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viernes, 6 de noviembre de 2009

Carta de Sinesio de Cirene a su hermano

Zarpamos del Bendideo antes del amanecer y casi a mediodía pasamos de largo el Mírmex de Faros, después que nuestra nave encallara dos o tres veces en el fondo del puerto. Ya desde el primer momento, pues, esto parecía un mal augurio y hubiera sido prudente desembarcar de una nave a la que, desde su misma arrancada, no favorecía la buena suerte, pero sentimos vergüenza de que por vuestra parte se nos acusara de cobardía y, por eso, "ya no era posible en modo alguno ni retroceder por miedo ni retirarse". Para que no te pases todo el tiempo divirtiéndote, escucha cuál era la situación en lo relativo a los tripulantes. El patrón deseaba morirse de endeudado que estaba. De los doce marineros allí presentes (eran trece con el piloto), más de la mitad y también el piloto eran judíos, pueblo desleal a cualquier pacto, y convencido de estar obrando piadosamente cuando causan la muerte del mayor número de griegos posible. El resto era una chusma que el año pasado aún no habían cogido un remo. Estos y aquéllos tenían algo en común: el estar totalmente lisiados al menos en una parte de su cuerpo. Y por eso, cuando ningún peligro nos amenazaba, todos hacían chistes y se llamaban unos a otros no por sus nombres sino por sus taras: el cojo, el herniado, el manco, el bizco.
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Pero en los momentos de apuro ya no nos reíamos sino que nos lamentábamos por esos mismos motivos, siendo como éramos más de cincuenta pasajeros, la tercera parte, aproximadamente, mujeres, en su mayoría jóvenes y de hermoso aspecto.[...]
Quizás hasta Príapo se hubiera templado al navegar con Amaranto (el patrón de la nave) puesto que no había ocasión en la que nos dejara librarnos del temor al peligro supremo. Una vez que doblamos el emplazamiento de vuestro santuario de Posidón arrancó a toda vela con el propósito de navegar en dirección a Tafosiris y de desafiar a Escila, ésa que en las composiciones escolares es objeto de aversión. Al comprenderlo nosotros, comenzamos a prorrumpir en gritos y él desistió de emprender aquel combate naval contra los escollos, a la fuerza y de mala gana, y no antes de que nos encontráramos al borde mismo del peligro.
Entonces dio la vuelta, como por un repentino cambio de opinión, y se lanzó hacia alta mar, exponiéndose, mientras pudo hacerlo, pues bien, a duras penas la enderezamos al embate de las olas.
Y ahora -le seguía diciendo- ¿qué falta nos hace ir por alta mar? Naveguemos en dirección a la Pentápolis, alejándonos de tierra sólo moderadamente, si topamos con alguna adversidad, algún puerto cercano pueda acogernos. Pero no lograba convencerlo, el maldito se hacía el sordo. Y fue así hasta que saltó un fuerte viento del norte que, levantando un oleaje alto y quebrado, se abatió sobre la vela, hinchándola de convexa a cóncava y la nave llegó a empopar casi hasta voltearse.
Pues bien, a duras penas la enderezamos y Amaranto, con un quejido grave exclamó: "¡Esto es dominar el arte de la navegación!". Según dijo, desde mucho antes estaba a la espera de recibir el viento de esa parte y de ahí que navegara por alta mar. [...] Nosotros aceptamos sus palabras mientras fue de día y no hubo peligro, pero sí lo hubo a medida que el oleaje iba haciéndose cada vez mayor con la llegada de la noche.
Pues bien, aquel día era para los judíos paresceve. Consideran como un todo esa noche y el día siguiente, durante el cual no se le permite a nadie poner mano en ningún trabajo, y es que para darle especial realce a la jornada, la dedican al descanso. Así pues, el piloto quitó las manos del timón en cuanto se imaginó que el sol había abandonado la tierra y, echándose en la cubierta, "se dejaba pisotear por cualquier marinero". [...] Cuando comprendimos la razón del abandono del gobernalle (mientras nosotros le pedíamos que salvara la nave "dentro de sus posibilidades"), él continuaba leyendo el libro, recurrimos ya a la fuerza. Incluso un soldado bizarro desenvainó la espada y amenazó al sujeto con cortarle la cabeza si no volvía a hacerse cargo del barco. Pero aquel auténtico Macabeo era capaz de mantenerse firme en sus creencias. Y ya a medianoche él mismo se persuade a colocarse en su puesto. "Ahora es el momento -decía- en el que la ley lo permite, porque ahora está claro que el peligro lo corremos "por nuestra vida". En esto se levanta de nuevo un tumulto: clamor de hombres, ulular de mujeres; todos invocaban a la divinidad, gritaban y se acordaban de los seres más queridos. Sólo Amaranto se mostraba animoso, en la idea de que muy pronto daría carpetazo a lo de sus acreedores. A mí, en ese trance, me inquietaba el que pudiera ser verdad aquello de Homero: que la muerte bajo el agua acarrea la aniquilación de la propia alma. [...] Mientras le doy vuelta a estos pensamientos, veo que todos los militares han desenvainado las espadas, y al preguntarles el motivo, según ellos, es hermoso exhalar el alma cuando todavía están al aire libre sobre el puente, y no con la boca abierta contra el oleaje. Luego alguien proclama que quienes tengan objetos de oro se los cuelguen; y quienes tenían se los iban colgando, tanto los objetos de oro como cualquier cosa de valor semejante. Las mujeres se ataviaban ellas mismas y repartían cordones entre los que carecían de ellos. Es cosa bien sabida que esto se hace de antiguo y su sentido es el siguiente: el muerto en un naufragio debe llevar encima el precio de su entierro.
