viernes, 5 de diciembre de 2008

Las once mil vergas (XXXIV)

–Cuéntame tu historia –dijo Mony a Kilyemu mientras que en el rincón se oían los jadeos cínicos de Cornaboeux y de la negra.

Kilyemu se sentó:

–Soy –dijo– hija de un intérprete de sammisen, que es una especie de guitarra, la toca en el teatro. Mi padre hacía el coro e, interpretando temas tristes, recitaba historias líricas y cadenciosas en un palco enrejado del proscenio.
Mi madre, la bella Pesca de Julio representaba los principales papeles de esas largas obras a las que es tan aficionada la dramaturgia nipona.
Me acuerdo que representaban Los Cuarenta y siete Roonines, La Bella Siguenaï o bien Taiko.
Nuestra compañía iba de ciudad en ciudad, y esta naturaleza admirable donde he crecido aparece siempre en mi memoria en los momentos de abandono amoroso.
Me subía a los matsus, esas coníferas gigantes; iba a ver bañarse en los ríos a los bellos samurais desnudos, cuya enorme méntula no tenía ninguna significación para mí en esa época, y reía con las bonitas y alegres criadas que venían a secarlos.
¡Oh! ¡Hacer el amor en mi país siempre florido! ¡Amar a un fornido luchador bajo los rosados cerezos y descender besándose de las colinas!
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Un marinero de permiso, de la compañía Nippon Josen Kaïsha, que era mi primo, un día me arrebató la virginidad.

Mi padre y mi madre representaban El Gran Ladrón y la sala estaba repleta. Mi primo me llevó a pasear. Yo tenía trece años. El había viajado por Europa y me contaba las maravillas de un universo que yo ignoraba. Me condujo hasta un jardín desierto lleno de lirios, de camelias rojo obscuro, de lises amarillos y de lotos parecidos a mi lengua, tan bellamente rosados. Allí, me besó y me preguntó si había hecho el amor, le dije que no. Entonces, deshizo mi kimono y me acarició los pechos. Esto me dio risa, pero me puse muy seria cuando puso en mi mano un miembro duro, grande y largo.
¿Qué quieres hacer con él? le pregunté. Sin responderme, me acostó, me desnudó las piernas e, introduciéndome su lengua en la boca, penetró mi virginidad. Tuve fuerzas para lanzar un grito que debió turbar a las gramíneas y a los bellos crisantemos del gran jardín desierto, pero inmediatamente la voluptuosidad se despertó en mí.

Al poco tiempo me raptó un armero, era bello como el Daïbó de Kamakura, y es preciso hablar religiosamente de su verga que parecía de bronce dorado y que era inagotable. Todas las noches antes del amor me creía insaciable pero cuando había sentido quince veces como la cálida semilla se derramaba en mi vulva, debía ofrecerle mi cansada grupa para que él pudiera satisfacerse, o cuando estaba demasiado fatigada, tomaba su miembro con la boca y lo chupaba hasta que él me ordenaba parar. Se mató para obedecer las prescripciones del Bushido, y cumpliendo este acto caballeresco me dejó sola y desconsolada.
Un inglés de Yokohama me recogió. Olía a cadáver como todos los europeos, y durante largo tiempo no pude acostumbrarme a ese olor. Yo le suplicaba que me enculara para no ver delante de mí su cara bestial con patillas pelirrojas. Sin embargo, al fin, me acostumbré a él y, como estaba bajo mi dominio, le obligaba a lamerme la vulva hasta que su lengua, enrampada, ya no podía removerse.

Una amiga que yo había conocido en Tokio y que amaba hasta la locura venía a consolarme.

Era bonita como la primavera y parecía que dos abejas estaban continuamente posadas en la punta de sus senos. Nos satisfacíamos con un trozo de mármol amarillo tallado por los dos extremos en forma de miembro. Eramos insaciables y, la una en los brazos de la otra, desenfrenadas, encrespadas y aullando, nos agitábamos furiosamente como dos perros que quieren roer el mismo hueso.


Un día el inglés se volvió loco; creía ser el Shogún y quería encular al Mikado.

Se lo llevaron y yo hice de puta en compañía de mi amiga hasta el día en que me enamoré de un alemán, alto, fuerte, imberbe, que tenía una enorme verga inagotable. Me pegaba y yo le besaba llorando. Al fin, baldada por los golpes, me hacía limosna de su miembro y yo gozaba como una posesa abrazándole con todas mis fuerzas.

