Dedicado a los que cada día nos dan la ración de sangría y de estupidez.
viernes, 7 de agosto de 2009
Love Of Lesbian - La mirada de la gente que conspira
lunes, 3 de agosto de 2009
Los naufragios de Óscar Byron (y II)
Fernando Aínsa
Sin embargo, ahora que se ha ido, nos preguntamos si no veía realmente los naufragios aunque sucedieran lejos. Tal vez podía vivirlos aquí, como si los viera realmente o, tal vez, los veía aunque hubieran acaecido muchos años o décadas atrás. ¿No nos hablaba a veces de barcos de antiguo velamen o diseño superado? "De allí le venía el alma compleja, el llamado confuso de las aguas, la voz inédita e implícita de todas las cosas del mar, de los naufragios, de los viajes lejanos, de las travesías peligrosas...." Estos versos nos los recita ahora el maestro del pueblo, citando a otro poeta cuyo nombre tampoco puede recordar, pero del que sabe era portugués, lo que nos asombra, como si los portugueses no pudieran ser poetas y sólo pescadores o emigrantes. En los meses que precedieron a su partida, Byron aparecía más agitado que nunca.
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Madrugaba más que ninguno de nosotros, caminaba a lo largo de las playas desiertas los días de temporal, cuando nadie se atrevía a aventurarse fuera de su casa, y volvía empapado, muy tarde en las madrugadas, con los ojos iluminados por un nuevo naufragio al que había asistido como testigo privilegiado.
El último invierno que pasó entre nosotros, Byron fue el único en aventurarse en la Punta del Diablo, donde las rocas terminan en forma abrupta en el mar que se transforma en océano hacia el Oeste de ese cabo, más allá del faro abandonado hace muchos años. En esos meses Byron era el único que hablaba en las veladas del bar Jiménez, mientras nos observaba como bebíamos en silencio, esquivando cruzar nuestra mirada con la de sus ojos azules. A fines de ese invierno, una noche excepcionalmente estrellada y tibia, Byron entró más agitado que de costumbre y nos dijo, casi gritando : "No me creerán, pero hoy me ha pasado algo extraordinario". Nadie le preguntó, "¿Qué has visto hoy Oscarito?", como hacíamos en alguna ocasión, disimulando apenas nuestra ironía, porque ni ese día, ni la noche anterior, temporal alguno había barrido la costa para justificar la historia de un naufragio percibido entre dos relámpagos. Pese a nuestro silencio, nos contó en su hábil tiempo presente: —Estoy esta tarde en la playa, a la altura del Fortín, cuando creo ver el resto de un mástil movido por las olas, al borde mismo del mar. Al acercarme me doy cuenta de que no es una madera la que flota en la orilla, sino un cuerpo humano, más bien los restos de un cuerpo desfigurado por el mar. Es el cadáver de un hombre de unos cuarenta y tantos años, bien vestido con los andrajos de un smoking o un frac, algo así. No está hinchado como suelen estar los ahogados que he visto tantas veces balancearse en las olas; sus rasgos son casi normales, pero como están mordidos por la vida del mar, comenzados a disolverse para siempre en el cuerpo de peces y crustáceos. Se le ve, pese a todo, un algo de elegancia perdida, como de personaje de película, con un algo de hombre importante caído al mar. Sus dedos azulados, los zapatos de charol, el perfil de su rostro, ese conjunto de cosas sutiles que nos dicen que alguien no es de nuestro mundo, aunque haya irrumpido en él, traslucía su propia inercia. Así era el ahogado que me encontré esta tarde en la playa". Nadie parecía escuchar a Byron. Todos aparentábamos estar preocupados por el juego de cartas de baraja, por la botella que se vaciaba, por la puerta que se abría y cerraba de golpe con los que iban llegando al bar. Oscar siguió hablando, como ordenando para sí mismo los recuerdos frescos de esa tarde soleada del mes de febrero, de ese último invierno que pasaría entre nosotros. "Estoy mirando el cuerpo, cuando una ola le abre los restos de la chaqueta de fiesta y veo un gran sobre alargado en su bolsillo. Me inclino y lo tomo. Está empapado y cerrado con un lacre. Cuando lo voy a abrir, oigo un rumor que viene del mar. Una lancha se acerca a gran velocidad, dando saltos sobre el agua. Más allá, un yate se balancea con suavidad, inmóvil en la tarde apacible. Tengo miedo, no se por qué. Agachado, trato de que no me vean y me escurro entre las dunas y me echo al borde mismo del bosque que bordea el camino. Acostado en la arena, veo llegar la lancha que recorre con lentitud la playa. En la proa, un hombre corpulento mira con unos gemelos la orilla, hasta que descubre