Y en eso estaban mientras yo, sentándome a un lado, me puse a llorar por la sufrida bolsa de dinero que me confió mi huésped, y no lo hacía porque fuera ya a morir, sino porque pudiera verse privado de sus riquezas aquel tracio ante quien yo, aún después de muerto, me hubiera debido avergonzar. [...] Pero llega el día y vemos el sol; el viento se hizo más suave al aumentar el calor, y a medida que el rocío iba desapareciendo se nos permitía usar las drizas y manejar las velas. Desde luego, cambiar la vela por otra de repuesto no podíamos (pues la habían empeñado), sino que la reparamos como si se tratara de las arrugas de una túnica y antes de cuatro horas, nosotros, que habíamos esperado la muerte, estábamos desembarcando en un paraje remoto desierto del todo, que no tenía cerca ciudad ni labrantíos. La nave, como aquel lugar no era un puerto, permanecía balanceándose en alta mar con una sola ancla, pues la otra la había vendido Amaranto y no había comprado una tercera.
Después, durante dos días, aguardamos a que el piélago amainara su furia y nos atrevimos a echarnos de nuevo al mar. Levamos anclas nada más rayar el alba y fuimos navegando viento en popa todo aquel día y el siguiente.
Pues bien, era el día decimotercero de la luna menguante y se cernía sobre nosotros un peligro tamaño, pues estaba a punto de coincidir la conjunción del sol y la luna con la aparición de la renombrada Osa Mayor, a la que ningún navegante se ha atrevido a desafiar. Y aunque debimos permanecer resguardados en un puerto, inadvertidamente nos lanzamos otra vez al mar. Comenzó la perturbación con vientos del norte y fue mucho lo que llovió en aquella noche del novilunio. Luego el mar se había revuelto y vino a sernos provechosa la misma magnitud del temporal. La entena crujía, se partió por la mitad y estuvo a punto de matarnos a todos.[...] De nuevo estaba la vela sin control y no era fácil amainarla. Así, tras zafarnos de la desmesurada violencia de aquel embate, navegamos todo el día siguiente y toda la noche, y a la hora del segundo canto del gallo, por poco chocamos con una punta rocosa que sobresalía de tierra como una pequeña península. Hubo un grito al avisar alguien que nos acercábamos a tierra. [...] Al clarear ya el día, nos hace señas un fulano vestido a la usanza de la región, indicándonos con la mano los lugares peligrosos y los otros de los que podíamos fiarnos. Al final se llegó a nosotros con una chalupa de dos remos, la ató al barco y tomó el gobernalle (el sirio le cedió el puesto gustoso). Fondeó la nave en un puertecito encantador (Azario, creo lo llaman) y nos hizo desembarcar en la orilla entre nuestras aclamaciones de "salvador" y "genio tutelar". Trajo hasta allí otro navío, y luego otro, y antes del atardecer fueron cinco los cargueros salvados por aquel anciano.[...] Al principio vivíamos mal que bien de la pesca, porque cada uno se guardaba lo que conseguía sin que nadie le diera nada a nadie. Pero luego, todos nadamos en la abundancia. Fue cosa de mujeres con mujeres. Las libias les ofrecían a las que viajaban con nosotros, queso, harina, torta de cebada, carne de cordero, gallinas y huevos. [...] Lo cierto es que a mí no me gustaba recibir regalos de las mujeres. Esta benevolencia que los lugareños muestran hacia los huéspedes, tú, seguramente, la atribuirás a su virtud, pero el asunto es muy otro y merece que se explique ahora que se nos presenta la oportunidad. La cólera de Afrodita hace presa en esta región: sus desgracias es algo así como la de las lemnias. Y es que tienen ellas los senos de un tamaño muy por encima de lo normal, y su pecho es desproporcionado, de tal manera, que se echan las mamas a la espalda y sus recién nacidos, mientras chupan, no están en brazos sino en los hombros. [...] Lo cierto es que al enterarse por medio de quienes han mantenido contacto de allende sus fronteras, de que no todas las mujeres son así, no lo creen, y en cuanto tienen a mano una extranjera, le prodigan su benevolencia y no paran hasta hacerle un examen minucioso del pecho. La que ha podido verlo lo cuenta y se llaman unas a otras como los Cícones. Concurren para contemplar el espectáculo y con ese fin traen regalos. [...]
Para ti este drama, convertido en cómico de trágico que era: así nos lo aparejó la divinidad y yo te lo he descrito en estas líneas.[...]
Adiós, mis mejores deseos para tu hijo Dióscoro junto con su madre y su abuela, a las que amo y cuento entre mis hermanas... y tú, no vayas a navegar nunca, y si te es absolutamente necesario, ¡no lo hagas a final del mes!

