le dijo su maestro Crisferón
__ Un poco nervioso, no sé si podré hacerlo bien__ contestó Crisol__. Además, no sé qué decirles

__ Tienes tiempo para pensar lo que les vas a decir, pero creo que, por ser el primer día, sólo deberías presentarte, decirles tu nombre y contarles cómo eres. Te recomiendo que no te comuniques durante mucho rato. Ellos deben familiarizarse poco a poco contigo

__ Maestro, tú me has enseñado a transmitir mis pensamientos hacia las estrellas, pero no me has enseñado a recibir los suyos. ¿Cómo sabré que me han oído?
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__ Buena pregunta, Crisol__ contestó su maestro__. Te enseñaré a su debido tiempo, según vea cómo pones en práctica lo que has aprendido hasta ahora. Pero debes saber que cuando tus mensajes lleguen allí, desde la estrella enviarán una señal luminosa que desde aquí nos parecerá como un resplandor intermitente y tu estrella brillará con una luz azulada

__ ¿Y si no responden?
__ Significará que tu mensaje no ha llegado

Crisol quedó pensativo: se imaginaba a todo el pueblo reunido mirando hacia el cielo esperando el resplandor azulado y que éste no llegaba, no llegaba...

Su maestro Crisferón, que oía sus pensamientos, sonrió y le dijo:
__ Crisol, ten confianza en ti mismo. Si dudas de ti, la duda provocará una gran debilidad en tu mente y entonces, tus pensamientos serán tan débiles que no llegarán a tu estrella. En cambio, si tienes confianza en tí mismo y no dudas de tu capacidad, tus pensamientos serán potentes como la luz de un gran foco y llegarán sin problemas hasta tu estrella

Crisol comprendió que esa noche tan especial demostraría si realmente confiaba en sí mismo

Cuando el sol se ocultó y la primera estrella apareció en el cielo, los habitantes de la Tierra de Cristal, salieron de sus casas y se dirigieron a un lugar especial donde se celebraba la fiesta

Crisol se había vestido con unas ropas especiales para la ocasión: llevaba una túnica de lino blanco que le llegaba hasta las rodillas, una cinta de color amarillo con un dibujo bordado ceñida alrededor de su frente y en la mano derecha, una pequeña vara de cristal de cuarzo

A la hora indicada, su maestro, colocándose junto a él, le dijo:

__Crisol, ha llegado la hora: has cumplido siete años y te hemos preparado para este momento. Esta noche podrás elegir tu estrella y deberás enviar a sus habitantes tu primer mensaje. Sabes que las palabras no llegan hasta allí, pero sí tus pensamientos si son lo suficientemente potentes. Dinos, ¿has elegido ya cuál será tu estrella?

__ Sí maestro__ contestó Crisol__ Es esa
Y señaló con la vara de cristal de cuarzo la estrella que había elegido.

__Muy bien, Crisol, debes saber que esa estrella pertenece al sistema de Arturus. Cuando quieras puedes enviar tu mensaje

Crisol cerró los ojos, se concentró profundamente y envió sus pensamientos hacia la estrella, repitiendo mentalmente con fuerza cada una de las palabras

Todos los habitantes de la Tierra de Cristal miraban hacia la estrella elegida esperando el resplandor azulado, pero la señal no llegaba. Pasaba el tiempo y no llegaba. La gente se impacientaba y hablaba en voz baja

Crisferón se acercó al niño y le susurró al oído:
__Crisol, imagínate que allí se encuentra tu mejor amigo y sabes que no le puedes enviar una carta ni hablar con él. Piensa con todo tu corazón en él, cuéntale lo que quieras. Pero desde tu corazón, sin esfuerzo de tu mente

Entonces Crisol mientras mandaba un mensaje a la estrella cargado de cariño, como si hablara con un amigo, empezó a sentir calor en su pecho

De repente oyó una exclamación entre la gente que miraba al cielo. Abrió los ojos y contempló fascinado cómo su estrella irradiaba una preciosa luz azulada y oyó dentro de su cabeza: "Somos tus amigos de Arturus, nos alegramos de conocerte. A partir de hoy te enseñaremos lo que nosostros hemos aprendido para que, cuando llegue el momento, tú se lo enseñes a los habitantes de la Tierra de Cristal"

Todos aplaudieron y vitorearon a Crisol, pero él permanecía callado escuchando a sus nuevos amigos de las estrellas

Vacas profanas

Un cuento de Rafael Courtoisie



¿Qué tipo de animal vio Rubén Darío echando vaho un día, en su niñez de Nicaragua? ¿Era un buey, un novillo, una vaca?:

"Buey que vi en mi niñez echando vaho un día

bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,

en la hacienda fecunda, plena de la armonía

del trópico; paloma de los bosques sonoros

del viento, de las hachas, de pájaros y toros

salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía”.



En todo caso y sin lugar a dudas era cuadrúpedo, un contundente animal tan repleto de carne densa e indiferencia que se apartaba inmóvil de su sexo, estaba castrado o en todo caso ocultaba, oprimía o asfixiaba las esferas genitales con su mole. Por eso el que iba a ser poeta pensó que lo que veía era un buey, una tonelada de materia prima, de fibra incomestible y densa presta a arrastrar la lengua del arado. Fuerza pura. La masa estaba viva, unida a tierra por sus extremidades inferiores, que eran cuatro. Al otro lado, hacia el sitio del cielo, el animal tocaba con las puntas de los cuernos las nubes que pasaban, pinchándolas, haciéndoles salir jugo de agua, agua de nube, gotitas transparentes aptas para la nefelimancia, para el descubrimiento dichoso o agorero. En ese mismo sitio bajo el cuero, bajo el casco craneano y las raíces de los cuernos, dormitaba el cogollo cerebral vacuno, el deseo del toro que había sido.



Rubén Darío, hasta su muerte natural, previa a la cual los médicos le quitaron catorce litros de agua de causa alcohólica del vientre, dipsómano, jamás dejó de pensar en eso. En su lecho de muerte imaginó el vaho del buey, la doble nube bestial de la nariz. Seguir Leyendo...



