México bajo la lluvia es una serie de Vicente Rojo, pintor y escultor mexicano nacido en Barcelona e instalado en México desde 1949, adonde llegó reclamado por su padre, hermano del famoso jefe del ejército de la República.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
México bajo la lluvia
jueves, 17 de diciembre de 2009
Maldoror y Dalí. Otra.
Es bello como la retractilidad de las garras de las aves de rapiña; o también como la incertidumbre de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior; o mejor aún, como esa ratonera perpetua, siempre preparada de nuevo por el animal cazado, que puede ella sola atrapar roedores indefinidamente e incluso funcionar escondida bajo la paja; y sobre todo, como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y de un paraguas. Mervyn, ese hijo de la rubia Inglaterra, acaba de recibir una lección de esgrima en casa de su profesor, y, envuelto en su tartán escocés, regresa a casa de sus padres. Son las ocho y media y espera llegar a las nueve: es una gran presunción, por su parte, la aparente certeza de conocer el porvenir. ¿No puede entorpecer su camino algún obstáculo imprevisto? ¿Será tan poco frecuente esta circunstancia que debe considerarla como una excepción? ¿Por qué no considerar más bien, como un hecho anormal, la posibilidad de haber estado hasta ahora desprovisto de inquietud y, por así decirlo, feliz? ¿Con qué derecho pretende llegar indemne a su domicilio, cuando alguien lo acecha y lo sigue como a su futura víctima?
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miércoles, 16 de diciembre de 2009
Los cuervos
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Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron más que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático y pavoroso más allá. No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. ¿Y de qué se queja la tierra aquí, bajo las alas de los faustos cuervos, faustos sólo, sin duda, para Van Gogh y, además, fastuoso augurio de un mal que ya no ha de concernirle? Pues hasta entonces nadie como él había convertido a la tierra en ese trapo sucio empapado en sangre y retorcido para escurrir vino. En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado, violáceo como los márgenes del rayo. La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago. A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo suicida, siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocación desde lo alto. Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio. Cuadro soberbio, suntuoso y sereno. Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado. Por eso el tono de la última tela pintada por Van Gogh, el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otra parte, casi todas de moderadas dimensiones, como respondiendo a un propósito deliberado. (Antonin Artaud, Van Gogh, el suicidado por la sociedad)
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viernes, 4 de diciembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
Hans Reichel
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Hans Reichel pintaba pequeñas acuarelas con formas y colores reminiscentes de mundos esotéricos. Su pincel, según Henry Miller, era "la vara de un mago". El escritor norteamericano fue muy amigo de Reichel, con quien compartió la bohemia parisina en los años treinta, y le dedicó numerosos ensayos, entre ellos, El ojo cosmológico: para Miller, Reichel ejemplificaba los poderes que tiene el arte para penetrar en el misterio. Según el autor de los Trópicos, en los cuadros de Reichel había un ojo, que era el órgano del amor con el que Reichel miraba el mundo. A su vez, ese ojo quedaba en el cuadro y desde allí "mordía las entrañas de los hombres para aferrarlos como un espejo".
Ciudadano de Schwabing, el barrio bohemio, Reichel había salvado la vida de Ernest Toiler, el escritor que presidió la fugaz comuna roja de Munich, como lo relata Paul Klee en su diario.
-Quiero que los cuadros me devuelvan la mirada. Si los miro y ellos no me miran también, sé que no son buenos... -confesaba Hans Reichel.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Maldoror
Después de la muerte no obtendrás una recompensa de acuerdo con tus méritos, pues si cometen injusticias contigo en este mundo (como lo comprobarás por experiencia más tarde), no hay razón para que en la otra vida ya no las cometan más. Lo mejor que puedes hacer es no pensar en Dios, y hacerte justicia por ti mismo, ya que te la rehúsan. Si uno de tus camaradas te ofendiera, ¿acaso no te haría feliz matarlo?
-Pero está prohibido.
-No está tan prohibido como crees. Se trata simplemente de no dejarse atrapar.
Seguir Leyendo...
La justicia que suministran las leyes no vale nada; es la jurisprudencia del ofendido la que cuenta. Si detestaras a uno de tus camaradas, ¿no serías desdichado al saber que en todo instante lo tienes en la mente?
-Es cierto.