Un día tomamos el barco, me llevó a Shangai y me vendió a una alcahueta. Luego se fue, mi bello Egon, sin volver la cabeza, dejándome desesperada, con las mujeres del burdel que se reían de mí. Me enseñaron bien el oficio, pero cuando tenga mucho dinero me iré, como una mujer honesta, por el mundo, para encontrar a mi Egon, sentir una vez más su miembro en mi vulva y morir pensando en los rosados árboles del Japón.

La japonesita, tiesa y seria, se marchó como una sombra, dejando a Mony reflexionar sobre la fragilidad de las pasiones humanas con los ojos llenos de lágrimas.

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jueves, 4 de diciembre de 2008

Construcción de un rincón (3)

Un texto de Samuel Beckett

Compañía

Te apiadas de un erizo fuera, en el frío, y colocas una vieja caja de sombrero con algunos gusanos. Después colocas dicha caja, con el erizo dentro, en una conejera en desuso y dejas la puerta abierta para que el pobre animal entre y salga cuando quiera. Para que vaya a buscar alimento y, tras haber comido, vuelva al calor y la seguridad de su caja en la conejera.
Ahí tienes, pues, el erizo en su caja, dentro de la conejera, con suficientes gusanos para calentarla. Una última mirada para asegurarte de que todo está como Dios manda, antes de dedicarte a buscar otra cosa con que pasar el tiempo, que ya, a esta tierna edad, se te hace interminable.La llama de tu buena acción tarda más que de costumbre en atenuarse y extinguirse.
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En aquellos tiempos se encendía con facilidad, pero raras veces por mucho tiempo. Apenas la había atizado una buena acción tuya o un pequeño triunfo sobre tus rivales o una palabra de elogio de tus padres o mentores, cuando ya empezaba a atenuarse y extinguirse y te dejaba en poco tiempo tan frío y apagado como antes.
Hasta en aquellos tiempos. Pero ese día, no. Fue una tarde de otoño cuando encontraste el erizo y te apiadaste de él del modo descrito y, cuando llegó la hora de irte a la cama, seguías sintiendo la misma satisfacción. Arrodillado junto a la cama, incluiste al erizo en la detallada plegaria a Dios para que bendijera a todos tus seres queridos. Y, mientras dabas vueltas en la cama esperando a que llegara el sueño, seguías rebosante de satisfacción al pensar en la suerte que había tenido el erizo cruzandose en tu camino.
Un estrecho sendero de tierra bordeando el boj marchito. Cuando estabas ahí parado, preguntándote por la forma mejor de pasar el tiempo hasta la hora de ir a la cama, hendió uno de los linderos, y ya se dirigía hacia el otro, cuando entraste en su vida.
Ahora bien, a la mañana siguiente no solo se había apagado la llama, sino que, además, a esta había sustituido una gran inquietud. La sospecha de que tal vez no todo estuviera como Dios manda.De que, en lugar de hacer lo que hiciste, acaso hubiese sido mejor dejar las cosas como estaban y que el erizo siguiera su camino. Días, si no semanas, pasaron antes de que pudieses armarte de valor para regresar hasta la conejera. Nunca has olvidado lo que entonces encontraste. Estás boca arriba en la obscuridad y nunca has olvidado lo que entonces encontraste. La papilla. El hedor.

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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Albert Pla - Insolación

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O clovickovi

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martes, 2 de diciembre de 2008