Quizá los cuernos no eran fieros. Ni felices. No eran más que el recuerdo de las armas naturales que llegaban de la prehistoria, -"dinosaurios del siglo de las máquinas", cantó Zitarrosa en "Guitarra Negra"- cuando el ungulado pastaba y deglutía, cuando molía harina de trébol con sus cuatro estómagos.



Aquella nube de vaho respiratorio que vio Rubén terminaba por unirse en lo alto a otras nubes de Mesoamérica, nubes nicaragüenses, vapores de agua, formas volantes que echarían sombra más tarde sobre Sandino, sobre Somoza, sobre Ernesto Cardenal y su alma en Solentiname.



Aquellos cuernos que vio Rubén probablemente no eran afilados, no tan penetrantes como podría imaginarse sino romos o quizá, desparejos: uno mocho y otro en punta.



Uno impar: la aguja de un ser terrestre capaz de atravesar el mundo, aguda como debe serlo el pensamiento.



El cuadrúpedo también estaba unido a otro de los cuatro elementos, al aire, por el vaho que echaba por la boca y las narinas, aros nasales flexibles, negros y húmedos, abiertos en el hocico como pozos vivos.



Eran ojos de buey los que vieron a Darío esa mañana, ojos de una montaña lenta asomándose al poeta. Pero no había mar ni barco por ninguna parte. Darío estaba solo, sólito y su alma. Era un niño en Nicaragua.



Por los costados de los caminos rurales, de las carreteras interiores que serpentean la dócil penillanura uruguaya, sobre algunas quebradas o serranías en Lavalleja, en Maldonado, sobre los pedregales de la Sierra de los Caracoles, cerca de las orillas de humedales de Rocha, en Artigas y en Paysandú, en Florida, hay vacas, terneros, toros espesos.



En la India, las vacas intocadas son la flacura de la especie humana. En Pakistán decapitan al mundo. Las cabezas cornamentadas en hilera mueven, aun después de separadas del cuerpo, los ojos, lunas blancas, bolas en los párpados.



Al ganado le cortan el cuello.



Para la fiesta se sacrifican decenas de reses. Existe una cuchilla especial estriada, curva de acero templado, con la que la operación se realiza.

La carne del cuerpo se asa y se come, y las cabezas quedan mirando. Del asombro corren ríos de sangre por las acequias, hasta que las frutas vacunas cortadas se marchitan y secan.







Los bueyes perdidos de los que se habla, los bueyes perdidos del mundo se juntan en un punto, hacen un plomo infinito, condensado, sólido.



Tira más un pelo de pubis que una yunta de bueyes.



Un pendejo tiene más fuerza.



Los bueyes andan apareados. El cabello corto, arrollado, genital, es un tallo del vientre, una fuerza mayor por lo que busca.



Por eso los bueyes andan tristes, caminan sin consuelo. Puede más el ansia del buey que la misma fuerza, puede el olor del sexo más que el buey, su apariencia compacta o su fuerza lenta disminuye cada vez que en la tierra se asoma una sola burda flor.



¿Qué puede el buey? Puede cansarse, tirar del yugo.



Echar vaho solamente. Ser animal en Nicaragua.



Lo vio Darío, ¿quién más lo vio?



Los ciegos ven al buey cuando lo sueñan, ven sus cuernos caídos marchitarse. El buey es una flor pesada, masculina.



En cambio, frente a la grieta vaginal todos ven algo, un vaho de otra esencia, más liviano, un humo poderoso. Nadie se asombra de ver la vaca, el buey, o aun de ver al animal feroz dentro del tiempo, al animal sin fondo, océano invisible.



La vejez, mientras tanto, se come todo.



Nadie se asombra de ver una arruga. Dos arrugas, tres arrugas, cuatro arrugas.



Un elefante molesta a mucha gente, dos elefantes molestan mucho más. Tres elefantes molestan mucha gente, cuatro elefantes molestan mucho más. Cinco elefantes molestan mucha gente. Seis elefantes molestan mucho más,



Siete elefantes...



Etcétera.



Rubén Darío era un poeta, un elefante poeta. Con el vientre hinchado, bebedor de alcohol. Un indio chorotega o nagrandano.



La princesa está triste. ¿ Qué tendrá la princesa ? La princesa ve al elefante, ve con asombro y miedo los pétalos gruesos de las orejas repletas de sonido, ve la panza de buey pleno. Sonatina. Un buey es un elefante pequeño, un mamut disminuido en sus errores.



Los suspiros escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro.



El elefante es la princesa mustia, flor de un día, flor gris, piel de mamífero. El buey es una cosa seria, grito de multitud lenta.



La princesa mira al buey. El buey a la princesa. ¿Habrá romance?



La princesa está triste, el buey también.



La mañana de Nicaragua es dura, amarga y pesa. Darío al buey no lo ve. Ve el vaho en Nicaragua.



Y en un vaso olvidada se desmaya una flor.



La princesa es buey.



Frente al buey todos son indiferentes, todos caminan. Todos siguen de largo frente al buey. Nadie se detiene junto al animal de América, junto a sus cuatro patas vacunas llenas de agua, llenas de miedo del peso que propagan. Nadie repara en su baba.



Frente al buey todos son poetas de agua sucia.



Frente al buey todos se creen vivos y despiertos.



Frente al torpe animal todos son listos, ligeros.



El buey se mueve, conmueve, se cocina. Se hace en su vaho, en su lengua mamífera, poética.



Un centímetro, un milímetro solo en Nicaragua, una nube pequeña de vaho en la mañana de América Latina, abre el amanecer del mundo.



Todo buey es un deseo oculto.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Punch and Judy

martes 17 de noviembre de 2009

El condenado

Por fin, tras una larga espera tenemos en el caosmos este relato de iNsTaNte_aLepH que resultó ganador del primer concurso de relatos de ciencia ficción del foro ACB.

Tenía dos opciones.

Quedarme en la tierra y ser ejecutado o aceptar la misión.

