Dando tumbos se marchare
la alondra que en fasto día
cruzara tierras y mares
para ultimar mi agonía.
Aguardando mis azares,
postrado hoy todavía,
ruego por algún Heracles
docto en ornitología.
Aunque perpetrara el fraude
y el hurto más grosero,
es desmedido mi escalde.
No consta en ningún fuero
que lo merezca por darle
a un transeúnte fuego.
jueves, 22 de abril de 2010
Puedo prometer y prometeo
viernes, 28 de diciembre de 2007
Prometeo XVIII
No hubo temblor. Ni se partía el cielo.
De pronto salió el sol por la copa del Árbol.
Pudo verse un instante que el Árbol era un hombre
y que la concurrencia sólo eran sus ideas,
porque no había nadie en la montaña
sino las últimas estrellas
y el aire era una inmensa pesadilla.
Gonzalo Rojas.
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Etiquetas: literatura, poesía, Prometeo
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Prometeo XVII
PROMETEO LIBERTADO
Tú bajaste, entre todas las ráfagas del cielo:
al modo de un espíritu o de un pensar, que agolpa
inesperadas lágrimas en ojos insensibles,
o como los latidos de un corazón amargo
que debiera tener ya la paz, descendiste
en cuna de borrascas; así tú despertabas,
Primavera, ¡oh, nacida de mil vientos! Tan súbita
te llegas, como alguna memoria de un ensueño
que se ha tornado triste, pues fué dulce algún día,
y como el genio o como el júbilo que eleva
de la tierra, vistiendo con las doradas nubes
el yermo de la vida.
La estación llegó ya, y el día: esta es la hora;
has de venirte cuando sale el sol, dulce hermana:
¡llega, al fin, deseada tanto tiempo, y remisa!
¡Qué lentos, cual gusanos de muerte los instantes!
El punto e una estrella blanca aun tiembla, en lo hondo
de esa luz amarilla del día que se agranda
tras montañas de púrpura: a través de una sima
de la niebla que el viento divide, el lago oscuro
la refleja; se apaga; ya vuelve a rutilar
al desvaírse el agua, mientras hebras ardientes
de las tejidas nubes arranca el aire pálido:
¡se pierde! Y en los picos de nieve, como nubes,
la luz del sol, rosada, ya tiembla. ¿No se oye
la eólica música de sus plumas, de un verde
marino, abanicando al alba carmesí?...
Percy Bysshe Shelley, versión deMàrie Montand.
domingo, 16 de diciembre de 2007
Prometeo XVI
El mito de Prometeo
En la mitología griega, la figura de Prometeo está íntimamente ligada a la humanidad. Desafiando al dios supremo, el celestial Zeus, Prometeo intenta favorecer a los hombres entregándoles el fuego -robado a los dioses-; elemento esencial no sólo en el sentido material (como punto de partida fundamental para avances ulteriores en el desarrollo de la civilización) sino también en el orden espiritual, pues el fuego es el símbolo de la vida, de la energía, de la inteligencia que mueve a los humanos.
En suma, el fuego representa la sustancia divina en el hombre, que lo diferencia del resto de los animales y lo acerca a los dioses. Este don otorgado por Prometeo a la humanidad tendrá, sin embargo, consecuencias no de del todo felices. Para poder apreciar el significado de este mito es preciso que nos adentremos en los hechos.
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Prometeo es un titán, es decir, uno de los antiguos dioses descendientes de Urano (el Cielo) y Gea (la Tierra) que dominaron el mundo bajo el liderazgo de Cronos (o Saturno) en épocas primigenias, antes de ser desplazados por los dioses olímpicos liderados por Zeus, hijo de Crono y Rea. Se suele definir a los titanes como divinidades menores en comparación con los olímpicos y como seres primordiales, violentos, caóticos. En principio eran 6 varones y 6 mujeres, siendo Cronos el principal de ellos. Cronos, extremo símbolo de la ambición de poder, había destronado y castigado con una hoz a su padre Urano. Temiendo que sus hijos pudieran hacer lo mismo con él, los devoraba apenas nacidos. Su mujer/hermana Rea, no obstante, se las ingenió para esconder a uno de ellos, Zeus. En lugar de entregarle este hijo Rea envuelve una piedra entre pañales haciéndola pasar por Zeus y esconde a éste en la isla de Creta.
Más tarde, Zeus derroca a su padre e instaura el dominio de los dioses olímpicos, sus descendientes.
Los titanes no terminan de aceptar la nueva situación y se rebelan, librándose la famosa Gigantomaquía o Guerra de los Titanes contra los nuevos dioses. Según el poeta Hesíodo, Zeus y los suyos derrotan a los titanes gracias a la ayuda de los Hecatonquinos o Centimanos, seres primordiales semejantes a los titanes. Como castigo, estos últimos son condenados por Zeus a vivir en el tenebroso Tártaro.
Se suele interpretar la lucha entre los titanes y los dioses olímpicos en un sentido evemerístico como el conflicto entre las antiguas divinidades de los pueblos aborígenes de Grecia (los pelasgos) y las de los invasores indoeuropeos. El triunfo de los olímpicos simbolizaría, así, la victoria de los últimos.
Por otra parte, la figura del titán como entidad violenta, de fuerza excepcional, caótica, taimada, ha sido asociada a las fuerzas hostiles de la naturaleza que recorren bajo el aspecto de gigantes u ogros diversas mitologías y leyendas populares. Suelen residir en sitios de difícil acceso (mares, montañas, etc) desde donde desatan tempestades.
Además, su rebelión contra los nuevos dioses y el intento de escalar el Olimpo para desalojarlos puede interpretarse como la insubordinación de lo inferior contra lo superior, del caos contra el orden, de la desmesura contra la justa medida y la armonía.
Retornando específicamente a Prometeo, cabe aclarar que era el más inteligente de los titanes, no participando -debido a su prudencia- en la rebelión d
e sus pares más antiguos. Era hijo del titán Yápeto y de la oceánida Clímene. Por su inteligencia, prudencia y carácter benefactor es adoptado por los olímpicos. Sin embargo, sigue latiendo en él un espíritu rebelde típico de los titanes, transmitiendo ese rasgo al hombre.
Cierta versión narra que no fueron los olímpicos quienes crearon al hombre sino Prometeo a partir del barro. Para animarle, como ya adelantamos, robó el fuego divino. Este desafió a los dioses le costó caro y también a la humanidad. En castigo Zeus encadenó a Prometeo en una montaña del Cáucaso donde diariamente un buitre o águila le devoraba el hígado, que luego volvía a crecerle. En esa situación permaneció hasta que Hércules (o Herakles) le liberó con el consentimiento de Zeus, quien combinaba en su ser la venganza y la compasión. Para que no olvidara su castigo, Zeus convirtió la argolla a la cual Prometeo estaba fijado en la montaña en un anillo que siempre debería portar el titán. Era la marca de su sujeción.
Más tremendo y perdurable fue el castigo recibido por la humanidad. Al igual que en la tradición judeo-cristiana, es la mujer quien aparace, en carácter de instrumento, asociada a la degradación del género humano. La Eva de la mitología griega se llama Pandora.
