jueves, 27 de agosto de 2009

Una larga partida de ajedrez

De Eduardo Santiago Ruiz

Cuando vi las hojas amarillentas de los árboles caer de abajo hacia arriba, prenderse a sus ramas y reverdecer tímidamente, no me sorprendí. Muy en el fondo casi esperaba que sucediera, porque todo es posible en un sueño y acaso la vida no sea sino un sueño.

Avancé por el intricado camino de arena. En un oculto meandro estaban las rocas que simulaban ser una mesa y dos bancos colocados con exquisita simetría, como si el destino los hubiera preparado especialmente para mí, para esta tarde.

Me senté.

Un tablero de ajedrez estaba tallado en la superficie, y en él, ya dispuestas las treinta y dos piezas. No esperé más e hice mi primera jugada. Las piezas negras comenzaron a moverse aunque el banco de mi oponente seguía vacío. Él, sin duda, era un mal jugador; comparé sus movimientos cobardes y azarosos con los de un nido de ratas que huyen asustadas. Orquesté mi ataque con violencia, avancé mis agudos alfiles, mis ágiles caballos, enlacé mis torres como dos castillos medievales que se defienden el uno al otro, como dos viejas montañas.

Pero sucedió que perdí una pieza y después una tras otra y comencé a jugar con incredulidad y con furia. Ya no era yo el jugador que movía las piezas, era yo el inválido rey que desde el alcázar dirige a su ejército. Enfermo y decrépito, respirando trabajosamente, me asomé a la ventana y vi a las tropas negras plagar el horizonte. Esa visión me hizo entender que lo que llamamos destino no es sino el conjunto de las causas que desconocemos. No pasó mucho tiempo antes de oír a los alfiles correr sobre mi techo, a los caballos hollando mis jardines, a una mujer desconocida hablando tras la puerta de mi habitación.

Unos pasos subieron las escaleras, se acercaron por el corredor, abrieron sin trabajo el cerrojo. Sentí que esos pasos comenzaron a andar mucho antes de mi nacimiento y sólo hasta ahora podía escucharlos. Entraron. Su dueño era un hombre alto que ocultaba su rostro tras una máscara.

Envidié su fuerza y su triunfo, mientras que yo, que había tenido un imperio en mi puño ya sólo conservaba un leve cuchillo. Lo envidié porque pronto sería yo y no él el que no vería sino oscuridad, yo el que sería borrado, yo el que no despertaría ya más.

Quizás como un gesto de piedad o de altivez acercó su oído a mis labios; le ordené que mostrara su rostro. Aquello fue como contemplarme en un espejo. Ese hombre era igual a mí salvo porque no era yo. O quizás, pensé, era yo actuando otro tiempo u otra historia.

El cuchillo cayó al suelo.

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