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1

Supongo que debería empezar desde el principio. Mi nacimiento tuvo lugar el 7 de febrero de 2.147. Bueno, tal vez no tan al principio. Veintiocho años, tres meses y cinco días después creo que sería un buen comienzo para este relato.

Aquella mañana maté a siete personas durante una congregación del Santorum Magnus Comendatore, religión puesta de moda tras la caída del II Imperio Anglo-Chino-Hispano. ¿Por qué lo hice? La mejor respuesta que he encontrado es que odiaba a todo el mundo, eso dije durante el juicio. Hoy volvería a decir lo mismo.

Al juez pareció no gustarle demasiado mi confesión. Condena a tres meses de torturas, diez años de trabajos forzados y ejecución pública. Tampoco es que me sorprendiera aquella sentencia, algo severa si, pero dentro de lo razonable según el código penal.

Fue un proceso al nuevo estilo, ágil, despersonalizado, frío pero eficaz. Así se llevaban las cosas ahora y parecía funcionar, las cifras y estadísticas lo atestiguaban. Debía ser cierto.

Pero yo hice aquello tan macabro, como algunos llegaron a llamarlo, matar a siete personas, con un cuchillo. Degolladas. No podía soportar el mundo, no, no, miento, eso no es cierto. No soportaba a las personas, sin más. El cartero de sonrisa estúpida, el albañil gruñon de la esquina, la vecina enseñalotodo paseando a su coqueto perrito, el presentador con bigote de la tele, el político mentiroso de turno, el periodista listillo, nada, que no podía. Era superior a mis fuerzas, sentía la necesidad primaria e irracional de matarlos a todos.

Al fin y al cabo sólo fueron siete.
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2

No quisiera aburrir al lector con la primera parte de la condena, tediosas horas de cables eléctricos en las uñas de los pies, interminables gotas chinas, robustos látigos de cuatro puntas o damiselas de hierro. Creo que es irrelevante, es más, ni siquiera debería mencionarlo.

Empezó igual que había acabado, ¿o era al revés? Supongo que da igual. Quiero decir que aquello no me cambió, fui incapaz de sentir más allá de ocasionales dolores físicos. Por dentro nada, una nada absoluta. A veces eso es lo que más miedo me da de todo aquello. Porque hay “nadas” a medias e incluso a tres cuartos, pero ¿absolutas? No sé, la verdad es que aterra un poco.

Luego me trasladaron a New five points, una prisión de máxima seguridad al norte de la antigua metrópoli de Nueva York. Ahora que recuerdo aquel lugar era como un bucle infinito. Nos despertaban a las cinco y media, desayuno a base de glucosa derivada láctea y a trabajar. En una fábrica, cadena de montaje, limpiando, haciendo una aerocarretera o picando mitonina en algún triste agujero de esos que nunca salen en los multidiarios. ¡Bonito lugar donde trabajar y morir! Derrumbes, gases, exposiciones solares, tormentas de arena. Para algunos estaba bien, querían perecer allí, entre aquellas rocas negras, en el desierto, olvidados. No querían una ejecución pública, la sola idea de aquello les volvía locos. A mí me daba igual, aunque prefería morir más tarde que temprano, apreciaba mi vida. La hora de la comida eran las tres de la tarde, vitaminas, proteínas y minerales, mezclado con una base pastosa de color amarillento. “Bazofia” lo llamaban a menudo en tono irónico, yo lo comía, era comida como otra cualquiera. Aunque debo confesar que a menudo le faltaba sal. Vuelta al trabajo hasta las nueve, cena en el comedor común y luego a la celda. Acolchada y blanca, parecía diseñada para hacerle a uno perder la cabeza. “Si no estabas ya loco ahora lo estarás” parecían gritar las paredes.

Los viernes nos dejaban salir al patio una hora. Jugar al bliss, pasear por el recinto o hablar un rato con algún compañero. Estaba permitido. Yo solía sentarme solo, en un banco, a mirar el cielo, aquella claridad aún me persigue, no llovió ni un día, nunca. Sólo ese inmenso azul que acababa por dañar los ojos y marear la cabeza a uno. Pero me gustaba, me relajaba y me aislaba de los demás. No esperaba entonces la compañía de los otros con demasiado entusiasmo.

Pero estaban las noches. Uno podía encontrarse a si mismo en la soledad de su cuarto. Apagaban las luces a las once en punto y el silencio se hacia, se podía escuchar un toser al otro lado del pabellón o los pasos de un guardia en el piso de arriba. Era mi momento preferido del día, solía sentarme en el catre a leer algún libro de la biblioteca o simplemente a mirar por la ventana, se veían las estrellas, miles de ellas. Era tranquilizador.

Me gustaba, podía uno meditar, discutir y hasta incluso darse un par de bofetadas.

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3

Llegó el día en que todo terminaba para mí, expiraba el plazo de la existencia. Aquella mañana me dejaron dormir hasta las ocho y media. Luego una ducha y un desayuno algo más copioso de lo habitual, pero sin pasarse. Por fin fuera de allí y trasladado en un furgón negro, de esos blindados, con barrotes y ruedas de trailer. Irónico, un monstruo de metal y caucho para llevar a un monstruo de carne y hueso. Tardamos unos quince minutos en llegar a la sede central de justicia, sección de ejecuciones.

Me hicieron pasar a una sala. Un señor de aspecto envejecido y cabellera blanquecina se atusaba la barba mientras fumaba un cigarrillo sentado en una silla, justo detrás de una mesa, parecía distraído. También había un cristal de esos opacos, como en las películas, supongo que alguien estaría observando o grabando la escena.

-¿Cómo te llamas?
-Nº 10078, Señor.
-Oh, ya ya… pero eres Sergei Rubolev Gogor ¿no?
-Sí, Señor… es que… hacía tiempo que nadie me llamaba así.
-Está bien, está bien hijo… tengo aquí tu informe. ¿Te gustaría decir algo?
-Señor, no sabría qué decir.
-¿Te has arrepentido de lo que hiciste?
-No Señor, creo que no.
-Pero…Sergei, lo que hiciste fue horrible.
-Eso dicen todos Señor, eso dicen todos.
-¿Tú no lo crees muchacho?
-No Señor, nunca vi el horror en mis actos.

