jueves, 26 de febrero de 2009

Despeñándonos por la caosmolalia

De La inteligencia colectiva
, de Pierre Lévy. Traducido por el Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas de Cuba

La Tierra no es el suelo originario, ni el tiempo de los orígenes, sino el espacio-tiempo inmemorial, al que no se le puede asignar un origen, el espacio "siempre ya ahí" de la especie, que contiene y desborda el comienzo, el despliegue y el porvenir del mundo humano. La Tierra no es un planeta, ni incluso la biosfera, sino un cosmos donde los humanos están en comunicación con los animales, las plantas, los paisajes, los lugares y los espíritus. La Tierra es este espacio donde los hombres, las piedras, los vegetales, los animales y los dioses se encuentran, se hablan, fusionan y se separan para reconstruirse a perpetuidad. La Tierra es el lugar de las metamorfosis, las de Ovidio, las de Empédocles o de Lucrecia, las que pueblan los sueños de los aborígenes de Australia, las de todos los grandes relatos míticos.

En la Tierra todo es real, todo está presente, y la visión obtenida en trance, la palabra inspirada por los dioses no contradicen forzosamente el juicio prudente. En la gran Tierra nómada, el sueño y el despertar no son ciertamente confundidos, sino que se apoyan, se interpretan y se nutren uno del otro. Los animales viven en un nicho ecológico. El humano va inmediatamente más allá de todo nicho, el humano vive en una Tierra que él elabora y reelabora constantemente con sus lenguajes, sus instrumentos y edificios sociales complicados y sutiles donde no deja de implicar al cosmos. El hombre no vive en un nicho, como un perro, porque él observa las estrellas, porque inventa dioses que lo inventan, porque se atribuye el águila o el leopardo como antepasado, porque vive entre los signos, los relatos y los muertos. El hombre es el único animal que vive en el cosmos, que no pertenece solamente a una especie, sino que escoge sus Tótem. La humanidad es la especie consagrada a la Tierra, al cosmos de los animales y de las plantas que hablan, la especie consagrada al caosmos de las metamorfosis.

La revolución neolítica no ha suprimido evidentemente la gran Tierra nómada y salvaje, el "jardín" inmemorial. El inconsciente no es una buena palabra para explicar esta permanencia de la Tierra, porque nos habla de una pequeña esfera empobrecida, individual, familiar, de la que el cosmos ha sido excluido. La gran Tierra caosmica está siempre presente, resonando desde muy lejos bajo nuestros pasos, bajo el hormigón de los territorios, bajo los signos irrisorios del espectáculo. Atravesando las fronteras de las identidades, el coro de la Tierra canta aún su loca canción de ensueño y de vida, el canto que sostiene la existencia del mundo.

1 comentarios:

uno, trino y plural dijo...

Uno de los matemáticos más interesantes y más apetecibles este Paul Lévy

Caosmeando

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