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lunes, 16 de marzo de 2009

El ratón y la montaña

Éste es uno de los cuentos que Gramsci escribió en la cárcel (el fiscal dijo:"hay que impedir que este cerebro funcione" y fue condenado a 20 años, 4 meses y cinco días de prisión, de los que cumplió sólo 11 porque murió con apenas 46 años) a sus hijos, a los que transmite desde su presidio pasión por la vida y la alegría de vivir.
Érase una vez un niño que dormía. En la mesilla, junto a su cama, tenía un vaso
de leche. Pero un travieso ratón se bebió la leche y el niño, cuando despertó, comenzó a llorar. Tenía hambre. Fue la madre en busca de una cabra. Pero la cabra le negó la leche hasta que no consiguiera hierba con la que saciar su apetito. Entonces la madre ordenó al ratón que la buscara en el campo. Pero, no la encontró. El campo estaba seco. El ratón decidió entonces buscar una fuente. Cuando la halló, de esta no manaba agua a causa de la guerra. El ratón pensó que quizás un albañil podría reparar la fuente. Lo encontró en una pequeña aldea, pero este le pidió piedras. Sin ellas no podría recuperar la fuente. El ratón decidió entonces subir a una montaña. Cuando alcanzó la cima, se topó con un páramo terrible. La montaña había sido talada. La ambición de los especuladores había hecho de ella un lugar desapacible y frío. El ratón desesperado le prometió a la montaña que si le daba piedras, convencería al niño para que cuando creciera sembrara árboles.
La montaña confió en la palabra del ratón y el niño bebió leche en abundancia. Cuando
el niño creció, cumplió con su promesa y plantó árboles. La vida entonces regresó a la montaña.
(Antonio Gramsci, El árbol del erizo)

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jueves, 12 de febrero de 2009

Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar

París, 29 de octubre de 1967
Roberto, Adelaida, mis muy queridos: Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones.

Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases.

Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti.

Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como sin uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me averguenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces.

Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.


Che
Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida.
Hasta siempre,
Julio

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domingo, 18 de enero de 2009