Entonces se abrió otra puerta y apareció un segundo hombre, parecía algo más joven que el primero y llevaba un fichero en la mano. Se limitó a saludar con un leve movimiento de cabeza, dejar lo que traía sobre la mesa y salir igual que había entrado, sin decir palabra. Me inquietó un poco aquella súbita aparición.

-Bueno… a ver Sergei… ¿por dónde íbamos?... ah sí, sí… dime ¿sabes por qué estás aquí?
-Hoy es el día de mi ejecución, Señor.
-Eres un muchacho espabilado. ¿Quieres que eso ocurra?
-No entiendo su pregunta Señor.
-¿Quieres morir chico, ser una ex-persona?
-No Señor, no quiero perder la vida, la aprecio mucho. No lo he deseado ni un solo día de la condena.
-Muchos en tu situación pierden los papeles, se vuelven casi infrahumanos. No valorando su vida más que la existencia de una mísera cucaracha.
-Lo sé Señor, lo he visto. Yo no soy como ellos.
-Ya, ya… eso dice tu expediente.
-¿Eso es bueno o malo Señor?
-Ya veremos Sergei… ya veremos… ¿quieres un cigarrillo?
-Claro Señor.

Sacó un paquete de Slammies alargándome uno por encima de la mesa junto a un pequeño mechero dorado de esos en forma de revólver. Era tabaco caro, no del que se fuma en la cárcel. No puedo negar que aquellas caladas, allí, relajado y en silencio fueron lo mejor en mucho tiempo. El tipo me miraba de arriba abajo, como sonriendo pero sin hacerlo, podía notar como su cabezota pensaba debajo de la piel.

-En fin Sergei, mire, le seré franco, puede usted salvarse.
-¿Salvarme dice Señor? No le comprendo.
-Abra bien los oídos muchachos y escuche, se lo explicaré de forma breve y clara.
-Si Señor.
-Está bien. Como usted ya sabrá Rubolev, el mundo se expande en los últimos años a un ritmo acelerado. Viajes en transbordadores, bases en varios planetoides y satélites. Una constante búsqueda, la tierra se agota y necesitamos nuevas materias primas. O incluso con algo de suerte algún lugar donde poder emigrar, como un dulce sueño más allá de las estrellas. ¿Me sigues?
-Bueno Señor, sé que quiere decir… pero… no sé que tiene que ver todo eso conmigo.
-Toda búsqueda implica un riesgo muchacho, y si le soy sincero… algunas de nuestras misiones son en extremo peligrosas. No podemos enviar civiles cualificados así como así, sería una perdida.
-Parece que ya entiendo Señor. Ustedes mandan presos en esas misiones complicadas ¿verdad?
-Es perspicaz, pero no es exactamente eso. Nosotros estudiamos todos y cada uno de los expedientes archivados de los presos, que como intuirá ha ido en aumento en los últimos años, cosas de la pobreza, la desigualdad social y las guerras tribales. Eso no me compete, no me interesa. Luego integramos algunos reclusos seleccionados en el programa Colerum IV, que lleva activo desde hace tres años.
-¿Colerum? Nunca había oído hablar de ello Señor.
-Claro que no, ni tú ni nadie. Muy pocos lo saben. Si todos lo supieran no estarías ahora mismo aquí conmigo.
-Entiendo Señor.
-¡No entiendes un carajo! ¡Atiende! A cada preso se le asigna una misión, se le entregan los datos y tiene dos días para decidir. Si acepta debe firmar un contrato bajo el cual el gobierno federal se compromete a considerar como persona libre y apta para la sociedad al susodicho en caso de regresar. Se le daría nuevo nombre y vida.
-¿Quiere decir que…?
-¡Tome Sergei! Coja esta carpeta, tiene dos días.
-Muchas gracias Señor.

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4

Dos horas estuve en aquella habitación de color verde, sentado en una silla. Necesitaba pensar pero no podía, una cortante sensación de felicidad me traspasaba. Me quedé allí sin hacer nada, mirando algún punto indeterminado en las paredes, fumando un par de cigarrillos. Podría casi jurar que no pensaba en nada, que tenía la mente en blanco.

Desperté del pequeño y placentero letargo media hora después, el informe de la expedición estaba junto a mí. La curiosidad empezaba a subir columna vertebral arriba mordisqueando hasta llegar a la nuca, como un jarro inesperado de agua fría. Transcribo ahora lo que recuerdo.

“Informe Colerum 137-XX. Especificaciones de la misión:
Destino: cuadrante Hubbel.
Objetivo: recopilación de datos y búsqueda de indicios.
Tiempo de vuelo: indeterminado.
Riesgos: desconocidos, zona no explorada.”

Era escueto y parecía no decir mucho, pero era una promesa de liberación. Luego venía un pequeño panegírico firmado por el doctor M. K. Foster hablando de la importancia de estos viajes espaciales y de la necesidad de buscar nuevos mundos traspasando las líneas del horizonte, hacia lo desconocido. Mencionaba héroes y empresas titánicas que llevaron al hombre en otros tiempos a progresar. Yo podía ser un nuevo mito, eso decía.

Aparté el informe, ya estaba decidido, quería vivir. Esperé media hora más, fumando lentamente, mirando, simplemente mirando. Llamé al guardia diciendo que aceptaba. Me sacaron de aquella sala para llevarme a otra estancia, esperaban el hombre que antes había hablado conmigo y cuatro tipos más. Me extendieron un papel, era un contrato, claro y sin trampas, venía firmado por el presidente y adjuntos del gobierno federal y con el sello oficial.

Firmé, junto a mí el Doctor M. K. Foster como jefe de la comisión y los otros tipos como testigos. Hubo algunas risas, conversaciones distendidas y alguna felicitación. Era libre.

Tenía que prepararme para el “viaje”, que era como ellos llamaban a todo aquello.

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5

Fueron unos meses en extremo alegres, tenía un cuarto bastante limpio y con luz natural la mayor parte del día. Había un ventanal que iba a dar a un pequeño huerto de hortalizas y sintéticos, y algo más allá un bosque de árboles. No sabría decir si eran de verdad o artificiales, estaban demasiado lejos.

