martes, 23 de junio de 2009

Maestro

Géza M. Tóth

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lunes, 22 de junio de 2009

Francisco Bilbao

Movimiento social de los pueblos de la América Meridional.
III
Tres peligros, sin embargo, amenazan aún la vida nacional de nuestras repúblicas americanas: una invasión de los Estados Unidos, el contagio moral de la Europa agitada en su conciencia y la influencia sofocante del catolicismo. Estos tres peligros conspiran contra un solo objeto. La muerte de nuestras jóvenes nacionalidades.

La invasión de los Estados Unidos es la absorción, el anonadamiento de ese espíritu divino que se revela en todos los tipos de naciones como las que pueblan la América del Sur. El ejemplo de la Europa es la destrucción de las antítesis y de las diferencias naturales del derecho individual y de la personalidad humana, por el culto del suceso, por la prostitución de las nacionalidades, por la traición, es decir, por la idolatría de la fuerza. El catolicismo es la guerra, una guerra implacable hecha al espíritu que emana de los pueblos.

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Veis al zapador americano que extiende sus líneas de ataque y envuelve lentamente al Nuevo Mundo, tocando a la vez los dos océanos y mirando con desprecio al Asia y a la Europa que se adelanta con fiereza hacia el sur, devora a México y establece sus avanzadas en Panamá, esta Constantinopla futura de la América. Véis ese nuevo titán, como un genio desencadenado del planeta, apoderándose de los bosques, de las costas, del curso y de la embocadura de los ríos, cruzando las montañas; y ya sea aislado, sea en grupos, fuerte en su doble iniciativa individual y social, reunir las provincias, y aglomerar los Estados cual las piedras de un vasto monumento cíclope. ¡Contempladle en su ardor infatigable! Él absorbe el tiempo, devora la vida, sacrifica sin pesar las existencias y a través de todos los obstáculos que se levantan en su camino, llama a la vida todo un mundo con el grito heroico del trabajo: Go ahead! go ahead! Es la fiebre juvenil de un mundo nuevo, es el entusiasmo en el análisis; es la unidad en el seno de la más libre federación, una centralización moral poderosa a pesar de la multiplicidad de las castas, de los climas y de las razas, el cosmopolitismo cosaco, el servilismo ruso con sus sesenta millones de autómatas al lado del pandemonio americano y del infatigable martillo que resuena en la fragua del indomable yanqui. ¿Qué son las formas huecas e infecundas del pálido cielo de Alemania comparados con el espíritu práctico, con el genio libre e independiente del protestantismo americano? Mientras que el Viejo Mundo pálido y trémulo no piensa sino en el equilibrio de sus errores, el coloso yanqui se une a la China y al Japón, absorbe el norte de la América y responde al vano grito del bombardeo de Sebastopol por su admirable ``go ahead!'' Que derriba las fortalezas, atraviesa los ríos y los océanos y va a saludar las estrellas en el fondo de las soledades que puebla bajo sus pasos. No es la palabra tranquila y majestuosa de Atenas, no es la barbarie legal de la fiera Roma, es una especie de estoicismo eléctrico que aspira a la dominación del mundo; es el movimiento perpetuo, es un Saturno rejuvenecido que devora a la vez el tiempo y el espacio.

Es allí donde está uno de los peligros para la América del Sur. Existe otro para ella, y para sus pueblos, en el ejemplo de la Europa, que si llegara a seguirlo, la arrastraría a la más triste de las abyecciones morales. Todos los progresos de la Europa están reasumidos en la Revolución Francesa, que ha sido su expresión más poderosa, su más brillante manifestación.

Pero la revolución una vez vencida, todo ese mundo europeo, herido de vértigo, sin fe en el pasado, sin fe en el porvenir, sin fe en sí mismo, centro y hogar de todas las contradicciones, no es más que una especie de cráter que se divierte en vomitar todas las escorias de la historia.

Hace revivir los ídolos del pasado, y ese genio tan justamente orgulloso de sus conquistas científicas, se prosterna ante el suceso.

Para ella no es bastante la vergüenza de sus actos: pretende doctrinar la conciencia para detener el remordimiento e inclinar ante sus nuevos ídolos la nobleza del pensamiento.

El espectáculo de la Europa es una amenaza para nuestro porvenir. Todo lo que hay de bello y de bueno en ella, es la protesta contra la iniquidad triunfante. La moralidad y la esperanza del Viejo Mundo, no existe sino en los oprimidos.

Llego al catolicismo. ¿Qué ha sido, y qué es entre nosotros? En la época de la conquista nuestras antiguas naciones americanas eran exterminadas por medio del hierro y del fuego en nombre del catolicismo. Durante las luchas de la independencia nuestros padres fueron llamados, por el catolicismo, herejes. Después de la independencia, ¿quién ha mantenido en la servidumbre, este mundo emancipado? El catolicismo. ¿Quién se ha impuesto en nuestra organización política como única y exclusiva religión del Estado, proscribiendo la libertad de conciencia, impidiendo la inmigración, derrochando nuestras rentas, agobiando al pobre de diezmos, censos y contribuciones en todos los actos esenciales de la vida? El catolicismo.