Ni siquiera soy capaz de inventar un título

Carta de Kafka a Max Brod

Sanatorio naturista Jungborn en el Harz22 VII 1912

Mi muy querido Max, ¿jugamos una vez más al juego de los niños infelices? Uno señala al otro y recita su antiguo verso. Tu opinión actual sobre ti mismo es un capricho filosófico, mi mala opinión sobre mí mismo no es una mala opinión trivial. En esta opinión quizá se halle mi única virtud, después de haberla delimitado adecuadamente en el transcurso de mi vida, es aquello en lo que jamás, jamás he tenido que dudar, me da un orden para mí mismo y me tranquiliza suficientemente, a mí, que me rindo de inmediato ante la falta de claridad.
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Estamos suficientemente cerca uno de otro como para poder ver los entresijos en la argumentación de la opinión del otro. Yo incluso he llegado a detalles y ellos me han alegrado más de lo que tú aprobarías -¿de qué otro modo podría seguir sosteniendo la pluma en mano? Nunca he sido de aquellos que sacan adelante alguna cosa a cualquier precio. Pero precisamente de eso se trata.Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita, debido a su escasa frecuencia y a la debilidad con que se manifestaron.También aquí escribo, muy poco desde luego, me lamento de mí mismo y también me alegro; éste es el modo en que las mujeres piadosas rezan a Dios, pero en las historias bíblicas se deberá pasar mucho tiempo antes de que pueda mostrar lo que ahora te escribo a ti, y aunque sólo sea por mí. Está elaborado sobre la base de pequeñas piezas más bien alineadas que entrelazadas; durante mucho tiempo seguirá por un camino recto, antes de llegar a formar el círculo deseado, y en aquel instante, en función del cual trabajo, las cosas no resultarán en absoluto más fáciles, mucho más probable es que, habiendo sido inseguro, pierda la cabeza. Por esto, será algo de lo que se podrá hablar solamente cuando concluya la primera versión.¿No hiciste mecanografiar el Arche? ¡Esto sí que lo ha golpeado! Y yo no le escribo y no le escribo. Por favor, diles a la Srta. T. y a Weltsch y, si es posible, a los Baum que los quiero a todos y que el cariño no tiene nada que ver con escribir cartas. Dile de tal forma que sea acogido mejor y más amablemente que tres cartas reales. Si quieres, puedes hacerlo.En nuestra historia común me ha alegrado únicamente, aparte de algunos detalles, el estar sentado junto a ti los domingos (haciendo excepción, desde luego, de los ataques de desesperación) y esta alegría me seduciría de inmediato a continuar el trabajo. Pero tú tienes cosas más importantes que hacer, aunque sólo fuera el Ulises.Carezco de todo talento organizativo y por eso ni siquiera soy capaz de inventar un título para el anuario. Pero no olvides que en la invención los títulos mediocres o incluso malos alcanzan un buen prestigio por influencias probablemente caprichosas de la realidad.¡No digas nada contra la sociabilidad! También vine aquí por la gente y estoy satisfecho de que al menos en esto no me haya equivocado. ¡Cómo vivo en Praga! Esta necesidad que tengo de la gente y que se transforma en temor tan pronto se satisface, sólo está a gusto durante las vacaciones; sin duda que he cambiado un poco. Por otra parte, no leíste con atención mi horario, hasta las 8 escribo poco, pero después de las 8 nada, aunque es cuando más libre me siento. Escribiría más sobre esto si no hubiera pasado todo el día tan tontamente con juegos de balón y de naipes y sentado y recostado en el prado. ¡No hago excursiones! El mayor peligro es que ni siquiera veré el fragmento. ¡Si supieras cómo transcurre este corto tiempo! ¡Si fluyera con tanta claridad como el agua, pero se escurre como el aceite!El sábado por la tarde me iré de aquí (pero hasta entonces me gustaría mucho recibir una tarjeta tuya), me quedaré el domingo en Dresde y llegaré por la noche a Praga. No iré por Weimar únicamente por una debilidad que vislumbro a distancia. Recibí una pequeña carta suya con saludos de propia mano de la madre y tres fotografías. En las tres se la ve en distintas posiciones, en relación con las fotografías anteriores son incomparablemente nítidas y ¡es bella!. Y yo iré a Dresde fingiendo obligación y visitaré el jardín zoológico ¡que es donde debiera estar!
Franz

[Franz Kafka, Cartas a Max Brod (1904-1924), traducción de Pablo Diener-Ojeda para Grijalbo Mondadori]
Fuente: DDOOSS