Gente no se veía mucha, a excepción de unos cuantos guardias, algunos doctores y cuatro o cinco especialistas en mecánica, física, IA, viajes espaciales… . Pero le dejaban a uno pasear solitario por los jardines o sentarse sin hacer ruido a leer en un banco de madera. Me dejaban ir a la biblioteca, era bastante grande. Recuerdo la primera vez que la vi, sobria y austera pero con unas estanterías que llegaban hasta el techo. Llenas de libros, algunos viejos y de color amarillento, otros guardando el aspecto señorial de sus tapas nobles y duras. Inclinados, verticales y algunos apilados en pequeños montones horizontales. No eras capaz de encontrar una sola mota de polvo, todo estaba pulcro, alguien debía cuidarlo a menudo.

En realidad me seria difícil describir que sentí aquella primera vez, pero creía estar tocando las llamas de una hoguera con las yemas de los dedos, abrasándome, mientras los pulmones se me hinchaban aspirando todo el aire y el humo del cielo. Me encontré colmado de sed por conocer.

Todo no era juerga y diversión, recibía cinco horas todos los días de duros entrenamientos físicos y psicológicos. A menudo jugaban poniendo a prueba mi mente y mi cuerpo, llevándome hasta situaciones extremas, muchas de ellas fuera de toda lógica. Era agotador y algunos días me sentía como desfallecer, como si mi cuerpo fuera a desvanecerse, como si todo perdiera la luz mutando en una sombra exforme.

Pero me alimentaban bien, podía leer, descansar, dar paseos, tenía tiempo para meditar y por las noches antes de dormir me dejaban elegir algo de música, me daban cigarrillos y algo de alcohol para alegrarme. Era libre, en fin, era feliz.

La instrucción duro poco menos de siete meses. El veredicto unánime, estaba plenamente cualificado para llevar acabo la misión. Embarcaría a los tres días, en una nave de reconocimiento bautizada como Cronos IX, me llevaron a verla y me dejaron descansar.

Aproveché para relajarme y disfrutar un poco, era el comienzo de una nueva vida.

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6

Llegó el día 1 de enero de 2186, el momento de mi partida. Abandonaba la tierra que me vio nacer, triste noticia, pero una secreta esperanza ardía en mi pecho, como las ascuas que durante horas siguen rojas en la hoguera ya apagada. A mi regreso sería ya un hombre libre.

El despegue pareció ir sobre ruedas, nunca antes había visto uno y muchos menos estado dentro, pero ninguna lucecita roja parpadeó, no sonó la alarma, todo permaneció en orden, en silencio. Ni siquiera pude distinguir el evidente ruido que debían hacer los reactores, allí dentro todo era calma y mutismo. Miento, si que recuerdo un sonido, al abandonar la atmósfera terráquea un breve pitido metálico inundó mis oídos, como si fueran a estallar. Pero pasó y volvió el silencio.

No me levanté del asiento ni me quité los amarres de seguridad durante las primeras tres horas, me habían dicho que cuanto más tiempo pasara mejor. Además poco podía hacer, el vuelo y la trayectoria estaban programados y supervisados por el control de tierra. No había peligro. Debía entregar los primeros datos seis horas después de la ignición, me eché en la cama elevada y fumé algunos cigarros pensando en mi libertad.

Informé a la base guardando dos copias, una en Venus, el ordenador central de la nave y otra en un pequeño chip holográfico. Todo estaba en orden, había seguido el protocolo al pie de la letra. Ahora pasaría mucho tiempo sólo, seis meses sin comunicación, había tiempo para relajarse, había mucho, mucho tiempo…

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7

Aquellos primeros meses fueron lo más parecido al paraíso que yo había conocido nunca. Mi trabajo era sencillo, no tenía nada que hacer salvo ocasionales reparaciones y algunas copias de seguridad. La recopilación de datos estaba automatizada. Disponía de mucho tiempo, en realidad y para ser sinceros parecía como si tuviera todo el tiempo del universo.

Pasaba horas acostado sin dormir, sólo por el placer de quedar allí tumbado, con los ojos entreabiertos mirando el techo y las paredes blancas. Oía música con bastante frecuencia y también disfrutaba de vez en cuando de algunos fisiofilmes, Venus tenía una memoria vasta, inabarcable para mí. Leía sin parar, sobre todo me encantaba volver a tener entre los dedos viejos libros de mi infancia, de esos que por razones escapadas de todo recuerdo se le agarran a uno en cada poro, grano o trozo de piel.

Otros días pasaba las horas muertas observando a través de las pequeñas ventanas. Una oscuridad salpicada de lejanos destellos, fijos en un horizonte inmóvil. Aquello me divertía, antes jamás hubiera imaginado que el cielo tuviera tanta belleza que ofrecer al hombre. Uno apenas podía contener las lágrimas ante aquellas visiones.

Fumaba y bebía, mucho, a todas horas. Nadie me lo impedía y a nadie podía molestar más que a mis pulmones y corazón. Pero los médicos habían dicho que estaba muy sano, no había de que preocuparse.

Fueron seis meses, hasta mi siguiente informe. Nada relevante había ocurrido, el escrito que retorne rumbo a la tierra apenas excedía de unas cuantas líneas adjuntadas al margen de los múltiples ficheros de datos e imágenes almacenados por la nave. Yo no sabía ver en todo aquello más que números arabescos y abigarradas ecuaciones, en definitiva, no lo entendía, en la tierra sabrían que hacer con todo ello. Para eso estaba yo, para enviar, no para comprender.

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8

Pasó el tiempo, mucho tiempo en realidad, sólo que yo allí apenas era capaz de percibir el continuo pasar de los segundos, todo a mi alrededor parecía inmóvil, hasta el aire creía palpar con los dedos, como si fuera un gas estancando y espeso. Los informes cada vez se espaciaban más. Era complicado rebotar los mensajes desde tan lejos, tenía que utilizar la mayor parte de la potencia de la nave para hacerlo.