el cuerpo del ahogado y con gestos enérgicos indica a dos marineros que se acerquen. Observando la costa desierta, lo izan con exagerado disimulo y hurgan entre sus ropas como si buscaran el gran sobre lacrado que yo tengo entre mis manos". Byron se pasó esas mismas manos por la frente y conjurando sus recuerdos, prosiguió : "La lancha no se va. Está detenida a unos metros de la orilla y el hombre de los binoculares barre lentamente la playa como si buscara algo, como si estuvieran buscando a alguien más. Con las piernas abiertas para mantener el equilibrio en la proa oscilante, parece detenerse por unos segundos en el borde del bosque donde estoy escondido. Pero la tarde está cayendo y cada vez hay menos luz. De golpe la lancha se pone en movimiento y se va como llegó, tragada por la distancia, hasta llegar junto al yate que leva anclas y se esfuma en el horizonte". Byron quedaría, una vez más, solo con su historia. El ahogado ha sido llevado lejos de cualquier otro testigo. Pero esta vez un sobre lacrado y húmedo ha quedado en sus manos. Y Byron, bajando la voz nos dijo: —Entonces rompo el lacre, abro el sobre y encuentro varios miles de dólares en billetes de cien y de quinientos. Nuestro silencio sería de sorpresa y no de indiferencia, una atención conquistada a golpes por las palabras mágicas: "Billetes, miles de dólares".
Lo miramos y vimos sus ojos llenos de satisfacción. Por fin había podido comprar nuestra incredulidad, con los miles de dólares de su fortuito hallazgo. Alguien le pediría entonces :
-A ver Oscarito, muéstranos un billete. Con la calma de su nueva posición triunfante conquistada, nos respondió: "Lo siento, no tengo ninguno aquí. Estaban mojados y los estoy secando en casa, junto a la estufa". -¿Ni uno Oscar, no tienes ni uno para pagarnos una copa? ¿No tienes ni uno para comprarnos un poco de confianza en lo que dices?, le preguntó Romualdo y nos echamos a reír. Todos nos reímos, menos Byron. Alguien había mencionado la palabra "confianza" y lo habían herido para siempre. Empezó a tartamudear, quiso gritar entre el estruendo de la carcajada general: "Pero además de los miles de dólares, me he encontrado una mujer muy hermosa". Nadie hacía caso a Byron. Después de oírlo durante años en silencio, todos se reían y hacían ruidos desagradables, como si quisieran terminar para siempre con sus historias de ahogados, naufragios y botines perdidos. La emoción y el desconcierto parecían escaparse de los puños tensos de Byron y su voz se quebró en sollozos cuando añadió: "Me encuentro una mujer hermosa desvanecida unos metros más allá del ahogado, enganchado y disimulado su cuerpo entre dos rocas, un vestido de noche pegado a su piel como si fuera una auténtica sirena. La creo muerta, pero está viva. La tomo en mis brazos y ella abre sus grandes ojos de color verde claro y me mira profundamente, como nunca nadie me ha mirado ". No escuchábamos a Byron. Había llegado nuestra hora y le gritamos :
—¡Irlandés mentiroso!, nieto de un campesino cobarde que le tuvo siempre miedo al mar. Estamos hartos de oírte Byron. Basta, irlandés, basta con tus historias. Y Oscar Byron, con la voz quebrada, entre un sollozo y la indignación, seguía explicando, como si quisiera justificarse hablando siempre en ese tiempo presente con el que quería dar más emoción a todos sus relatos: "La llevo a casa donde está durmiendo. La abrigo, enciendo la estufa, me está esperando..." Sebastián se adelantó y entre las burlas del resto de nosotros, le dijo con una carcajada: "Vuelve a su lado, date prisa, vuelve con tu sirena. A lo mejor se despierta y se te escapa con los dólares. Mira que buena historia tendrás para contarnos mañana: como se te ha esfumado el amor y el dinero". Byron nos miró uno a uno, buscando una sola mirada solidaria, uno solo que no se estuviera riendo y fue entonces cuando se dio cuenta de que la piel blanca que lo separaba de todos nosotros, estaba rasgada para siempre como la tensa de un tambor que no redoblaría nunca más. Entonces Oscar Byron salió, y cuando esperamos volverlo a ver a la noche siguiente como si no hubiera pasado nada, dispuesto a contarnos un nuevo relato que pudiera ser otra mentira, supimos que se había ido de El Paso. No hemos vuelto a verlo desde entonces. Pero sabemos de él o creemos saber, porque atenuados por la distancia y el tiempo, (¿Sabe alguien a qué velocidad viajan los rumores?) nos llegan vagos ecos, no sólo de Byron, sino de una pareja de rubios de aire extranjero que se han establecido con un bar en la costa, más allá de nuestro pueblo.