Pandora fue creada por el artesano divino Hefestos por orden de Zeus para ser enviada a los hombres en carácter de condena. Hefesto la modeló con arcilla y lágrimas (símbolo del dolor y la melancolía que transmitió a los hombres). Para tornarla atractiva cada divinidad le otorgó un don, de ahí su nombre Pandora ("todos los dones"). Una vez concluida fue enviada a la Tierra junto a un jarro cerrado o caja que contenía todos los males del mundo o, según otra versión, todos los bienes. Los dioses la ofrecieron como esposa al titán Epimeteo, hermano y contrapartida de Prometeo. Otra historia indica que fue ofrecida primero a Prometeo, quien adivinando el ardir de los dioses la rechazó. El significado de Prometeo es previsor, el que anticipa los hechos en base a su conocimiento y experiencia, el que primero y después actúa. Epimeteo, en cambio, significa lo opuesto : el que actúa impulsivamente, el necio, el que primero obra y luego recién piensa acerca de lo realizado.
Epimeteo toma a la bella Pandora como esposa a pesar de las advertencias de su hermano. Movida por la curiosidad ella destapa el recipiente que contenía todos los males o todos los bienes, esparciéndose los primeros por la tierra y desapareciendo los otros. Sólo permanece en el fondo de la caja de Pandora, al ser cerrada a tiempo, la esperanza, el único consuelo que les queda así a los hombres.
Otra versión indica que no fue Pandora sino Epimeteo quien destapó el recipiente, lo cual no incide mayormente en cuanto a las consecuencias.
Consideramos pertinente efectuar algunas reflexiones para concluir con esta nota. Decíamos que el carácter compasivo de Zeus había liberado a Prometeo de la condena que antes le había impuesto. Lo mismo podría decirse en cuanto a lo sucedido con el hombre, pues primero Zeus lo castiga y luego atenúa esa condena con la esperanza, especie de bálsamo o adormidera frente a los dolores que se derramaron a lo largo y ancho del orbe. Aunque también podría considerarse que la esperanza en ocasiones constituye una tortura, una prolongación de la agonía, como lo señala Eduardo de Guzmán en su libro testimonial sobre la Guerra Civil Española titulado "La muerte de la esperanza".
Por otra parte, la condena divina por el hurto del fuego (también podría hacerse una analogía con la tradición bíblica relativa a a la manzana de la sabiduría vedada por Dios al hombre) puede representar la desaprobación de la divinidad (tanto entendida a la manera antropomórfica como en tanto leyes cósmicas) hacia la apropiación por parte del hombre de bienes o técnicas para los cuales no está capacitado espiritualmente. La divinidad columbra el uso negativo que la especie humana hará de tales poderes y trata de impedir esa apropiación o la castiga en caso de que se haya producido.
Universidad Nacional de Rosario, Argentina
viernes, 14 de diciembre de 2007
Prometeo XV
En el barro esculpí a la Humanidad
Dándole al primer hombre su existencia,
Y logré asegurar su preeminencia
En un mundo de fiera hostilidad.
Rompí las reglas por necesidad
(todo es común en caso de emergencia),
y acepté, aún siendo injusta, la sentencia
que hirió mi cuerpo, no mi dignidad.
Prendí mi antorcha en el sagrado fuego
Del sol, y se lo traje a los mortales
Pagando mi bondad con mi agonía.
Quizá quebré las leyes, no lo niego;
Pero fue por seguir los ideales
Del corazón, no de la letra fría.
Los Angeles , 24 de Agosto de 1997
Francisco Álvarez Hidalgo
Prometeo XIV
El complejo de Prometeo
En el psicoanálisis, el mito de Prometeo se considera relacionado con la metáfora de la contribución al conocimiento de los hombres. Los psicoanalistas hablan del «complejo de Prometeo», una perpetua búsqueda del conocimiento, y admiten que también se trata del complejo de Edipo de la vida intelectual.
En el llamado “Apéndice de Perotti” se recoge una fábula de Fedro (15 a.C. – 55 d.C.) titulada “De la verdad y la mentira”:
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Antiguamente, Prometeo, modelador de una nueva generación,
con sutil esmero dio forma a la Verdad
para que pudiera administrar justicia entre los hombres.
Llamado de pronto por el mensajero del gran Júpiter,
confió su taller al falaz Engaño,
al cual había admitido recientemente como aprendiz.
Entusiasmado éste con su trabajo, con el tiempo que dispuso
modeló con sus hábiles manos una estatua de igual rostro,
de las mismas proporciones y semejante a la otra en todos sus
miembros.
Cuando ya casi la tenía perfectamente terminada, le faltó barro
para hacer los pies.
Volvió el maestro; el Engaño, turbado por el miedo,
se sentó rápidamente en su sitio.Admirado por tan gran similitud, Prometeo
quiso que se viera la superioridad de su propia obra.
Así pues introdujo las dos estatuas a un mismo tiempo en el
horno.
Una vez completamente cocidas e infundido en ellas el soplo de la
vida,
la sagrada Verdad avanzó con paso sosegado;
por el contrario, la figura mutilada quedó clavada en el sitio.
Por eso la falsa imagen, que era el producto de una obra furtiva,
recibió el nombre de Mentira.
Estoy de acuerdo con los que dicen que no tiene pies.
Prometeo
En la mitología griega, Prometeo (en griego antiguo Προμηθεύς, ‘previsión’, ‘prospección’) es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses en el tallo de una cañaheja y darlo a los humanos para su uso y castigado por este motivo.
Como introductor del fuego e inventor del sacrificio, Prometeo es considerado el protector de la civilización humana. Fuentes inciertas afirman que fue adorado en la Antigua Roma.
En Atenas Prometeo tenía un altar en la Academia de Platón (Pausanias i.30§2), desde donde partía una carrera de antorchas celebrada en su honor por la ciudad, en la que ganaba el primero que alcanzaba la meta con la antorcha encendida.
Prometeo era un hijo de Jápeto y la oceánide Clímene. Era hermano de Atlas, Epimeteo y Menecio, a los que superaba en astucia y engaños. No tenía miedo alguno a los dioses, y ridiculizó a Zeus y su poca perspicacia. Sin embargo, Esquilo afirmaba en su Prometeo encadenado que era hijo de Gea o Temis.
Prometeo fue un gran benefactor de la humanidad. Urdió un primer engaño contra Zeus al realizar el sacrificio de un gran buey que dividió a continuación en dos partes: en una de ellas puso la piel, la carne y las vísceras, que ocultó en el vientre del buey y en la otra puso los huesos pero los cubrió de apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses. Zeus eligió la capa de grasa y se llenó de cólera cuando vio que en realidad había escogido los huesos. Desde entonces los hombres queman en los sacrificios los huesos para ofrecerlos a los dioses pero la carne se la comen.
Indignado por este engaño, Zeus privó a los hombres del fuego pero Prometeo decidió robarlo así que trepó el monte Olimpo y lo cogió del carro de Helios (en la mitología posterior, Apolo) o de la forja de Hefesto y lo consiguió devolver a los hombres en el tallo de una cañaheja, que arde lentamente y resulta muy apropiado para este fin. De esta forma la humanidad pudo calentarse.
