martes, 26 de mayo de 2009

Ave doble, de cuerpo entero

Déxame, deseo,
que me bamboleo










A Marek Keller








1

Huye Dafne, herida por la flecha plomiza y embo-
tada del temor, de la ribera del Pineo al enclave de
Santa Fe. Huye con amor propio, libre del otro
amor prohibido: “Pies, ¿para qué os quiero?”.
Huye de las palabras esperanzadas de Apolo, que,
herido por la flecha dorada y puntiaguda del ciego
amor primero, corre ya, enajenado, cual galgo en
pos de liebre. Huye de la caricia que hiere, de la
baba que oxida, de la avidez que seca. Aún no le ha
suplicado a la madre Gea que, por piedad, la engu-
lla, la recoja en su seno y la convierta en mítico lau-
rel. Ha hecho un alto, de madrugada, en el camino
que conduce al bosque del que pronto será arte y
parte: brazos-ramas, cabellos-hojas, miembros-
corteza, pies-raíces, regados por los lagrimones del
burlado perseguidor. No ha sonado esa hora tardía
en la que la belleza, antes que darse, va a preferir
desencarnarse, dejar de ser objeto de pasión, con-
formarse, en suma, con llegar a ser laureola. Por lo
pronto, Dafne se ha puesto en jarras. Respira
hondo. Y allí, casi en la cola, se le ha posado un
pájaro que celebra la fuga con un trino. Juan
Soriano, escultor, aprovecha esa pausa, la venusti-
dad del respiro, y amasa ese momento fugitivo con
estilo “perspicuo, blando y suave”, semejante al
urdido por Garcilaso, según comenta Herrera,
para inyectarle a la sabida fábula savia nueva y
nueva visión. Esplendor fragmentario, si a joderse
tocan, de la metamorfosis en perspectiva: recuerdo
y vaticinio, pero también instante transido de
mudanza, ave doble de paso, intermedio redondo
de dos respiraciones imantadas.

II

Tal vez Dafne se acuerde ahora, de improviso y de
madrugada, de aquel tierno Leucipo, hijo de
Enóamo, rey de la Élide, que se volvió loco por ella,
o más bien loca, hasta el punto de travestirse de
candeal doncella, reinona ella, con el solo propósi-
to de apapacharla sin levantar ni la menor sospe-
cha en carne sonrosada, poco hecha al quid flexible
del dichoso verbo, librándose el bribón de tal guisa
del asco astral de toda ninfa sana a propuesta sali-
da de varón. Y ya casi quisiera no acordarse de las
leves espumas del río Ladon, transformadas, en
tiempos en que todo se transformaba, en muy san-
guinolentos espumarajos, una vez que, por fin, se
le puso a Leucipo en evidencia ante los dardos de
las propias ninfas, tan superiores, por haberse
visto empujado a desvestirse y a pegarse un buen
baño, primero y último, en las antaño transparen-
tes aguas natales. Y Dafne, que es a lo que vamos,
ni arrepentida ni tontamente ufana, pero, eso sí,
segura de ser mujer, mujer en jarras, ha hecho
dulce ademán, con pies de bronce, de ponerse a
bailar al son del pájaro. Y ahí que la sorprendió el
escultor. Como jamás se dice. Ave doble: reposada
melancolía y signo desabrido, a contrapelo, de que-
rer hacerse a otra idea, cosas ambas palpables y
cantables. Ahí está, contradictorio y sinuoso, el
tacto esculpidor de Juan Soriano. El tacto de haber
sabido recrear la cacería (la fábula de talla) desde
una incierta altura (¿quién da más a dos bandas?,
¡oh, Dafne!), aquí pillada en redondel de pausas,
respirando por esas dos ausencias deseadas, alas
perdidas, libres oquedades, vacíos imantados.

(José Miguel Ullán, Órganos dispersos)

1 comentarios:

uno, trino y plural dijo...

EN AQUEL SOLEMNE EXILIO resplandecía su tenaz murmullo
casi lascivo.

Caosmeando

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