Dicen que el dueño de ese bar cuenta todas las noches historias de naufragios que vio en un punto de la costa donde nació y vivió muchos años y que nosotros quisiéramos ahora que fuera la nuestra.
Dicen que los parroquianos de ese bar lo escuchan asombrados, le hacen preguntas, y que una mujer rubia muy hermosa sonríe con aire de ser feliz, sentada detrás de la caja registradora. Esto es lo que dicen algunos. Porque hay otros que afirman que esa pareja de rubios (en los rasgos del hombre queremos descubrir a nuestro Oscar) cuenta naufragios que dicen haber visto tomados del brazo, paseando las noches en que hay tempestades por esa costa.
Ahora -allá, lejos de aquí- todos lo creen, porque además cuando narra sus naufragios rodeado por sus propios parroquianos, ella -la rubia- acota con seriedad: "Sí, es cierto", o "Así fue". Pero unos y otros -todos nosotros- sentimos que lo más grave, desde que se ha ido Byron de nuestro pueblo, es que aquí ya no pasa nada digno de ser contado y que la verdad de nuestras vidas cotidianas es muy aburrida. Descubrimos con angustia que este pueblo necesita —como probablemente también lo necesitan otros pueblos—de algo que parezca mentira para seguir viviendo y para que las noches de invierno resulten menos largas. En realidad —nos lo decimos todos— ahora que se ha ido para siempre no hubiera sido tan difícil creer a Oscar Byron.
domingo, 2 de agosto de 2009
Los naufragios de Óscar Byron (I)
Un cuento de Fernando Aínsa
Ahora nos lo decimos todos: no debería haber sido tan difícil creerle a Oscar Byron. Sin embargo, cuando venía a contarnos el nuevo naufragio que había visto, en su aire de extranjero rubio descendiente de irlandeses, había algo que no nos inspiraba confianza. Ahora que Byron se ha ido, las noches de invierno se nos hacen más largas en la rueda de pescadores y contrabandistas que formamos en el bar Jiménez, y hay quién asegura que en esta costa barrida por vientos tan contradictorios los naufragios que nos contaba Oscar podían haber sucedido realmente. Hubiera bastado un poco de buena fe para que pudieran haber adquirido esa certidumbre que ahora tanto necesitamos. Podían, sí.
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Porque en la parte más abierta de estas playas, donde el océano rompe con más fuerza, se ven los restos de muchos barcos que encallaron alguna vez traídos por un temporal, arrastrados por una corriente. Con paciencia y memoria se podría trazar un mapa punteando los naufragios, precisando las fechas que se remontan hasta galeones y carabelas de la época de la conquista del Nuevo Mundo, hoy devorados por la espuma y la arena. Ahora que Byron se ha ido, hay quienes reconstruyen con cuidado esos posibles mapas de nuestra costa, llenos de cruces y de una historia que, en cualquiera de los casos, ninguno de nosotros pudo conocer, pero que él aseguraba haber vivido en sus paseos solitarios en las noches de tormenta. Pero entonces, cuando Byron entraba en el bar Jiménez, lo recibían sólo sonrisas y miradas incrédulas. Las burlas eran aún mayores cuando decidía contar, una y otra vez, con pequeñas variantes, siempre hablando en tiempo presente, su naufragio favorito: cómo su abuelo, el capitán John Byron, había llegado a esta tierra, encallado su barco en la punta más agreste y lejana de la playa que se pierde hacia el Este. Sus mechones de pelo rubio pajizo le caían sobre la frente y los ojos de azul claro se le iluminaban, como si estuviera viendo lo que nos contaba: "...y cuando todos los pasajeros se han salvado, y los botes están en la orilla, mi abuelo, oficial responsable del barco, lo mira por última vez, sube con dificultad al puente de mando, tan inclinada está ya la cubierta, y toma de su cabina todos los papeles del navío y los guarda con cuidado en el bolsillo de su casaca..."