En otras versiones (notablemente, el Protágoras de Platón), Prometeo robaba las artes de Hefesto y Atenea, llevándose también el fuego porque sin él no servían para nada, y proporcionando de esta forma al hombre los medios con los que ganarse la vida.
Para vengarse por esta segunda ofensa, Zeus ordenó a Hefesto que hiciese una mujer de arcilla llamada Pandora. Zeus le infundió vida y la envió por medio de Hermes a Epimeteo , el hermano de Prometeo, junto a la jarra que contenía todas las desgracias (plagas, dolor, pobreza, crimen, etcétera) con las que Zeus quería castigar a la humanidad. Epimeteo se casó con ella a pesar de las advertencias de su hermano para que no aceptase ningún regalo de los dioses. Pandora terminaría abriendo la jarra.
Tras vengarse así de la humanidad, Zeus se vengó también de Prometeo, e hizo que le llevaran al Cáucaso, donde fue encadenado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos. Zeus envió un águila (hija de los monstruos Tifón y Equidna) para que se comiera el hígado de Prometeo. Siendo éste inmortal, su hígado volvía a crecerle cada día, y el águila volvía a comérselo cada noche. Este castigo había de durar para siempre, pero Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y le liberó disparándole una flecha al águila. Esta vez no le importó a Zeus que Prometeo evitase de nuevo su castigo, al proporcionar la liberación más gloria a Heracles, que era hijo de Zeus. Prometeo fue así liberado, aunque debía llevar con él un anillo unido a un trozo de la roca a la que fue encadenado.
Agradecido, Prometeo reveló a Heracles el modo de obtener las manzanas de las Hespérides.
En otra versión sin embargo Prometeo fue liberado por Hefesto tras revelar a Zeus el destino de que si tenía un hijo con la nereida Tetis, este hijo llegaría a ser más poderoso que él.
También en otras versiones, Prometeo fue el creador de los hombres, modelándolos con barro.
Fue padre de Deucalión con Celeno.
jueves, 13 de diciembre de 2007
Prometeo XIII
http://www.goear.com/listen.php?v=9021d78
Prometeo, Extremoduro
No me levanto ni me acuesto día
que malvado cien veces no haya sido
no me entretengo estoy en lucha entodabia
hoy voy ganando, ayer perdí
Me regaló una herida cierra de noche abre de día
no sufras Prometeo me dice siempre que la veo
me revuelvo por el suelo y me revienta la polla
de pensar en ti
me desangraré por tu jardín
Ronca de madrugada y nunca me dice no que a nada
yo la miro desde lejos, no me masturbo que hago ruido
No me levanto ni me acuesto día
que malvado cien veces no haya sido
no me entretengo estoy en lucha entodabia
hoy voy ganando, ayer perdí
Detrás de tu ventana te has quedado con las ganas
beso de contrabando y al final como una estera
me revuelvo por el suelo y me revienta la polla
de pensar en ti
me desangraré por tu jardín. 
Prometeo XII
PROMETEO
Su nombre significa "el previsor". Sin duda fue el Titán más benefactor de la humanidad. Robó a Zeus el fuego de los dioses para regalarlo y distribuirlo a los hombres. Aquí el fuego no es un elemento meramente físico, sino que tras él subyace todo el símbolo de la inteligencia y del progreso(el fuego permite cocinar los alimentos, fundir los metales, cocer el barro de las vasijas en los alfares entre otras cosas). No es de extrañar por tanto que Prometeo fuera el patrono de las artes en el barrio ateniense del Cerámico. Tras el robo del fuego, que por sobretodo simboliza la sabiduría, la inteligencia pura, Zeus quiere castigar espectacularmente a Prometeo por lo que decide encadenarlo en las montañas del Cáucaso, donde un águila roerá a diario el hígado del Titán(hígado que se regenerará en la misma proporción por las noches) hasta que Heracles finalmente lo libere. Para castigar a los hombres, Zeus maquina crear a la primera mujer, Pandora, una suerte de Eva de la mitología griega.
Prometeo es el protagonista de tres obras o de una trilogía de Esquilo de la cual sólo una ha llegado hasta nuestras manos: "Prometeo Encadenado".
Extraído de un Diccionario de Mitología Clásica
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Prometeo XI
ATLANTE Y PROMETEO
a. Prometeo, el creador de la humanidad, a quien algunos incluyen
entre los siete Titanes, era hijo o bien del titán Eurimedonte, o
bien de Jápeto con la ninfa Clímene; sus hermanos eran Epimeteo,
Atlante y Menecio*197.
las profundidades del mar; gobernaba en un reino con una
costa escarpada, mayor que Asia y África juntas. Esta tierra llamada
Atlántida se hallaba más allá de las Columnas de Heracles y
una cadena de islas productoras de frutos la separaba de un continente
más lejano no relacionado con los nuestros. Los habitantes
de Atlántida canalizaban y cultivaban una enorme llanura central,
alimentada con el agua de las colinas que la rodeaban por completo
excepto en una brecha frente al mar. También construían
palacios y baños, hipódromos, grandes obras portuarias y templos,
y hacían la guerra no sólo hacia el oeste hasta el otro continente,
sino también hacia el este hasta Egipto e Italia. Los egipcios dicen
que Atlánte era hijo de Posidón, cuyos cinco pares de mellizos
varones juraron fidelidad a su hermano mediante la sangre de un
toro sacrificado en lo alto de la columna, y que al principio eran
muy virtuosos y llevaban con buen ánimo la carga de su gran riqueza
en oro y plata. Pero un día fueron presa de la codicia y la
crueldad y, con permiso de Zeus, los atenienses los vencieron sin
ayuda y destruyeron su poder. Al mismo tiempo los dioses enviaron
un diluvio que en un día y una noche sumergió a toda la
Atlántida, de modo que las obras portuarias y los templos quedaron
enterrados bajo un desierto de barro y el mar se hizo innavegable*198.
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los Titanes en su guerra desafortunada contra los dioses olímpicos.
Zeus mató a Menecio con un rayo y lo envió al Tártaro, pero
perdonó a Atlante, a quien condenó a soportar el Cielo so
bre susespaldas durante toda la eternidad*199.
d. Atlante era padre de las Pléyades, las Híades y las Hespérides
y ha sostenido el Cielo desde entonces, salvo en una ocasión,
cuando Heracles le sustituyó temporalmente en esa tarea. Algunos
dicen que Perseo petrificó a Atlante convirtiéndolo en el monte
Atlas mostrándole la cabeza de la Gorgona, pero olvidan que Perseo
era, según la opinión común, un antepasado lejano de Heracles*200.
de la rebelión contra Crono por lo que prefirió luchar del lado
de Zeus, y persuadió a Epimeteo para que hiciera lo mismo.
Era, en verdad, el más sabio de su raza, y Atenea, a cuyo nacimiento
de la cabeza de Zeus había asistido, le enseñó la arquitectura,
la astronomía, las matemáticas, la navegación, la medicina,
la metalurgia y otras artes útiles, que él transmitió a la humanidad.