-Tenemos, pues, uno de tus camaradas que te hará desdichado toda la vida; porque al comprender que tu odio es sólo pasivo, no dejará de burlarse de ti, y de hacerte daño impunemente. No hay más que un medio de poner fin a la situación: desembarazarte del enemigo. He ahí adonde quería llegar para hacerte comprender sobre qué bases está fundada la sociedad actual. Cada uno debe hacerse justicia por sí mismo, salvo que sea un imbécil. Obtiene la victoria sobre sus semejantes sólo el más astuto y el más fuerte. ¿Acaso no querrás algún día dominar a tus semejantes?
-Sí, sí.
-Sé entonces el más fuerte y el más astuto. Todavía eres demasiado joven para ser el más fuerte; pero desde hoy puedes emplear la astucia, el más precioso instrumento de los hombres de genio. Cuando el pastor David alcanzó en la frente al gigante Goliath con una piedra lanzada con su honda, ¿no resulta admirable comprobar que solamente por la astucia David venció a su rival, y que, por el contrario, si hubiesen luchado a brazo partido, el gigante lo habría aplastado como a una mosca? Lo mismo pasa contigo. En lucha abierta, no podrás jamás vencer a los hombres, sobre quienes ansias extender el imperio de tu voluntad; pero con la astucia, tú podrás luchar solo contra todos. ¿Deseas riquezas, hermosos palacios y gloria? ¿O me engañaste cuando afirmabas tan nobles pretensiones?
-No, no, no os engañaba. Pero quisiera adquirir lo que deseo por otros medios.
-Entonces no lograrás nada. Los medios virtuosos y bonachones no conducen a nada. Es preciso poner en acción palancas más enérgicas y maquinaciones más inteligentes. Antes de que llegues a ser célebre por tu virtud y que alcances la meta, centenas de otros tendrán tiempo de realizar cabriolas por encima de tu lomo, y llegar al final de la carrera antes que tú, de modo que ya no habrá allí lugar para tus ideas limitadas. Hay que saber abarcar con más grandeza el horizonte del tiempo presente. ¿No has oído hablar nunca, por ejemplo, de la gloria inmensa que aportan las victorias? Y, sin embargo, las victorias no se producen solas. Es necesario derramar sangre, mucha sangre, para engendrarlas y depositarlas a los pies de los conquistadores. Sin los cadáveres y miembros esparcidos que se observan en la llanura donde se ha realizado la juiciosa carnicería, no habría guerra, y sin guerra no habría victoria. Así, ves, que cuando se pretende alcanzar la celebridad, es imprescindible sumergirse con elegancia en ríos de sangre alimentados por la carne de cañón. El fin justifica los medios. La primera condición para llegar a ser célebre es tener dinero. Ahora bien, como no lo tienes, tendrías que asesinar para adquirirlo pero como no eres bastante fuerte para manejar el puñal, hazte ladrón, en espera de que tus miembros se desarrollen. Y para que se desarrollen más rápido, te recomiendo hacer gimnasia dos veces por día, una hora por la mañana y una hora por la noche. De esta manera tu podrás intentar el crimen, con ciertas probabilidades, desde la edad de quince años, en lugar de esperar hasta los veinte. El amor por la gloria todo lo justifica, y quizás más tarde, dueño y señor de tus semejantes, les puedas hacer casi tanto bien como mal les has hecho en un comienzo…
miércoles, 26 de agosto de 2009
jueves, 16 de abril de 2009
jueves, 2 de abril de 2009
Cada uno está bajo su propia cúpula de cielo
domingo, 22 de marzo de 2009
Robando Arte Callejero XVIII
Paseaban, entre casas blancas y dulces silencios compartidos, cuando una flor se cruzó en su camino. Entonces, descubrieron que en el contrato de la vida siempre olvidamos leer la letra pequeña.
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jueves, 5 de marzo de 2009
El origen del mundo
Courbet
EL ORIGEN DEL MUNDO
A Felipe Benítez Reyes
No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal:
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.
No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.
El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.
Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de la hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.
La pretérita flor.
Húmeda flor atávica.
El origen del mundo.
Carlos Marzal
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domingo, 4 de enero de 2009
Estudio para pequeñas alegrías
lunes, 1 de diciembre de 2008
Mark Ryden
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domingo, 16 de noviembre de 2008
sábado, 8 de noviembre de 2008
miércoles, 20 de agosto de 2008
Robando arte callejero XVII
Observas el bullicio de Portobello Road de reojo, recordando aquellos días en los que tú mismo eras el que paseabas entre la gente, deseando encontrar una moneda, un sello o un cuadro a precio de ganga que poder luego revender para ganarte el pan.