La vida comenzaba a hacerse algo monótona. Aún me quedaba comida, tabaco y alcohol para muchos años, pero a menudo me sentía apático, dormitaba a todas horas y apenas me movía. Iba por días, aunque yo me inclino a creer más que la cuestión venía por el lado de los humores hipocráticos. Me habían avisado de ello durante los entrenamientos, los cosmonautas sufren episodios melancólicos, depresivos e incluso en algunos casos psicótico-alucinatorios. Era algo frecuente, y más normal cuanto más se alejaban de la Tierra, como si poco a poco la humanidad fuera abandonando sus cuerpos. Como si olvidaran ser hombres.

Un día, mientras comprobaba unos indicadores en el panel de control me fijé en la fecha del reloj de abordo, llevaba allí, solo, diez años. Pegué un pequeño salto en el asiento, no de miedo, pero me había sobresaltado. Eran muchos días, muchos más de los que yo pensaba. Miré mi rostro en la pantalla, apenas había cambiado, esbocé una extraña mueca con los labios. Creo que no fui yo, me obligó el reflejo a hacerlo. Quedó un gesto patético. Encendí un cigarrillo, me serví un vaso de Peppermint y llamé a Venus.

-Venus.
-¿Si Capitán Rubolev?
-¿Cuánto tiempo llevamos de vuelo?
-Exactamente hoy 3.653 días, 14 horas, 15 minutos y diez segundo.
-Vaya… diez años ya.
-Sí Señor, diez años según el calendario terrícola.
-Es mucho tiempo, demasiado… Venus.
-Oh, bueno Señor, eso depende de cómo lo mire.
-Claro, para ti es sencillo, eres una máquina.
-Parece como si quisiera ofenderme, ya sabe capitán que no lo conseguirá. Usted mismo lo ha dicho, soy una IA.
-Perdona Venus, estoy irritado últimamente, no estoy muy sociable.
-Nunca lo ha sido Capitán, por eso está aquí.
-Puede que tengas razón, pero empieza a parecer demasiada soledad, incluso para mí.
-¿Quiere que le cuente algo para animarle?
-Adelante Venus, abro bien los oídos.
-Mire Capitán, han pasado diez años aquí y usted apenas ha envejecido. ¿Qué le parece eso?
-Es cierto, eso está bien, ya me dijeron que el envejecimiento era un proceso desacelerado en el espacio.
-Recuerda usted bien su instrucción. Pues bien ¿ha pensado cuántos años han pasado en su amado hogar?
-Vaya, pues no, no lo había pensado la verdad.
-Debo informarle que calculando la velocidad creciente de la nave han debido pasar como unos cincuenta años capitán.
-¡Cincuenta años! ¡Por los anillos de saturno!
-Sus pulsaciones se han disparado. ¿Está usted bien? ¿Más alegre?
-No sé que decirte Venus, no sé…

Pensé en toda la gente que había conocido, la verdad es que no eran muchos, no más de tres puñados menudos. La mayoría ya estarían muertos o demasiado idiotas para reconocerle a uno. Yo, el condenado a muerte, el chico malo les había sobrevivido.

-Una última cosa. ¿Cuánto hemos completado del viaje?
-La mitad Señor.
-Está bien, puedes volver a comprobar los estabilizadores de onda y el fuselaje.
-Como mande capitán Rubolev.

Aquella ¿noche? bebí demasiado, tuve una crisis de ansiedad y mi primera pesadilla espacial. El horror dibujado de un blanco que hacía daño a los ojos, la inmensidad del universo y los años engulléndome. ¿Qué sería de mí? Perdido en el espacio, tan lejano del regreso… empapé las sábanas de sudor.

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9

A partir de entonces empecé a tener pesadillas siempre que cerraba los ojos. Incluso llegué a tener algunas despierto. Apenas leía, comía muy poco, sólo fumaba, bebía y pensaba. Martilleaba horas y horas mi cabeza en busca de un pensamiento o idea. De algo, aunque no soy capaz de decir que. Pero me aterrorizaban, el tiempo y el espacio oscuro y cortante que se extendía fuera de aquel habitáculo.

Me hacía a menudo la siguiente pregunta ¿volvería? y de ser así ¿sería la tierra el mismo lugar que dejé hace ya tantos años? No podía saber la respuesta, pero la incógnita caía sobre mis hombros como una piedra sísifica. Estaba cansado la mayor parte del día, todo aquello era demasiado peso para mí. Ya me habían avisado de ello, pero nunca creí que fuera para tanto. Pensaba que era más un poner en alerta y tensión que un aviso real sobre los inconvenientes de un viaje tan largo. En definitiva, creía que exageraban, eso era antes… ya no lo creo.

Cada segundo allí dentro se me hacía un mundo de formas grotescas y sombras burlonas. Era como una tortura maquiavélica. ¿Lo habrían planeado? ¿Querían ellos castigarme? No lo sabía, pero no era capaz de borrar aquellas preguntas de mi cabeza. Volvían una y otra vez, como las estaciones, una y otra vez.

Debo confesar que intenté suicidarme, y no es que ya no apreciara mi vida, no eso no. Pero me sentía enjaulado y olvidado, como un conejillo de indias en un triste laboratorio abandonado del que nadie se acuerda. Y sólo había una salida posible, la muerte.
Por suerte o por desgracia no lo conseguí, aquella pequeña nave parecía una caja acolchada y a prueba de muertes. Sin puertas, ni resquicios, ni tan sólo un pequeño saliente o pico sobre el que dejar caer la cabeza. No había sangre, ni ahogamiento, ni falta de oxígeno… podía dejar de comer, pero eso no es un suicidio. Es una agonía, y ya pasaba una, dos me parecían demasiadas, un exceso.

Un día, desquiciado y cercano a la locura decidí entrar en la cámara de conservación. Que se fueran al carajo los informes y ellos. Yo quería huir, nada más. Hablé con Venus, fijé la fecha y hora del despertar, fumé un par de cigarros pensando como acabaría todo y entré.