Pero Zeus, que había decidido extirpar a toda la raza humana, y
sólo la perdonó gracias a la súplica apremiante de Prometeo, estaba
irritado por sus crecientes facultades y aptitudes*201.
f. Un día se produjo en Sición una disputa sobre qué partes de
un toro sacrificado se debían ofrecer a los dioses y cuáles se debían
reservar a los hombres, y se invitó a Prometeo a actuar como
arbitro. Él desolló y descuartizó un toro y luego cosió su piel y
formó con ella dos sacos de boca ancha que llenó con lo que había
cortado. Un saco contenía toda la carne, pero ésta la ocultó bajo el
estómago, que es la parte menos apetecible de cualquier animal;
el otro contenía los huesos, ocultos bajo una espesa capa de grasa.
Cuando ofreció a Zeus los dos sacos para que eligiera, Zeus, fácilmente
(que siguen siendo la porción divina), pero castigó a Prometeo,
que se reía de él a sus espaldas, privando a los hombres del fuego.
«¡Que coman las carne cruda!», exclamó*202.
g. Prometeo fue inmediatamente a ver a Atenea y le pidió que
lo dejara entrar secretamente en el Olimpo, cosa que ella le concedió.
Una vez allí, encendió una antorcha en el carro ígneo del
Sol y luego arrancó de éste un fragmento de carbón vegetal incandescente
que metió en el hueco formado por la médula de una
cañaheja. Luego apagó la antorcha, salió a hurtadillas y entregó el
fuego a la humanidad*203.
h. Zeus juró vengarse. Ordenó a Hefesto que hiciera una mujer
de arcilla, a los cuatro Vientos que le insuflaran la vida y a todas
las diosas del Olimpo que la adornaran. Y envió a esa mujer, Pandora,
la más bella jamás creada, como regalo a Epimeteo, bajo la
custodia de Hermes. Pero Epimeteo, a quien su hermano advirtió
que. no debía aceptar el resalo de Zeus, se excusó respetuosamente.
Más enfurecido aún que antes, Zeus hizo encadenar a
Prometeo desnudo a una columna de las montañas del Caucase,
donde un buitre voraz le desgarraba el hígado durante todo el día
un año tras otro; el tormento no tenía fin, porque cada noche (durante
la cual Prometeo estaba expuesto al frío y la escarcha) el hígado
volvía a crecer hasta estar nuevamente entero.
i. Pero Zeus, poco dispuesto a confesar que se había mostrado
vengativo, excusaba su crueldad haciendo circular una falsedad:
decía que Atenea había invitado a Prometeo al Olimpo para tener
con él un amorío secreto.
j. Epimeteo, alarmado por la suerte de su hermano, se apresuró
a casarse con Pandora, a la que Zeus había hecho tan tonta, malévola
y perezosa como bella, la primera de una larga casta de mujeres
como ella. Poco tiempo después abrió una caja que según le
había advenido Prometeo a Epimeteo, debía mantener cerrada, y
en la cual le había costado gran trabajo encerrar todos los Males
que podían infestar a la humanidad, como la Vejez, la Fatiga, la
Enfermedad, la Locura, el Vicio y la Pasión. Todos ellos salieron
de la caja en forma de una nube, hirieron a Epimeteo y Pandora
en todas las partes de sus cuerpos y luego atacaron a la raza de los
mortales. Sin embargo, la Esperanza Engañosa, a la que también
había encerrado Prometeo en la caja, les disuadió con sus mentiras
de que cometieran un suicidio general*204.
*197 Eustacio: Sobre Homero p.987; Hesíodo: Teogonía 507 y ss.; Apolodoro: i.2.3.
*200 Diodoro Sículo: iv.27; Apolodoro: ii.5.11; Ovidio: Metamorfosis iv.630.
*201 Esquilo: Prometeo encadenado 218, 252, 445 y ss., 478 y ss. y 228-36.
Cáucaso 3.
*203 Servio sobre las Églogas de Virgilio vi .42.
de Rodas ii.1249.
martes, 11 de diciembre de 2007
Prometeo X-VII
VII
¡Arriba, pensadores! que en la lucha
se templa y fortalece
vuestra raza inmortal, nunca domada,
que lleva por celeste distintivo
la chispa de la audacia en la mirada
y anhelos infinitos en el alma;
en cuya frente altiva
se confunden y enlazan
el laurel rumoroso de la gloria
y del dolor la mustia siempreviva!
¡Arriba, pensadores!
¡Que el espíritu humano sale ileso
del cadalso y la hoguera!
Vuestro heraldo triunfal es el progreso
y la verdad la suspirada meta
de vuestro afán gigante.
¡Arriba! que ya asoma el claro día
en que el error y el fanatismo expiren
con doliente y confuso clamoreo!
Ave de esa alborada es el poeta,
hermano de las águilas del Cáucaso,
que secaron piadosas con sus alas
la ensangrentada faz de Prometeo!
Olegario Víctor Andrade,Prometeo
Y aquí termina el Poema en cuestión, pero tranquilos que ya tengo algunas cosillas más.
Prometeo X-VI
VI
¿Qué es aquello que cruza
con planta soberana,
sembrando mundo y encendiendo estrellas
por la extensión callada?
Si se posa en la cumbre,
la cumbre se despierta sonrosada,
como el ósculo tibio de la aurora
despierta enrojecida la mañana;
si baja a la pradera,
dormida en brazos de la niebla fría,
la pradera galana
con su velo de novia se atavía,
y al rumor misterioso de su huella
se ciñe el viejo bosque
su corona bella;
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si el mar desciende -que la espalda encorva
como esclavo sumiso
para besar su turbulenta planta-,
el mar abre su seno
y el más sublime de sus himnos canta:
el himno con que arrulla
el sueño de los negros promontorios,
centinelas inmóviles del mundo,
y le enseña, latiendo en sus entrañas,
de las faunas y floras venideras,
el légamo fecundo.
Las tenebrosas puertas del pasado
rechinan a su empuje omnipotente,
y se alzan en tropel a su presencia,
desde el fondo del caos petrificado,
las formas y las razas extinguidas
en cuya adusta frente,
el ojo de la ciencia deletrea
el verdadero Génesis del mundo,
que la leyenda bíblica falsea!
Todo a su paso vive, alienta, brota:
el mar, el monte, la desierta esfera;
y a su soplo creador todo se expande,
palpita y reverbera.
Levanta el polo mudo,
como un arco triunfal para que pase,
sus montañas de hielo,
y enciende presuroso
sus gigantescas lámparas el Ande
para alumbrarle el tránsito del cielo!
El es soberano, el heredero
del cetro de la tierra,
por su inmenso poder transfigurada!
No hay piélago ni abismo
que no rasque su seno a su mirada.
El guerrero inmortal que en cruda guerra
destronó el paganismo
y rompió las cadenas que arrastraba
la pobre humanidad esclavizada.
Es la chispa divina
encendida en las bóvedas oscuras
de la conciencia humana,
que todo lo ilumina;
el signo de una raza de titanes
destinada a la lucha y al martirio:
"¡la raza prometeana!"