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jueves, 24 de abril de 2008

A veces nos atrae lo desconocido, lo inexplorado, por esa distancia insalvable que nos cobija y nos permite soñar: soñar de verdad: con libertad, sin límites prudentes, sin frenos racionales.
Te sueño en silencio, mi desconocido, y te imagino distinto a todos los demás: tan auténtico, tan puro, tan salvajemente natural, tan alieno a esta aborrecible sociedad de fotocopias, de pomposos envoltorios que encubren profundos vacíos. Me sorprendes, cuando me parece que ya lo conozco todo, y todo es más de lo mismo. Con ese halo de misterio, ese toque de ingenio, ese instinto curioso, explorador, ese punto inconformista, esa mirada crítica, esa postura conciliadora, esa búsqueda de respuestas sin sentido, ese fuego en la mirada, ese alma mitad poeta, mitad pirata. Y te imagino conmigo, en perfecta comunión, surcando mares, sin rumbo ni destino, patriotas de todos y de ningún lugar, experimentando todo lo experimentable, sintiendo todo lo sentible. A veces pienso, mi desconocido, que me gustaría conocerte, y dejar de soñarte desde la barrera, como los cobardes. Pero no puedo. Sé que si traspasara esa frontera, se perdería la magia de este momento: como una burbuja que al tocarla, explota, desintegrando esa ilusión, esa esperanza, devolviéndome de un plumazo, de nuevo, a esa mediocre realidad en la que ni tú ni yo existimos.

_Dedicado a iNsTaNte_aLepH

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viernes, 7 de marzo de 2008

Uranometría


De Johann Bayer. El primer atlas que cubría toda la esfera celeste, publicado en 1603 en Augsburgo, Alemania. Incluía sesenta constelaciones, con un total de mil doscientas estrellas, y dos planisferios. Introdujo lo que se conoce como la designación Bayer, que se sigue usando en la actualidad, por la que se designa a la estrella más brillante de la constelación como alfa, a la segunda en brillo como beta y así sucesivamente.

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miércoles, 5 de diciembre de 2007

Ejército Zapatista de Liberación Nacional

2 de mayo de 1995

A: Eduardo Galeano.
Montevideo, Uruguay.

De: Subcomandante Insurgente Marcos
Montañas del Sureste Mexicano. Chiapas, México.


Señor Galeano:

Le escribo porque... porque me dieron ganas de escribirle. Porque ya pasó el día del niño acá en México y se me ocurre que a usted le puedo platicar lo que acá pasa, en un día del niño, en medio de una guerra sorda. Le escribo porque no tengo ninguna razón para hacerlo y, entonces, puedo así contarle lo que pasa o lo que me viene a la cabeza, sin la preocupación de que no se me vaya a olvidar el motivo de la carta. Porque sí, pues.

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También porque perdí el libro que me regaló y porque ese ratón cambista que suele ser el destino (?) ha repuesto el libro perdido con otro libro. Y porque se me ha quedado bailando en la cabeza una parte de su libro "Las palabras Andantes".

Porque dice así:
"¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?".
Ventana sobre la palabra (VIII), p.262.

Y entonces yo me he recostado para pensar y fumar. Es de madrugada y como almohada tengo un fusil (bueno, en realidad no es un fusil, es una carabina que fue de un policía hasta enero de 1994. Antes servía para matar indígenas, ahora sirve para que no los maten). Con las botas puestas y la pistola recostada a un lado, cerca de la mano, pienso y fumo. Afuera, alrededor de humo y pensamientos, mayo se engaña a sí mismo fingiendo que es junio y hay ahora una tormenta de lluvia, rayos y truenos que logró lo que parecía imposible: callar a los grillos.

Pero yo no estoy pensando en la lluvia, no estoy tratando de adivinar cuál de los relámpagos que está por rasguñar la tela de la noche será el de la muerte, ni siquiera me preocupa que el techito de nylon que cubre mi estancia es demasiado pequeño y se moja la orilla del camastro (¡Ah! Porque resulta que me hice una camita de ramas y horcones, amarrados con bejucos. Lo hice porque la uso de escritorio, bodega y, a veces, para dormir. En la hamaca no me acomodo o me acomodo demasiado, me quedo muy dormido y el sueño profundo es un lujo que, acá, se puede pagar muy caro. En la cama de varillas de palo se está lo suficientemente incómodo como para que el sueño sea apenas un pestañazo).

No, no me preocupan ni la noche, ni la lluvia, ni los truenos. Me preocupa eso de "¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?". El libro me lo mandó la Ana María, una indígena tzotzil que tiene el grado de mayor de infantería en nuestro ejército. Alguien se lo mandó a ella y ella me lo mandó a mí, sin saber que yo perdí un su libro de usted y este libro repone el libro perdido, que no es lo mismo pero tampoco es igual. El libro está lleno de dibujitos en tinta negra y yo creo que así deben ser los libros y las palabras: dibujitos que salen de la cabeza o la boca o las manos y que van y se ponen a bailar en el papel, cada que el libro se abre, y en el corazón cada que el libro se lee. El libro es el regalo más grande que el hombre se ha dado a sí mismo. Pero volvamos a su libro de usted que yo tengo ahora. Lo leí con un cabito de vela que cargaba en la mochila.