¿Cuál es el adversario más terrible que encuentra toda reforma, todo progreso, hasta el de los caminos de hierro? El catolicismo. ¿Quién subleva los instintos bárbaros y groseros de la multitud, contra el pensamiento libre y los gobiernos reformadores? El catolicismo. ¿Quién es el enemigo de la razón, de la personalidad, de la soberanía, de la nacionalidad en fin, sino esa doctrina que pretende nivelar el mundo y confundir los pueblos en el cosmopolitismo de un servilismo universal?

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martes, 16 de junio de 2009

Daido Moriyama


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domingo, 14 de junio de 2009

Música de la carne

Un poema de Metales pesados, de Carlos Marzal

Aunque es siempre confusa la frontera
que separa las almas de los cuerpos,
y aunque ambos se contienen y socorren,
y nada significan el uno sin el otro
-porque no somos más que espíritu carnal,
no somos otra cosa más que carne pensante-,
si eludimos la ciénaga de las definiciones,
la alta especulación de los filósofos,
si fingimos volver la espalda a las doctrinas
que han procurado comprender al hombre,
parece que la ciencia del instinto
distingue, irreflexiva, entre el cuerpo y el alma,
igual que atribuimos distintas realidades
a cualquier instrumento y a su música.

Cuando un cuerpo se pulsa en otro cuerpo,
por obra de ese dios de las encrucijadas;
cuando la rutilante mecánica terrestre
dispone en su ebriedad combinatoria

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que una amalgama fiel e indescifrable
compuesta de recuerdos, de fluidos,
de obediencia animal, de ciego desamparo,
tropiece en el vacío con otro desamparo
de incomprensible linfa memoriosa,
suena una multitud de músicas unánimes.

Hay una melodía voraz que se ejecuta
en el puro sigilo de las pieles,
la usura de una esgrima sin más eco
que el mudo proceder del apetito,
ese ceremonial que nos consiente
usar como instrumento a los demás,
para que en ellos suene, mientras suena en nosotros,
la bárbara armonía delicada
que vive sometida en el deseo.
Es una percusión que nos recuerda,
al desandarnos rumbo a la semilla,
las leyes primigenias de la especie,
cuando aullábamos locos en el páramo,
después de haber saciado nuestro instinto.

Una octava más alto que el placer de la carne,
mientras suena su arpegio compartido,
se escucha un contrapunto milagroso
que desprende la carne y no es la carne,
que se alza inmaterial de la materia.
No nos importa entonces que los cuerpos
sean una entelequia del espíritu,
una alada quimera de la imaginación,
y la imaginación, junto con el espíritu,
un ensueño que ha urdido la conciencia,
un redoblado enigma irresoluble.

Los cuerpos, cuando suena esa canción ingrávida
que tañe el alma, quedan condenados a ser,
culpables de su propia sustancia satisfecha.

Se anuncia en ese instante el ángel de los raptos,
se nos muestra corpóreo en su forma intangible
y arrebata un compás del cántico secreto.
Para escuchar el himno enajenado,
no hace falta creer en la enajenación:
el himno nos transporta y nos abruma,
nos mece y nos doblega. No hace falta
profesar en el bando de los embebecidos,
porque el ángel del éxtasis acoge a los escépticos.
Sucede, y eso basta.
Ocurre, y eso es todo.

Cuando suena la melodía insólita,
se esfuman nuestras dudas y asentimos.
Por muchas suspicacias que hayamos cultivado,
la majestad del ángel nos serena,
y observamos el mundo bajo un prisma benévolo.
Mientras vibra en el éter ese compás de asombro
nos sentimos capaces de verter una lágrima
de intacta gratitud por seguir vivos.
Una sublime lágrima que otorgue
en su perfecta esencia compasiva
el don de redimir todos los daños.
Así que cuando atónitos escuchamos la música
que los dedos del ángel nos arrancan,
no hay incredulidad que venza nuestra fe.

Puede que ese aleteo,
esa hermética música febril,
no sean otra cosa más que fulguraciones
con que nuestros sentidos se extravían,
sencillas desventuras de alquimia cerebral.
Pero en su inacandescencia se alumbra el universo,
se consumen las sombras y las incertidumbres,
y durante un feliz instante portentoso
de extraña comunión con la materia
suena ese virtosismo de la carne,
alegre maestría ilusionada
que solemos nombrar con la palabra amor.

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sábado, 13 de junio de 2009

Duquende por bulerías

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Caosmeando

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