Tenías buen ojo, sabías distinguir qué valía la pena o qué no, sólo al ver un brillo diferente entre un montón de cacharros que no valen nada; pero tu mirada era eternamente triste, antigua, como si hubieras vivido en la época de todos aquellos objetos que buscabas.
Un día, apareciste pintado en la pared, creo que queriendo salvaguardar tu imagen para la gente nueva que nunca te vió callejear, esas arrugas que habían vivido tanto. Nunca más se supo de ti.
Hubo quiénes dijeron que habías vuelto al sitio de donde viniste, el cuál nadie conocía; otros afirmaban que te habían visto en los alrededores de Hyde Park con tu eterna gabardina llena de remiendos y alguno aventuró que habías ganado tanto dinero con tus trapicheos que te habías largado a las Bahamas a vivir lo que te quedaba de vida sin ninguna preocupación.
Pero hubo unos pocos que pensaron que fue la manera de decir que habías terminado tus días en este mundo. Los comerciantes de Portobello Road se reunían allí al final de cada jornada para recordarte, porque aunque nunca antes notaron lo fuerte que era tu presencia, ahora la extrañaban y, decían, necesitaban brindarte un homenaje.
Una mañana sin previo aviso, apareció junto a tu cara un cartel anónimo que te pedía que guardases siempre aquel mercado, que fueses el protector de aquellas tiendas y puestos que cada semana montaban para que el barrio se llenase de gente, bullicio y alegría. A otras personas debió parecerles una buena idea y de esta manera, se convirtío en una pequeña tradición, con lo que a tu lado brotaron miles de panfletos de colores con mensajes de lo más dispar:
Mi perro se ha perdido, es un labrador con collar rojo, si lo ves, por favor, la próxima vez que pase por aquí, guiñame un ojo. Estaré atento.
Necesito contárselo a alguien. Estoy enamorada del hombre más maravilloso del mundo :) Lo conocí aquí, en Portobello Road.
¿No te cansas de estar siempre mirándonos?
[...]
Al principio, por esta razón, tu figura atraía más gente que el propio mercado, pero paulatinamente y sin motivo, los visitantes empezaron a fallar; cada vez menos personas te escribían, hasta que un día cualquiera del pasado siglo, nadie fue a visitarte.
Un par de noches más tarde, un servicio de limpieza despojó la pared de los cientos de mensajes de papel que la habían vestido y desde entonces, los turistas te miran con curiosidad, sin saber quién eres ni qué haces ahí. Algunos toman una foto, otros se quedan prendidos de tus ojos, a otros tantos les suceden ambas cosas.
A mí, me enamoraste, estoy convencida de que vives en la pintura. Esa mirada es real.
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jueves, 26 de junio de 2008
Robando arte callejero XV
Tienes examen y no suena el despertador, aunque te despiertas milagrosamente. Te preparas en tiempo récord, pulverizando tus últimas marcas conseguidas en desayunar, ducharte y vestirte a velocidad del rayo.
En el metro tienes el mismo espacio que en una lata de conservas y hace tanto calor que sudas a mares. No tienes opción de repasar ni de ponerte música para relajarte así que mueves la pierna izquierda nerviosa y rítmicamente, tratando de no golpear a nadie, hasta que llegas a tu destino y sales apresuradamente.
Entonces, una simple frase en la que reparas mientras tratas de salir sin atropellar a nadie, te hace esbozar la primera sonrisa del día y sabes que el examen te saldrá bien.
***
Pequeñas cosas casuales que hacen tanto por tan poco...
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viernes, 20 de junio de 2008
Robando arte callejero XiV
- A mí mientras no me quiten mis tostadas de pan blanco con aceite de oliva y sal...
- ¿Chinos sordos?
- Yo llené el depósito mientras jugaba España.
- Nada de crisis, deceleración. Y paro patronal, por supuesto.
Como ven, para todos los gustos. No se corten en añadir sus interpretaciones propias.
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viernes, 16 de mayo de 2008
Robando arte callejero XII
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jueves, 21 de febrero de 2008
Robando arte callejero IX
Más tarde, retiré la plantilla y con la cámara entre los dedos algo ennegrecidos volví a robar, pero esta vez a mi misma, contradicción no prohibida en el caosmos.
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