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10

Desperté, me encontré realmente aturdido, como si algún puñetero duendecillo se hubiera metido en mi yunque a pegar con el martillo, taladraba. Era el día 6 de Junio 2219. Más de treinta años allí encerrado, parecía demasiado, pero la verdad es que me encontraba sano, ligeramente juvenil y con aspecto no demasiado cansado. Debía tener ya como un millón de siglos, no era capaz de recordarlo.

Según un detallado y pronto informe de Venus averigüé que todo había ido según el plan y orden establecido… bueno todo no, al parecer regresábamos antes a casa de lo previsto inicialmente por el comisionado de la Tierra. Tanto mejor, antes podría ser por fin libre, otra vez humano… . También las radiaciones espaciales habían dañado el sistema de comunicaciones, eso no me preocupaba.

Quedaban cinco días, catorce horas y cuarenta y cinco minutos para llegar a casa, al hogar que tanto había añorado en sueños durante el viaje. Había dormido mucho. Debía preparar tres o cuatro escritos para presentarlos en mano al comité, asearme, vestirme y comer algo. De algún modo no tenía hambre, pero creí conveniente llevarme algo al gaznate.

Estaba realmente feliz, incluso cuando bebía y fumaba demasiado me burlaba de las tristes pesadillas que había vivido entre aquellas paredes, inofensivas. Me parecía ridículo. Había llegado a perder los nervios ante una situación límite, eso era todo, ahora estaba completamente sereno.

Añoraba llegar, disimularme y caminar, solo una vez más, salvaje, pero con los otros alrededor. Ellos al menos eran un consuelo, como un clavo ardiendo al que aferrarse o una última esperanza, no lo sabía… pero prefería que estuvieran allí.

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FINALES

I.

Cuando volví a pisar la tierra allí no había nadie ni nada. Las ciudades estaban en ruinas y el polvo de un desierto sin fin se adueñaba de todo. Vagué sin rumbo por la arena ardiente, con el sol desnudo a mis espaldas, buscando algo que sabía jamás encontraría… hasta morir de pena, sin haber derramado una sola lágrima.

Solo y sin afeitar, en algún triste rincón de un planeta que había perdido el nombre.


II.

Me recibieron con honores organizando una pequeña fiesta. No conocía a nadie pero todos parecían felices y contentos. Nuevo nombre, nueva casa… una nueva vida. Creí encontrar en todo aquello la redención de mis pecados, pobre iluso.

Todo era distinto, yo lo era y ellos también, no comprendía a los hombres, me eran extraños. Apenas salía a la calle, no comía y trataba de no caer dormido, las pesadillas me aterraban, y todas las noches volvían.

Terminé ahorcado en mi cuarto.


III.

Fui esposado nada más bajar de la nave e interrogado por dos tipos de negro y con aspecto bastante serio, no tendrían muchos amigos pensé. Comprobaron lo que yo decía y no encontraron nada sobre ningún proyecto llamado Colerum, ni nada parecido. Sólo tenían mi ficha de convicto fugado.

Recogieron todos los datos obtenidos, no dieron ni las gracias y fijaron la hora de mi ejecución, la cual decían había sido ya atrasada mucho tiempo.

Justo antes de ser fusilado me pasó por la cabeza la idea de quién eran aquellos hombres… ¿los mismos que me enviaron al espacio? ¿Otro gobierno? ¿Otra especie o raza que nunca antes había conocido?

Lo dejé, poco importaba ya.


IV.

Capturado por unos seres de color verde, debían ser extra-terrestres, o tal vez ahora lo fuera yo. Me inmovilizaron y sometieron a infinidad de pruebas sobre las que no entraré en detalles escabrosos.

Yo no entendía nada, ellos no me entendían y tampoco prestaban demasiado interés a lo que yo decía… debían creer que no era una forma de vida inteligente o algo así. Nunca intentaron comunicarse.

Fui enjaulado y expuesto por un breve periodo de tiempo antes de ser disecado o algo parecido.



Elijan el que más les guste, o incluso inventen algún otro.

Yo, lo tengo claro, ojalá hubiera elegido ser ejecutado.

sábado 14 de noviembre de 2009





jueves 12 de noviembre de 2009

Txoria Txori

La historia del ojo (12)

VI-SIMONE

Uno de los periodos más apacibles de mi vida tuvo lugar después del ligero accidente de Simone; estuvo un tiempo enferma. Cada vez que su madre aparecía, yo entraba al baño. Aprovechaba para orinar y hasta para bañarme; la primera vez que esa mujer quiso entrar en el baño fue detenida de inmediato por su hija. —‘No entres allí, le dijo, hay un hombre desnudo.’

Simone no tardaba en echar a su madre y yo retomaba mi lugar en una silla al lado del lecho de la enferma. Fumaba, leía los periódicos y si encontraba entre las noticias historias de crímenes o historias sangrientas, se las leía en voz alta. De vez en cuando tomaba en mis brazos a Simone, que hervía de fiebre, para que orinara en el baño y luego la lavaba con precaución en el bidé. Estaba muy débil y yo apenas la tocaba. Pronto empezó a divertirse obligándome a tirar huevos en el retrete, huevos duros que se hundían y cascarones casi vacíos, para observar diferentes grados de inmersión. Permanecía durante largo tiempo sentada mirando los huevos; luego hacía que la sentara en el asiento para poderlos ver bajo su culo, entre las piernas abiertas, y por fin me hacía tirar de la cadena.
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Otro juego consistía en quebrar un huevo fresco en el borde del bidé y vaciarlo bajo ella: a veces orinaba encima, otras me obligaba a meterme desnudo y a tragarme el huevo crudo en el fondo del bidé; me prometió que cuando estuviese sana haría lo mismo delante de mí y también delante de Marcela.

Al mismo tiempo nos imaginábamos acostando un día a Marcela, con la falda levantada, pero calzada y cubierta con su ropa, en una bañera llena hasta la mitad de huevos frescos sobre los que orinaría después de reventarlos. Simone imaginaba también que yo sostendría a Marcela, esta vez sólo con el liguero y las medias, el culo en alto, las piernas replegadas y la cabeza hacia abajo; Simone se vestiría con una bata de baño empapada en agua caliente y por tanto pegada al cuerpo, pero con los pechos al aire y montada sobre una silla blanca esmaltada con asiento de corcho; yo podría excitarle los senos tocándole los pezones con el cañón caliente de un largo revólver de ordenanza cargado, recién disparado (lo que nos habría excitado y además le hubiera dado al cañón el acre olor de la pólvora).