En la cruz, en la hoguera,
en el árido islote, en el desierto,
en el claustro sombrío, dondequiera
vierte su sangre a amares
que los helados páramos caldea,
su sangre, que los cauces seculares
de la historia, desata
las corrientes eternas de la idea!
Hermanos son en el dolor, y hermanos
en la fe y en la gloria
cuantos despejan la futura ruta
con la luz inmortal del pensamiento.
Ya mueran en el Gólgota, ya apuren
de Sócrates severo
la rebosante copa de cicuta,
ya nuevo Prometeo,
al torvo fanatismo desafíe
sobre Roma, montaña de la historia,
el viejo Galileo!
Olegario Víctor Andrade,Prometeo
Prometeo X-V
V
¡Ya el gigante está en pie! ya la montaña,
ara de su martirio,
que empapó con la sangre de su entraña
y aturdió en la embriaguez de su delirio;
la montaña, testigo dolorido
de su tremenda historia,
es su negro caballo de pelea:
¡el pedestal soberbio de su gloria!
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¿Qué ve en la inmensidad desconocida
que su impaciencia calma,
y otra vez avasalla
con cadenas de asombros a su alma?
Ve alzarse en el confín del horizonte,
del espacio en los ámbitos profundos
sobre la excelsa cúspide de un monte
que se estremece inquieta,
y en medio del espanto de los mundos,
de una cruz la fantástica silueta!
"¡Al fin puedo morir! grita el gigante
con sublime ademán y voz de trueno.
Aquella es la bandera de combate,
que en el aire sereno,
o al soplo de pujantes tempestades
va a desplegar el pensamiento humano
teñida con al sangre de otro mártir,
-Prometeo, cristiano-,
para expulsar del orgulloso Olimpo
las caducas deidades!
"Es un nuevo planeta, que aparece
tras los montes salvajes de Judea,
para alumbrar un ancho derrotero
a la conciencia humana.
El germen fulgurante de la idea,
que arrebaté al Olimpo despiadado:
la encarnación gigante de mi raza,
"¡la raza prometeana!"
"¡Al fin puedo morir! Hijo de Urano,
llevo sangre de dioses en las venas,
sangre que al fin se hiela!
Aquel que me sucede, hijo del hombre,
lleva el fuego sagrado
que eternamente riela,
ya lo azoten los siglos con sus alas
o el viento furibundo,
el fuego del espíritu, heredero
del imperio del mundo."
Dijo, y cayó como la vieja encina
que troncha el leñador con golpe rudo.
La montaña tembló; y el negro Ponto
se enderezó, sañudo,
para asistir a su hora postrimera,
y las gentiles hijas del Océano
bajaron presurosas
y en torno a su cadáver encendieron
de perfumadas leñas una hoguera!
Olegario Víctor Andrade,Prometeo
lunes, 10 de diciembre de 2007
Prometeo X-IV
IV
Una tarde... ya el sol desfallecía,
como herido impotente,
en los brazos oscuros
del enorme fantasma de Occidente,
cuando sintió temblar la dura roca
en que apoyó tres siglos la cabeza,
y oyó en los aires algo,
como un tropel de fieras
retozando del bosque en la maleza.
Inquieto y tembloroso,
interrogó a las nubes que rodaban
por el espacio mudo,
como gigantes témpanos de nieve
que desprende impaciente
el huracán sañudo.
Las nubes le dijeron
que el Olimpo crujía,
y que los viejos Dioses expiraban
en horrenda agonía.
Y la voz quejumbrosa
de las gentiles hijas del Océano,
que en su pecho vertía
las infinitas ansias del deseo,
volvió a sonar dulcísima en su oído
para decirle en melodioso idioma:
"¡Despierta, Prometeo,
que en las lejanas cumbres
un nuevo sol asoma!"
Volvió el Titán a sacudir airado
sus duros eslabones,
que al esfuerzo supremo rechinaron;
y las rocas cayeron
como viejos torreones
por el rayo de Júpiter heridos,
y los cuervos hambrientos se alejaron
con lúgubres graznidos.
Olegario Víctor Andrade,Prometeo
viernes, 7 de diciembre de 2007
Prometeo X-III
III
No volvió a retumbar en la montaña
el grito del titán retando al cielo;
ni temblaron las nubes, ni los astros
detuvieron su vuelo
para mirar la bárbara batalla;
ni el negro Ponto amotinó sus ondas
crispado y convulsivo,
para arrancar de su prisión eterna
al gigante cautivo.
Reinó la soledad en la alta cumbre,
que habitó el huracán encadenado,
y descendió el Araxa gemebundo
con torpe pesadumbre,
a arrastrarse callado en la llanura,
como del alma en el profundo cauce
desatan en silencio los recuerdos
sus ondas de amargura.
¡Siempre el gigante en vela!
El cielo era la página sombría
en que al débil fulgor de las estrellas
las misteriosas sílabas leía
de su destino fiero;
y el errante cometa,
que en la lejana cumbre aparecía,
su torvo y taciturno mensajero.
De vez en cuando oía
como ruido levísimo de espumas
en las inquietas algas detenidas;
como el roce ligero
de fantásticas plumas
que tocaban su sien calenturienta,
murmullo blando de hojas,
de un árbol invisible desprendidas
después de la tormenta.
No eran rayos de luna,
ni jirones de niebla desgarrados
por el aire liviano:
era el coro armonioso
de las gentiles hijas del Océano,
que a la luz del crepúsculo salían
de sus grutas azules,
y en torno del titán encadenado
los húmedos cabellos sacudían.
"No duermas, Prometeo",
al pasar a su oído murmuraban,
desatando en su alma
las ansias infinitas del deseo.
"¡No duermas! que el Olimpo se estremece
con inquietud extraña,
y truenan los abismos,
como truena el volcán en la montaña!"
Prometeo velaba,
fijo el ojo en las lóbregas esferas
que como enormes olas palpitaban,
y atento al ruido sordo
que las brisas del valle le traían,
el ruido de las razas que hormigueaban
del Cáucaso en las negras madrigueras.
Olegario Víctor Andrade,Prometeo
miércoles, 5 de diciembre de 2007
Prometeo X-II
II
El Cáucaso, caballo de batalla
de algún titán caído
al golpe del relámpago sangriento,
se destaca sombrío
con el cuello estirado, cual si fuera
a beber en el cauce turbulento
del piélago bravío.
Sobre la negra espalda,
y entre el espeso matorral de rocas,
que fueron la melena sudorienta
donde cuelgan las nubes vagabundas
sus desgarradas tocas
y en la noche desciende
a dormir fatigada la tormenta.
Tendido está el gigante,
que amarraron los ciclópeos soberbios
tras larga lucha fiera
con templadas cadenas de diamante:
aun su pecho jadea
como cráter hirviente;
y cada vez que se retuerce inquieto,
el sol vela su frente,
y la vieja montaña bambolea.
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Hogueras son sus ojos,
rojas hogueras que atizó el encono,
antorchas funerarias de la noche
de su eterno abandono.
Y no es un grito humano
lo que exhala su pecho
-que no tiene el dolor tan rudas notas-,
es el estruendo del volcán que estalla,
el grito del torrente en la espesura,
choque de aceros y corazas rotas
en el fragor de la feroz batalla!
