Algunas páginas de mi libro favorito de Flaubert
Ajenjo.- Veneno super-violento: un vaso y perecéis. Los periodistas lo
beben mientras escriben sus artículos. Mató más soldados que los
beduinos.
Ajo.- Mata las lombrices intestinales y predispone a las luchas
amorosas. Con él fueron frotados los labios de Enrique IV en el
momento de venir al mundo.
Alabastro.- Sirve para describir las partes más hermosas del cuerpo de
la mujer.
Albarda.- En Suiza todos los hombres llevan albardas.
Albion.- Siempre precedida de blanca, pérfida, positiva. Faltó bien
poco para que Napoleón la conquistara. Elogiarla: la libre Inglaterra.
Alcalde de la aldea.- Siempre ridículo. Se considera insultado cuando se
lo llama empleado municipal.
Alcibíades.- Célebre debido a la a la cola de su perro. Tipo de libertino.
Frecuentaba a Aspasia.
Alcoba.- En un viejo castillo: Enrique IV siempre pasó una noche en
ella.
Alcoholismo.- Causa de todas las enfermedades modernas. (V. ajenjo y
tabaco)
Alegría.- La madre de los juegos y de las sonrisas. No se debe hablar
de sus hijas. Siempre acompañada de loca.
Alemanes.- Pueblo de soñadores (obsoleto). No es sorprendente que
nos hayan derrotado: ¡no estábamos preparados!
Alemania.- Siempre precedida de rubia, soñadora... Pero, ¡qué
organización militar!
Algodón.- Es útil especialmente para los oídos.
Aliento.- Tener un aliento fuerte otorga distinción. Evitar las alusiones
sobre las moscas y afirmar que proviene del estómago.
Alimento.- Siempre sano y abundante en los colegios.
Almejas.- Siempre indigestas.
Almirante.- Siempre valiente.
Almohada.- No usarla nunca, porque hace que uno se vuelva jorobado.
Almuerzo de solteros. Requiere ostras, vino blanco y cuentos verdes)
Ambición.- Siempre precedida de loca, cuando no es noble.
Ambicioso.- En provincias, todo hombre que hace hablar de sí mismo.
"¡Yo no soy ambicioso!", quiere decir egoísta o incapaz.
América.- Buen ejemplo de injusticia. Colón la descubrió y se la llama
así a causa de Américo Vespucio. Sin el descubrimiento de América no
habríamos tenido la sífilis ni la filoxera. Exaltarla, a pesar de todo,
especialmente cuando no se la conoce. Recitar un monólogo sobre el
self-government.
sábado, 10 de enero de 2009
Diccionario de Flaubert
viernes, 9 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
Las once mil vergas (XXXVIII)
Mientras tanto, el general Munin había hecho entrar a un muchachito chino, muy lindo y atemorizado.
Sus ojos oblicuos vueltos hacia la pareja que hacía el amor no paraban de parpadear.
El general le desnudó y le chupó su colita que apenas alcanzaba el tamaño de una azufaifa.
A continuación lo giró y le dio una azotaina en su culito flaco y amarillo. Cogió su enorme sable y se lo colocó cerca.
Luego enculó al muchachito, que debía conocer esta manera de civilizar Manchuria, pues meneaba su cuerpecito de esponja china de forma muy experimentada.
El general decía:
–Goza mucho, mi Haidyn, yo también estoy gozando.
Y su verga salía casi por entero del cuerpo del chinito para volver a entrar inmediatamente. Cuando llegó al límite de sus goces, tomó el sable y, con los dientes apretados, sin dejar de culear, le cortó la cabeza al chinito cuyos últimos espasmos le llevaron al paroxismo, mientras la sangre brotaba del cuello como el agua de una fuente.
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Después de eso el general desenculó y se limpió la cola con su pañuelo. Luego limpió su sable y, agarrando la cabeza del pequeño decapitado, la enseñó a Mony y a Haidyn que ya habían cambiado de posición.
La circasiana cabalgaba con rabia sobre Mony. Sus pechos bailoteaban y su culo se alzaba frenéticamente. Las manos de Mony palpaban esas grandes y maravillosas nalgas.
–Mirad como sonríe amablemente el chinito –dijo el general.
La cabeza mostraba una horrible mueca, pero su aspecto redobló la rabia erótica de los dos fornicadores que culearon con muchísimo más ardor.
El general soltó la cabeza, luego, tomando a su mujer por las caderas, le introdujo su miembro en el culo. El goce de Mony aumentó. Las dos vergas, separadas apenas por un estrecho tabique, chocaban de frente aumentando los goces de la joven que mordía a Mony y se ondulaba como una víbora. La triple descarga tuvo lugar simultáneamente.
El trío se separó y el general, tan pronto se puso en pie, blandió su sable gritando:
–Ahora, príncipe Vibescu, debéis morir, ¡habéis visto demasiado!
Pero Mony le desarmó sin ninguna dificultad.
A continuación le ató de pies y manos y le acostó en un rincón del furgón, junto al cadáver del chinito. Luego, continuó hasta la mañana sus deleitosas fornicaciones con la generala. Cuando la dejó, estaba fatigada y dormida. El general también dormía, atado de pies y manos.
Mony fue a la tienda de Fedor: allí también se había copulado durante toda la noche. Alexine, Culculine, Fedor y Cornaboeux dormían desnudos y en confusión sobre-unos mantos. El semen se pegaba a los pelos de las mujeres y los miembros de los hombres pendían lamentablemente.
Mony les dejó dormir y empezó a errar por el campamento. Se esperaba un próximo combate con los japoneses. Los soldados se equipaban o comían. Los de caballería cuidaban a sus caballos. Un cosaco que tenía frío en las manos se las calentaba en el coño de su yegua. La bestia relinchaba dulcemente; de golpe, el cosaco, enardecido, subió a una silla colocada detrás de su bestia y sacando una enorme verga larga como un asta de lanza, la hizo penetrar con gran delicia en la vulva animal que segregaba un jugo caballar muy afrodisíaco, pues el bruto humano descargó tres veces con grandes movimientos de culo antes de desencoñar.
Un oficial que se dio cuenta de este acto bestial se aproximó al soldado con Mony. Le reprochó vivamente el haberse dejado arrastrar por la pasión:
–Amigo mío –le dijo–, la masturbación es una virtud militar.
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Uno, trino y plural
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Etiquetas: Las once mil vergas, literatura