Entretanto haría caer desde lo alto, para hacerlo chorrear, un bote de crema fresca, de blancura resplandeciente, sobre el ano gris de Marcela; y también ella se orinaría sobre su bata, y si se entreabría la bata sobre la espalda o la cabeza de Marcela, yo también podría orinarla del otro lado (habiendo ya, seguramente, orinado sus senos); Marcela podría además, si ella quería, inundarme enteramente, puesto que, sostenida por mí, tendría mi cuello abrazado entre sus muslos.

Podría también meter mi pinga en su boca, etc.

Después de esas ensoñaciones, Simone me rogaba que la acostase sobre unas colchas dispuestas cerca del retrete, e inclinando la cabeza, al tiempo que apoyaba sus brazos sobre el borde de la taza, podía mirar fijamente los huevos con los ojos muy abiertos. Yo también me instalaba a su lado para que nuestras mejillas y nuestras sienes pudieran tocarse. Acabábamos calmándonos después de contemplarlos largo tiempo. El ruido de absorción que se producía al tirarse la cadena divertía a Simone y le permitía escapar de su obsesión, de tal modo que, a fin de cuentas, acabábamos poniéndonos de buen humor.

Un día, justo a la hora que el sol oblicuo de las seis de la tarde aclaraba directamente el interior del baño, un huevo medio vacío fue sorbido de repente por el agua y tras llenarse, haciendo un ruido extraño, fue a naufragar frente a nuestros ojos; este incidente tuvo para Simone un significado tan extraordinario que, tendiéndose, gozó durante mucho tiempo mientras bebía, por decirlo así, mi ojo izquierdo entre sus labios; después, sin dejar de chupar este ojo tan obstinadamente como si fuera un seno, se sentó, atrayendo mi cabeza hacia ella, con fuerza sobre el asiento, y orinó ruidosamente sobre los huevos que flotaban con satisfacción y vigor totales.

A partir de entonces pudimos considerarla curada, y manifestó su alegría hablándome largo y tendido acerca de diversos temas íntimos, aunque por lo general nunca hablaba ni de ella ni de mí. Me confesó sonriendo, que durante el instante anterior había tenido grandes ganas de satisfacerse plenamente; se había retenido para lograr un mayor placer: en efecto, el deseo ponía tenso su vientre e hinchaba su culo como un fruto maduro; además, mientras mi mano debajo de las sábanas agarraba su culo con fuerza, ella me hizo notar que seguía en el mismo estado y experimentaba una sensación muy agradable; y cuando le pregunté qué pensaba cuando oía la palabra orinar me respondió: burilar los ojos con una navaja, algo rojo, el sol. ¿Y el huevo?

Un ojo de buey, debido al color de la cabeza (la cabeza del buey), y además porque la clara del huevo es el blanco del ojo y la yema de huevo la pupila. La forma del ojo era, según ella, también la del huevo.

Me pidió que cuando pudiésemos salir, le prometiese romper huevos en el aire y a pleno sol, a tiros. Le respondí que era imposible, y discutió mucho tiempo conmigo para tratar de convencerme con razones.

Jugaba alegremente con las palabras, por lo que a veces decía quebrar un ojo o reventar un huevo manejando razonamientos insostenibles.

Agregó todavía que, en este sentido, para ella el olor del culo era el olor de la pólvora, un chorro de orina un ‘balazo visto como una luz’; cada una de sus nalgas, un huevo duro pelado. Convinimos que nos haríamos traer huevos tibios, sin cáscara y calientes, para el excusado; me prometió que después de sentarse sobre la taza tendría un orgasmo completo sobre los huevos. Con su culo siempre entre mis manos y en el estado de ánimo que ella confesaba, crecía en mi interior una tormenta; después de la promesa empecé a reflexionar con mayor profundidad.

Es justo agregar que el cuarto de una enferma que no abandona el lecho durante todo el día, es un lugar adecuado para retroceder paulatinamente hasta la obscenidad pueril: chupaba dulcemente el seno de Simone esperando los huevos tibios y ella me acariciaba los cabellos.

Fue la madre la que nos trajo los huevos, pero yo ni siquiera volteé, creyendo que era una criada y continué mamando el seno con felicidad; además ya no tenía el menor recato y no quería interrumpir mi placer; por eso, y cuando por fin la reconocí por la voz, tuve la idea de bajarme el pantalón como si fuese a satisfacer una necesidad, sin ostentación, pero con el deseo de que se fuera y también con el gozo de no tener en cuenta ningún límite. Cuando decidió irse para reflexionar en vano sobre el horror que sentía, empezaba a oscurecer: encendimos la luz del baño. Simone estaba sentada sobre la taza y ambos comíamos un huevo caliente con sal: sobraban tres, con ellos acaricié dulcemente el cuerpo de mi amada, haciéndolos resbalar entre sus nalgas y entre sus muslos; luego los dejé caer lentamente en el agua, uno tras otro; después, Simone, que había observado largo rato cómo se sumergían, blancos y calientes, pelados, es decir desnudos, ahogados así bajo su bello culo, continuó la inmersión haciendo un ruido semejante al de los huevos tibios cuando caían.

Debo advertir que nada semejante volvió a ocurrir después entre nosotros, con una sola excepción: jamás volvimos a hablar de huevos, pero si por azar veíamos uno o varios huevos, no podíamos mirarnos sin sonrojarnos, con una interrogación muda y turbia en los ojos.

Al finalizar este relato se verá que esta interrogación hubiera podido quedarse indefinidamente sin respuesta y, sobre todo, que esa respuesta inesperada era necesaria para medir la inmensidad del vacío que se había abierto para nosotros, sin saberlo, durante esas curiosas diversiones con los huevos.

martes 10 de noviembre de 2009

El fuego fatuo