Sólo el Ponto responde a los rugidos
que lanza en su desvelo,
y llama en su socorro con voz lúgubre
a las inquietas ondas del Egeo.
Es que también él lucha;
lucha con lo imposible y siempre espera.
Salvaje enamorado
quiere arrastrar consigo a la ribera,
y la ribera sorda
escapa de sus brazos,
dejándole en la lucha misteriosa
de su veste de juncos los pedazos!
En vano el Ponto grita
y se endereza embravecido y fiero.
¡El es también gigante encadenado!
¡Es también prisionero!
No romperá la valla que lo cerca,
ni extenderá su turbulento imperio.
Basta una faja de menuda arena
para atarlo en perpetuo cautiverio.
¡El titán no se abate!
¡Es que el dolor enerva a los pigmeos
y a los grandes infunde nuevos bríos!
Cada día es más bárbaro el combate
y más ruda su saña;
si afloja un eslabón de su cadena,
su martillo invisible lo remacha
sobre el yunque infernal de la montaña.
Convidados hambrientos
al salvaje festín de su martirio,
vienen los cuervos en revuelta nube;
verdugos turbulentos,
que Júpiter envía enfurecido
a desgarrar la entraña palpitante
de su rival temido.
Suelta el titán los brazos
en actitud cobarde y dolorida
al sentir su frenética algazara;
parece que cayera anonadado
bajo el horrible peso de la vida!
¿Qué maza lo ha postrado?
¿Qué golpe lo ha vencido en la batalla?
¡Es que después del rayo de los dioses
viene a escupirle el rostro la canalla!
Así en la larga noche de la historia
bajan a escarnecer el pensamiento,
a apagar las centellas de su gloria
con asqueroso aliento,
odios, supersticiones, fanatismos;
y con ira villana,
el buitre del error clava sus garras
en la conciencia humana!
"¡Oh Dios caduco! grita
el titán impotente:
Como esta negra carne que renace
bajo el pico voraz del cuervo inmundo,
renacerá fulgente
para alumbrar y fecundar el mundo
la chispa redentora
que arrebaté a tu cielo despiadado,
germen de eterna aurora
del caos en las entrañas arraigado!
"Desata, Dios caduco,
la turba labradora de tus vientos;
sacude los andrajos de tus nubes,
y acuda a tus acentos
la noche con sus sombras,
con montañas de espuma el Océano,
¡no apagarán la luz inextinguible
del pensamiento humano!
"¿Qué importa mi martirio,
mi martirio de siglos, si aun atado,
Júpiter inmortal, yo te provoco,
Júpiter inmortal, yo te maldigo?
¿Si el viejo Prometeo, el titán loco,
el mártir de tu encono
siente tronar la ráfaga tremenda
que va a tumbar tu trono?
"Tres siglos no he dormido
tres siglos de tormentos.
No hay astro que no se haya estremecido
al sentir mis lamentos,
ni nube que al pasar no haya vertido
en la copa de aromas del ambiente,
una gota de llanto
para mojar mi frente.
"A veces he llorado,
y el raudal de mis lágrimas heladas
corrió por la ladera
con ruido de cascadas.
El Araxa sombrío,
dragón de negras fauces,
que se calienta al sol en la pradera,
es hijo de mis lágrimas. Por eso
lanza gritos tan hondos,
y atrae cuanto se acerca a su ribera.
"De vez en cuando, siento
sollozos de mujer a la distancia:
es Hesione, la mártir, que se queja
en el fondo del valle abandonada.
Las águilas del Cáucaso que pasan
y la nube bermeja,
que recibió en la faz ruborizada
el ósculo del sol en el ocaso,
le cuentan mi martirio
y me traen el mensaje de su pena,
el mensaje tiernísimo que escucho,
sacudiendo mi bárbara cadena!
"¿Qué me importan tus tormentos,
tus tormentos de siglos, Dios airado?
¿Si en la lengua sonora de los vientos
me transmite los himnos de su alma,
como al través del médano abrasado
va el polen de la palma?
¿Si en el trémulo seno,
como el rayo en los negros nubarrones,
lleva ella palpitando
el feto colosal de las naciones?
"¡Desata tus borrascas!
Lanza a los aires tu bridón de llama,
caduco soberano,
y despliega en los cielos tenebrosos
tu sangriento oriflama!
Será tu empeño vano;
soplo estéril tu aliento.
Yo he engendrado el titán que ha de tumbarte
de tu trono de nubes:
"¡el titán inmortal del pensamiento!"
"Ayer la tierra muda
flotaba en los abismos de la nada,
como una urna vacía
al soplo del azar abandonada,
y en sus hondas y frías cavidades
sólo el eco se oía
del monólogo eterno de las sombras,
y el rumor de las roncas tempestades.
"Hoy la tierra está viva: alguien habita
el fondo de los mares;
germen de vida y juventud palpita
en sus bosques de acidias y corales.
No es el viento el que gime en la maraña
de las selvas sonoras;
ruido de alas abajo, y en el cielo
parece que revientan
semilleros de auroras!
"Júpiter: aturdido con tu gloria,
embriagado de orgullo,
no sientes en los senos del abismo
lo que siente arrobado Prometeo!
Algo, como un arrullo
en el nido de nieblas del vacío,
del misterioso enjambre el aleteo,
cual si bandas de estrellas ensayasen
su plumaje de luz, para lanzarse
a lucir en los campos del espacio
su espléndido atavío!
"Aquella sombra muda,
aquel eterno esclavo, peregrino,
que lanzaste sin rumbo
en las negras jornadas del destino,
ya no va caviloso,
temblando del rumor de su pisada,
lleva la frente erguida
de misteriosa aureola circundada!
"Hay luz y voz en ella:
es flor recién abierta,
cuya blanca y espléndida corola
tiene el perfume agreste de las cumbres
el latir convulsivo de la ola;
en breve de su seno
volarán las ideas
-mariposas de luz del pensamiento,
y asombrarán al mundo con sus alas,
más sonoras que el viento!
"Ellas me vengarán, Jove caduco:
serán mis herederas.
Yo arrojé en el cerebro de los hombres
semillas de volcán, germen de hogueras.
Desata el huracán de tus furores,
redobla mi tormento;
que ya viene el titán que ha de vengarme:
"el titán inmortal del pensamiento!"
Dijo y calló: no ya desesperado,
torva la faz, revuelta la pupila,
sino grave, sereno, resignado,
como quien sin vencer, sabe que es suya
la victoria final y no vacila.
Algo, como el fulgor de una sonrisa,
iluminó su frente,
débil chispa encendida
en helados montones de ceniza!
Olegario Víctor Andrade, Prometeo
Prometeo X
I
Sobre negros corceles de granito
a cuyo paso ensordeció la tierra,
hollando montes, revolviendo mares,
al viento el rojo pabellón de guerra
teñido con la luz de cien volcanes,
fueron en horas de soberbia loca,
a escalar el Olimpo los Titanes.