Los guanches

En el año 1925, Ernest A. Hooton, uno de los más eminentes antropólogos de América, publicó un estudio bajo el título The ancient inhabitants of the Canary Islands; al mismo tiempo, dedicaron su atención al problema de los guanches el antropólogo alemán Eugen Fischer y otros varios prehistoriadores y etnólogos. Se examinaron momias conservadas y se midieron sus cráneos. "Se trata -escribe Fischer- de rostros de ángulo facial muy abierto, pómulos prominentes y base de la nariz algo hundida, de tipos de huesos bastos y de gran estatura, que se distinguen perfectamente de las razas mediterráneas."
Pero los cráneos de los guanches se distinguen también de los dolicocefálicos germanos. Sólo hubo una raza humana que tuviera la misma estructura de cráneo y de huesos de los primitivos habitantes de Canarias y esta raza el la de Crô-Magnon del último período glacial. En realidad los guanches son descendientes del hombre de Crô-Magnon que, desde el punto de vista antropológico, se conservaron casi intactos hasta la época histórica.
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Gracias a un minucioso trabajo de reconstrucción, los prehistoriadores han podido precisar cómo fueron a parar a las islas Canarias. La raza Crô-Magnon del tercer período glacial, creadora de las pinturas rupestres y de otras obras de arte de la época neolítica del sur de Europa, se trasladó, en las postrimerías del período glacial, a otros ámbitos: al norte de Europa, a Asia y, por el estrecho de Bering a América; se transformó, creó nuevos pueblos y nuevas razas y se constituyó en fuente de la cual arrancan muchos pueblos blancos y atezados.
Hubo, en cambio, otros grupos que fluyeron de España a Africa. Y estos cromañonenses africanos conservaron sus primitivas características y, en el paleolítico superior y luego en el neolítico, crearon una cultura muy particular en tierras africanas, la "cultura capsiense". Muelas y piedras de afilar, hachas transversales, anillos de piedra y cepos sepulcrales, puntas de flecha de piedra, huellas de primitiva agricultura e indicios de vida trashumante nos revelan de qué modo vivían en aquella época los hombres capsienses cromañonenses del norte de Africa. Construían monumentos megalíticos, adoraban divinidades femeninas y desarrollaron una sociedad matriarcal.
Hijos legítimos de la cultura capsiense fueron los primitivos saharianos, los antiguos libios,los bereberes,los hombres de cabello rubio, ojos azules y rostro casi cuadrado. Los canarios descienden de estos norteafricanos cromañonenses, que llevaron la cultura capsiense a las islas, aunque no le dieron ulterior desarrollo, sino que, a causa de su largo aislamiento, descendieron otra vez al nivel de cultura de los trogloditas, que en otro tiempo habían superado, después de su emigración al terminarse el período glacial europeo.
El hecho de que los guanches tengan el cabello rubio y los ojos azules confirma la opinión de los prehistoriadores de que también el hombre de Crô-Magnon del periodo glacial era rubio y tenía los ojos azules. Individuos rubios los hay no sólo entre los europeos y los bereberes, sino también en muchos pueblos asiáticos e incluso entre los polinesios y los indios. Gran parte de los cromañonenses perdieron esta característica en el curso de sus largas migraciones, que dieron lugar a mezclas con otras razas oscuras. En cambio, en la rama nórdica de los indoeuropeos estos rasgos siguieron siendo predominnantes; lo mismo ocurrió entre los guanches incomunicados con el resto del mundo "como si Dios los hubiese olvidado".
Si todavía se conservan los aborígenes canarios, la ciencia podría estudiar sobre el terreno el aspecto que tendrían los descendientes de los hombres del período glacial que vivieron el la época del paleolítico superior, observar sus cultos, sus costumbres y las formas de sociedad que desarrollaron. El asesinato racial llevado a cabo contra los guanches sólo tiene un parejo en la historia de la humanidad: la brutal aniquilación de los tasmanos del sur de Australia, pueblo que vivía aún en el grado de cultura del hombre del Neandertal. Y parece una amarga ironía del destino que, al mismo tiempo que Prichard,Humboldt y otros sabios expresaban su profundo sentimiento por la destrucción de los guanches, se cazara todavía a los tasmanos como si fueran animales salvajes y se les deportara a las islas desiertas para que allí murieran de hambre.
Todo lo que ha quedado del valiente, misterioso y cien veces discutido pueblo de los guanches, son unos cuantos dibujos descoloridos realizados sobre ardientes rocas, signos misteriosos e indescifrables, unas pocas momias envueltas en piel de cabra y cráneos tipo Crô-Magnon de tosca textura. De vez en vez se descubre todavía un rostro canario, cuadrado y huesudo, que nos mira con los ojos azules bajo una frente coronada de mechones rubios. Y algunos habitantes de las islas Canarias viven hoy como en tiempos remotos, dentro de cavernas y en poblados completamente trogloditas, en forma parecida a como vivían aquellos hombres que el noble normando Bethencourt halló al desembarcar allí.
(Herbert Wendt, Empezó en Babel, 1960)

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Caosmeando

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