En esos momentos de su relato, Oscar esperaba siempre que alguno de nosotros lo interrumpiera para hacerle preguntas, pero todos —aunque lo escucháramos con atención— nos hacíamos los distraídos. Pero Oscar, "Oscarito" como lo llamábamos burlonamente, era demasiado rubio para inspirar confianza, pero también era demasiado entusiasta para callarse ante nuestra indiferencia. Y así seguía hablando con grandes gestos: "...y cuando el temporal arrecia, mi abuelo, el capitán John revisa con parsimonia los cajones donde tiene su brújula personal, un reloj de oro y las fotos de la familia. El barco se escora aun más, y crujidos que parecen lamentos brotan de los maderos y de los hierros, para subir desde las bodegas inundadas hasta el puente de mando, como un himno de difuntos que se mezcla con el ruido de las olas que se rompen contra el casco, lamen con ferocidad la cubierta y entran a borbotones espesos por los ojos de buey de vidrios despedazados. Abuelo recoge los restos húmedos de su pequeño mundo que está por desaparecer y sube al único puente que emerge ahora de las aguas. Desde allí observa la playa, donde su tripulación y los pasajeros lo esperan con impaciencia, batidos los rostros por la lluvia y el viento. El capitán está satisfecho porque todos han sobrevivido, porque todos están sanos y salvos gracias a su sangre fría y a la seguridad con la que personalmente ha organizado el salvamento antes de pensar en sí mismo. Baja luego un pequeño bote que se balancea sobre la borda, salta con la gorra de mando calada hasta las cejas, empuña los remos y va hacia la playa. Abuelo esquiva con habilidad una rocas y llega a la orilla en el justo momento en que, rodeado de un estallido final de hierros y maderas, el barco se parte y todo desaparece bajo las grandes olas que cubren triunfalmente sus restos para siempre. El capitán John estrecha la mano de cada uno de los pasajeros, abraza a sus tripulantes y oficiales, y llora en silencio. Así llegó mi abuelo, el capitán irlandés John Byron, a esta tierra". No recordamos cuántas veces nos contó Oscar este naufragio que se entroncaba con la pretendida historia de su sangre. Cada vez que nos lo repetía, a falta de otros naufragios que hubiera visto la víspera, añadía algún nuevo detalle, una pequeña variante, algún capítulo anterior o posterior de la historia de ese capitán que: "...nunca más se había vuelto a embarcar y que había caminado por esta costa hasta el fin de sus días, sus ojos fijos en un horizonte tras el cual habían quedado los suyos, en la lejana Irlanda". Byron explicaba como: "Abuelo se quedó a vivir aquí y se casó con la hija de un estanciero que le dio una hija -mi madre- el mismo día en que murió desangrada sin esperanzas de socorro médico". Cuando nos contaba esta historia, su piel clara y dorada por el sol quedaba perlada de gotas de sudor casi imperceptibles. Era una emoción que parecía venirle de muy adentro, pero en la que ninguno de nosotros quería creer. Ahora que Byron se ha ido de nuestro pueblo costeño, pensamos a veces que fuimos cobardes, porque nadie le dijo nunca en la cara lo que se murmuraba cuando salía del bar, tarde en la noche:
"Su abuelo había llegado a esta tierra desde Irlanda
—sí— pero no como capitán de un barco, sino como pasajero (¿o polizonte?) de un barco carguero, donde iba un grupo de campesinos emigrantes que huían de las hambrunas que azotaban ese país periódicamente". Había llegado de Irlanda
—sí—
pero su destino era un puerto del Atlántico Sur, cuando el barco sufrió una avería y se vio obligado a detenerse en Santos. Del barco se escapó John y las malas lenguas dicen que dejó a bordo a su mujer y dos hijos. Se vino a este pueblo a orillas del mar unos meses después, con una mujer sobre cuyo origen circularían versiones tan diversas como la simpatía o antipatía que inspiraba: había sido vendedora de pescado en La Paloma o había estado acodada en un bar de mala muerte del bajo de Maldonado. En todo caso, aquí fue discreta y dejó que John Byron forjara su propia leyenda. Los más viejos de entre nosotros
—los que lo conocieron—
aseguraban que John no sabía nadar, que le tenía miedo al mar y que nunca se bañó en la playa, ni siquiera cuando hacía calor y hasta las viejas beatas se mojaban los tobillos levantándose las faldas con olvidada picardía. Ni siquiera entonces se lo pudo creer, no. Por eso cuando Oscar rememoraba esas hazañas nadie podía darle crédito. Sin embargo, ahora que se ha ido del pueblo, hay quién recuerda haber visto colgados en los muros de la casa que el viejo John levantó sobre las rocas de la punta Oeste, una brújula, un cuadrante, un reloj de oro y viejos papeles con palabras que ninguno de nosotros podía descifrar.