Ya tocaban la cumbre inaccesible
dispersando nublados y aquilones
ya heridos de pavor los astros mismos
en confusión horrible,
como yertas pavesas descendían
de abismos en abismos;
y el tiempo que dormía
en los senos del báratro profundo,
se despertó creyendo que llegaba
la hora final del mundo!
El Cielo estaba mudo;
y la turba frenética avanzaba
con ronca vocería,
como avanza rugiendo la marea
en la playa sombría,
cuando Jove asomó: vibró en su mano
el rayo de las cóleras sangrientas,
rugió en su voz el trueno del estrago
y encadenó a su carro las tormentas!
Temblaron los jinetes
en los negros corceles de granito;
redoblaron su saña
arrojando a los pórticos del cielo
con insultante grito
pedazos de montaña,
y volcaron los mares
para apagar en la soberbia cumbre
los rojos luminares.
Pero Jove, iracundo,
blandió sobre sus frentes altaneras
el hacha del relámpago que hiere
como a una vieja selva las esferas:
a su golpe profundo,
vacilaron montañas y titanes;
y bajó el torbellino,
heraldo de su gloria,
con la negra cimera de huracanes,
a anunciar a los mundos la victoria!
Rodó la turba impía
su espantoso vértigo a la tierra;
no volverá a flamear en las alturas
su pabellón de guerra
teñido con la luz de cien volcanes.
Cayeron los titanes
del abismo en las lóbregas entrañas;
y Jove, vengativo,
¡convirtió los corceles de granito
en salvajes e inmóviles montañas!
Olegario Víctor Andrade, poema Prometeo.
Lo iré colgando por números que es bastante largo.
Prometeo IX
El asunto de esta fantasía es universalmente conocido.La fá
bula griega, narrada por Hesíodo, ha sido el tema de numerosos poemas.Esquilo recogió este mito religioso de las sociedades primitivas, para personificar en él el sentimiento de la libertad, en pugna eterna con las preocupaciones.La epopeya, el drama, hasta el romance vulgar, se han ejercitado en tan sublime asunto.El autor de esta fantasía no ha querido hacer un poema, porque habría sido empresa loca acometer una tarea en que gastó sus robustas fuerzas el genio cosmogónico de Quinet.No ha hecho más que un canto al espíritu humano,soberano del mundo, verdadero emancipador de las sociedades esclavas de tiranías y supersticiones.Si ha conseguido elevarse a la altura del asunto, lo dirá la crítica, en cuya imparcialidad descansa.A pesar de ser tan conocida esta leyenda, conviene reproducirla, para los que la hayan olvidado.
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He aquí como la describe Renaud, ciñéndose a la narración de Hesíodo en su Teogonía:“Antes hubo seres que intentaron el progreso del hombre por la fuerza del pensamiento; pero en vez de gloria,alcanzaron crueles castigos, en razón de que se suponía que los dioses veían con envidia a aquellos inventores que usurpaban algo de su poder con sus creaciones independientes. Admiraban las proezas de la fuerza física:tronchar árboles y hacer rodar peñascos; pero les infundía miedo el ver encender lumbre, forjar el hierro, vestir, alimentar y sanar por medio de preparaciones misteriosas. Quizá habrían aceptado tales invenciones sin el temor del rayo, que parecía siempre dispuesto a herir a los temerarios. Decíanse en voz baja que Esculapio pereció de un modo terrible, porque había querido resucitar muertos con brebajes; y a veces, excitados por el terror, se hacían verdugos para adelantarse a los dioses,mataban a Triptolemo que les enseñaba la agricultura.Prometeo fue el más famoso de aquellos genios benéficos. Pertenecía a la gran raza de titanes que se rebeló contra los dioses, aunque más cuerdo que sus hermanos no tomó parte alguna en aquella lucha del orgullo, sin duda porque veía claro el desenlace de la guerra, por amenazadoras que fuesen las cohortes de los titanes. A mayor abundamiento, ¿qué le importaban aquellos furores de ambiciosos contra ambiciosos que combatían entre sí,unos para conservar el trono celeste y otros para recobrarle? Su corazón no estaba allí, lejos de aquellos poderosos, de aquellos soberbios, dioses o titanes: miraba conmovido cómo se agitaban las criaturas débiles, tímidas, sin vestidos y sin utensilios, oprimidas a la vez por la tierra y por el cielo, donde nadie se cuidaba de acudir en su auxilio. Ni titanes ni dioses pensaban en los hombres; y cuando Zeus, rey del Olimpo, salió vencedor, quiso destruir a los inocentes mortales con sus enemigos, a tal punto llegó la embriaguez de su victoria. Prometeo los salvó, y no se contentó con esto, sino que aspiró a sa-carles de la condición de animales en que vivían, para lo cual robó el fuego del cielo y les enseñó a bosquejar las primeras artes con aquella especie de alma de la materia. Zeus se indignó, porque no quería la prosperidad del hombre, sino que, como amo celoso, deseaba esclavos incapacitados de elevarse. No se atrevió o no pudo quitar a los mortales el fuego, de cuya conservación cuidaban todos: pero castigó a Prometeo atándole con cadenas en un monte, no lejos del Cáucaso, entre Europa y Asia, para que el mundo entero viese el castigo, y dejándole a merced de un buitre que noche y día devoraba su hígado, que renacía eternamente.Esquilo, el primero de los poetas griegos por su alma y su brío, genio hostil a las tiranías, porque anteponía a todo la justicia y la dignidad, compuso tres dramas con esta leyenda: Prometeo llevándose el fuego, Prometo encadenado, Prometeo libre, de cuyos dramas sólo queda el segundo, Prometeo encadenado, sin que la obra mutilada así por los siglos, haya bajado de la altura en que las inspiraciones, dejando ya de pertenecer a una forma de arte,a una patria, a una fibra especial del corazón, se confunden con el alma universal del género humano.Prometeo es todo heroísmo, según le pinta el poeta que le encontró en los mitos religiosos. Practicaba el bien por simpatía, y aun siendo víctima de su obra, no la deploraba, porque su conciencia le sostenía en el suplicio.Con el justo orgullo de su dolor exclamaba hablando de su verdugo: “Yo tuve lástima de los mortales y él no me ha juzgado digno de compasión”.Con efecto, el rey de los dioses no perdona a aquel emancipador de la civilización humana; pero se ve aislado en su omnipotencia, nadie simpatiza con él, en tanto que todos ensalzan a Prometeo. Al principio las Oceánidas, ninfas del mar, olas con formas de doncellas, vienen a consolar al paciente con sus cantos. Tendido en su peñasco no puede ver a las compasivas visitantes; pero oye el ruido de su llegada ‘como el de pajarillos cuyas alas hacen vibrar el aire suavemente’.En vano, sin embargo, quieren clamar el dolor de Prometeo, a quien sólo una idea sostiene en su tormento, y es que un día su enemigo triunfante será destronado. El rey de los dioses penetra la idea de su víctima, y, atemorizado, le envía con el mensajero de los dioses la orden de que se explique y descubra el provenir. Prometeo no desmaya con la esperanza de verse libre. ‘Jamás, amedrentado por el fallo de Júpiter, seré yo pobre de espíritu como una mujer; jamás, como una mujer, levantaré mis brazos suplicantes hacia a aquel a quien aborrezco con todo mi odio, para pedirle que rompa mis cadenas: lejos de mí tan cobarde pensamiento.’ El dios impotente no tiene otra cosa que hacer sino vengarse con algún nuevo suplicio mientras reina aún, y con efecto, emplea las amenazas para quitar a Prometeo hasta los seres compasivos que le consuelan. El coro, más digno que el dios, responde a su mensajero: ‘Dime otras palabras, dame otros consejos y te podré escuchar. Lo que me dices me oprime el corazón. ¿Cómo puedes ordenarme semejante villanía? Los males que sufra Prometeo, quiero sufrirlos yo. He vivido en el odio a los traidores; la enfermedad más repugnante es la traición.’ Estalla el trueno, mugen los vientos, se levanta el mar; y Prometeo continúa invencible llamando con sus injustos tormentos al Éter que baña los mundos refugiándose contra el dios de un día en la naturaleza eterna”.
Tal es la leyenda que ha servido de tema a ese canto, escrito para no ser publicado, y publicado a instanciade amigos que tienen derecho a exigir del autor sacrificios de mayor magnitud.
Olegario Víctor Andrade, Leyenda de Prometeo
lunes, 3 de diciembre de 2007
Prometeo VIII
http://www.planetalibro.com.ar/ebooks/eam/ebook_view.php?ebooks_books_id=1139
Obra original, Prometeo encadenado, atribuída a Esquilo http://es.wikipedia.org/wiki/EsquiloEsquilo
jueves, 29 de noviembre de 2007
Prometeo VII
Podría citarte otros muchos que, siendo virtuosos, jamás pudieron hacer mejores a nadie: ni a propios ni a extraños.
A la vista de estos ejemplos, Protágoras, desconfío de que la virtud sea enseñable, pero, cuando te oigo decir tales cosas, me siento confundido y empiezo a creer lo que dices, convencido, como estoy, de la gran experiencia que posees, debida a lo mucho que has aprendido y a lo que tú mismo has descubierto. Por eso, si puedes demostrarnos con mayor claridad que (c) la virtud es enseñable, no rehuses, sino demuéstralo.
– No rehusaré, Sócrates –repuso–. Pero ¿preferís que lo demuestre, como un anciano con jóvenes, relatando un mito, o prosiguiendo con un discurso razonado?
Muchos de los que allí estaban sentados le dijeron que lo expusiese como quisiese.
– Si es así –repuso–, creo que resultará más agradable que os relate un mito.
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Era un tiempo en el que existían los dioses, pero no las especies mortales. (d) Cuando a éstas les llegó, marcado por el destino, el tiempo de la génesis, los dioses las modelaron en las entrañas de la tierra, mezclando tierra, fuego y cuantas materias se combinan con fuego y tierra. Cuando se disponían a sacarlas a la luz, mandaron a Prometeo y a Epimeteo que las revistiesen de facultades distribuyéndolas convenientemente entre ellas. Epimeteo pidió a Prometeo que le permitiese a él hacer la distribución. «Una vez yo haya hecho la distribución, dijo, tú la supervisas». Con este permiso comienza a distribuir. Al distribuir, a unos les proporporcionaba fuerza, pero no rapidez, (e) en tanto que revestía de rapidez a otras más débiles. Dotaba de armas a unas en tanto que para aquéllas, a las que daba una naturaleza inerme, ideaba otra facultad para su salvación. A las que daba un cuerpo pequeño, les dotaba de alas para huir o de escondrijos para guarnecerse, en tanto que a las que daba un cuerpo grande, (321 a) precisamente mediante él, las salvaba.
De este modo equitativo iba distribuyendo las restantes facultades. Y las ideaba tomando la precaución de que ninguna especie fuese aniquilada. Cuando les suministró los medios para evitar las destrucciones mutuas, ideó defensas contra el rigor de las estaciones enviadas por Zeus: las cubrió con pelo espeso y piel gruesa, aptos para protegerse del frío invernal y del calor ardiente, y, además, para que cuando fueran a acostarse, les sirvieran de abrigo natural y adecuado a cada cual. (b) A unas les puso en los pies cascos y a otras piel gruesa sin sangre. Después de esto, suministró alimentos distintos a cada una: A unas, hierbas de la tierra; a otras, frutos de los árboles; y a otras, raíces. Y hubo especies a las que permitió alimentarse con la carne de otros animales. Concedió a aquéllas escasa descendencia, y a éstos, devorados por aquéllas, gran fecundidad; procurando, así, salvar la especie.
Pero como Epimeteo no era del todo sabio, gastó, sin darse cuenta, (c) todas las facultades en los brutos. Pero quedaba aún sin equipar la especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en este trance, llega Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el destino en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz. Ante la imposibilidad de encontrar un medio de salvación para el hombre, (d) Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría de las artes junto con el fuego (ya que sin el fuego era imposible que aquélla fuese adquirida por nadie o resultase útil) y se la ofrece, así, como regalo al hombre. Con ella recibió el hombre la sabiduría para conservar su vida, pero no recibió la sabiduría política, porque estaba en poder de Zeus y a Prometeo no le estaba permitido acceder a la mansión de Zeus, en la acrópolis, a cuya entrada había dos guardianes terribles. Pero entró furtivamente al taller común de Atenea y Hefesto (e) en el que practican juntos sus artes y, robando el arte del fuego de Hefesto y las demás de Atenea, se las dio al hombre. Y, debido a esto, el hombre adquiere los recursos necesarios para la vida,(322 a) pero sobre Prometeo, por culpa de Epimeteo, recayó luego, según se cuenta, el castigo de robo.
El hombre, una vez que participó de una porción divina, fue el único de los animales que, a causa de este parentesco divino, primeramente reconoció a los dioses y comenzó a erigir altares e imágenes de dioses. Luego, adquirió rápidamente el arte de articular sonidos vocales y nombres, e inventó viviendas, vestidos, calzado, abrigos, alimentos de la tierra. Equipados de este modo, (b) los hombres vivían al principio dispersos y no había ciudades, siendo, así, aniquilados por las fieras, al ser en todo más débiles que ellas. El arte que profesaban constituía un medio, adecuado para alimentarse, pero insuficiente para la guerra contra las fieras, porque no poseían aún el arte de la política, del que el de la guerra es una parte. Buscaron la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. (c) Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres el pudor y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y el pudor entre los hombres: «¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. (d) ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?». «Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad».
Ahí tienes, Sócrates, por qué los atenienses, al igual que los demás pueblos, cuando deliberan sobre la virtud en arquitectura o en cualquier otra profesión, sólo a unos pocos les consideran con derecho a dar consejos. (e) Y si alguien que no sea de éstos se pone a dar consejos, no le toleran, como tú dices, y con razón, añado yo. Pero cuando se ponen a deliberar sobre la virtud política, (323 a) toda la cual deben abordar con justicia y sensatez, entonces escuchan, y con razón, a todo el mundo, como suponiendo que todos deben participar de esta virtud o, de lo contrario, no habría ciudades. Esta es, Sócrates, la causa de tal comportamiento.
Extracto del Diálogo Protágoras de Platón.
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