Ahora que Oscar se ha ido, hay otros que recuerdan que un hombre rubio como el Capitán Byron, venía a veces de otro pueblo a visitarlo y que fumaban juntos en silencio en la terraza, mirando el mar. Y hay hasta quién dice que ese hombre de apariencia más joven, era uno de los oficiales del barco que al parecer naufragó en nuestra costa. Ahora que se ha ido de El Paso, el maestro de la escuela, don Cosme, cuando viene a tomarse una cerveza con nosotros, nos dice que Oscar —como un viejo marinero inglés al que habría cantado un poeta de cuyo nombre no se acordaba— sufría de una terrible agonía que lo obligaba a contar, una y otra vez un naufragio. Aunque finalmente se calmaba sentía unos días después una nueva angustia que le arrebataba el corazón, incendiaba su pecho y le hacía ver en el rostro de cada uno de nosotros, un eco posible a una historia condenada a repetirse sin fin.
El maestro se pregunta ahora si no debió interrumpir por lo menos una vez a Oscar para preguntarle si en algún momento de su vida no había matado un albatros. Ahora que Oscar Byron se ha ido, nos hacemos muchos reproches, pero hay que reconocer que, de todas maneras, sus relatos de naufragios no dejaban nunca trazas en nuestra costa. No había maderas flotando, no había, sobresaliendo entre las olas, mástiles de veleros quebrados, ni cascos de barcos encallados en las arenas de nuestras playas, para probar que su testimonio era cierto.
Sus naufragios no tenían sobrevivientes. No había signos de SOS. escuchados las noches de temporal. Todo se lo engullía el océano. No había otro relato que el suyo, contado con grandes gestos de sus manos nerviosas en el centro de la rueda del bar. ¿Cómo aceptar —entonces— que sus ojos habían traspasado las tinieblas rasgadas por rayos y centellas, para ver cómo se hundían sin dejar ningún rastro sus grandes y pequeños barcos, sus veleros, sus chalupas, sus buques mercantes de banderas desconocidas? A veces —hay que decir la verdad ahora que Byron se ha ido— detrás de su relato llegaba a nuestras playas una débil prueba de lo que había dicho. Recordemos, por ejemplo, cómo una mañana se nos apareció el mar cubierto de esferas blancas, miles de huevos que flotaban y que se depositaron en la orilla con la suavidad de la calma que sigue a la violencia de un temporal de otoño. Recordemos que, tres días antes, Byron nos había contado que un pequeño buque mercante andaba a la deriva frente al cabo que cierra la playa por el Oeste y que para evitar encallar en sus rocas, había visto a la tripulación arrojar parte de la carga por la borda. Recordemos ahora cómo nos reímos entonces a sus espaldas, porque nos parecía que su fantasía había rebasado el margen de credibilidad que otros naufragios necesitaron para ser posibles. Hubiera bastado imaginar que los barcos también pueden transportar huevos de un país a otro para creer que lo que sucedió frente a nuestra costa pudo haber sido cierto. Se hubiera podido, sin mucho esfuerzo, haber creído a Byron cuando aún estaba entre nosotros. Porque pescadores y contrabandistas sabemos que en esta costa naufragan muchos barcos, más allá de los límites de nuestra aldea. Lo leemos a veces en los periódicos que llegan por casualidad, lo escuchamos en la radio y sabemos que en invierno hay pueblos enteros que ven, dominados por la impotencia, como se debaten en el centro de tempestades barcos que se hunden con estrépito frente a sus ojos.
Sabemos también cómo en las madrugadas solitarias que siguen a esos temporales, muchos habitantes de esos pueblos se aventuran en los barcos semihundidos para descender maletas y baúles, arrancar linternas, maderas de puertas y balaustradas, llevarse ollas, vajillas, cubiertos y las mantas y sábanas empapadas de camarotes desolados.
Sabemos que los barcos son saqueados en los días que siguen y despojados de todo bronce o hierro, antes que el óxido llegue.
Sabemos que esos saqueos duran varios meses y que el tiempo se encarga de lo demás. En unos años, esos barcos de colores vivos y pabellones diversos quedan reducidos apenas a un casco, donde es imposible reconstruir con la imaginación el impecable trazado de la proa original.
Y sabemos, finalmente, que el naufragio que fue titular de primera página en un periódico de la capital, es ahora solamente una cruz en un mapa, cuyo significado sólo recuerda un memorioso, parte de un paisaje que no puede imaginarse sin sus despojos; nada más. Más allá de nuestro pueblo pasan estas catástrofes que merecen la atención, pero aquí no podía ser posible mientras vivía entre nosotros Byron. Este descendiente de irlandés con aire de rubio solitario y mentiroso, no podía ser el único capaz de descubrir un naufragio entre dos relámpagos y una tempestad.