El último tramo de pabilo se fue con esa página 262 (¡capicúa!, ¿no? ¿una señal?). Y entonces me recordé la frase aquella de Perón que me mandó y luego mi torpe respuesta y, más después, el libro que me envió. Y aquí la pena de contarle que el libro lo dejé botado en la "graciosa huida" de febrero. Y entonces me llegan este libro y las letras sobre el saber callar. Y yo ya llevo varias noches dándole vueltas al asunto, aun antes de que me llegara el libro. Y me pregunto si no llegó la hora de callar, si no será que ya se pasó el momento y ya no es el lugar, si no es la hora de morir la boca...

Y le escribo esto en una madrugada de mayo, pasado ya el 30 de abril de 1995, que es el día del niño acá en México. Nosotros los niños mexicanos celebramos ese día, las más de las veces, a pesar de los adultos. Por ejemplo, gracias al supremo gobierno, hoy muchos niños indígenas mexicanos celebran su día en la montaña, lejos de sus casa, en malas condiciones de higiene, sin fiesta y con la pobreza más grande: la de no tener un lugar donde recostar el hambre y la esperanza. El supremo gobierno dice que no ha expulsado a estos niños de sus hogares, sólo ha metido a miles de soldados en sus terrenos. Con los soldados llegaron el trago, la prostitución, el robo, las torturas, los hostigamientos. Dice el supremo gobierno que los soldados vienen a "defender la soberanía nacional". Los soldados del gobierno "defiende" a México de los mexicanos. Estos niños no han sido expulsados, dice el gobierno, y no tienen por qué sentirse espantados de tantos tanques de guerra, cañones, helicópteros, aviones y miles de soldados. Tampoco tienen por qué asustarse, aunque esos soldados traigan órdenes de detener y matar a los papás de estos niños. No, estos niños no han sido expulsados de sus casa. Comparten el piso irregular de la montaña por el gusto de estar cerca de sus raíces, comparten la sarna y la desnutrición por el simple placer de rascarse y por lucir una figura esbelta.

Los hijos de los dueños del gobierno pasan su día en fiestas y regalos.

Los hijos de los zapatistas, dueños de nada como no sea su dignidad, pasan su día jugando a que son soldados que recuperan las tierras que les quitó el gobierno, juegan a que siembran la milpa, a que van por leña, a que se enferman y nadie los cura, a que tienen hambre y, en lugar de comida, se llenan la boca de canciones. Por ejemplo, esa canción, que les gusta cantar en la noche, cuando más cerradas son la lluvia y la niebla, y que dice, más o menos así:

"Ya se mira el horizonte,
combatiente zapatista,
el camino marcará
a los que vienen atrás"

Y, por ejemplo, en el horizonte aparece, marcando el paso, el Heriberto. Y atrás del Heriberto, por ejemplo, va el hijito del Oscar que lo llaman Osmar. Y van, los dos, armados de sus dos varitas que pasaron a llevar de un acahual cercano ("No son varitas", dice el Heriberto y asegura que se trata de poderosas armas que son capaces de destruir un nido de hormigas arrieras que está cerca del arroyo y que le picaron al Heriberto y hubo de tomar represalias). Avanzan el Heriberto y el Osmar en columna. Y por el frente opuesto avanza la Eva, armada de un palo que tiene la ventaja de convertirse en muñeca cuando el ambiente es menos bélico. Y detrás de la Eva viene la Chelita, que levanta sus casi dos años apenas unos centímetros del suelo y que tiene unos ojos de venado lampareado que ya desvelarán, alguna noche, al tal Heriberto o al que se deje herir por destello tan moreno. Y atrás de la Chelita va un chuchito (perrito) que de puro flaco parece una marimba diminuta.

Y a mí todo esto me lo están contando, pero como si lo estuviera viendo al Wellington frente a Napoleón en esa película que se llamó "Waterloo" y, creo, salía el Orson Wells y al Napoleón lo derrotaban por culpa de un dolor de panza. Pero aquí no hay Orson que valga, ni flanqueos de infantería, ni apoyo de artillería, ni defensa en cuadro contra las cargas de los de a caballo, porque tanto el Heriberto como la Eva han decidido optar por el ataque frontal y sin escaramuzas ni tanteos previos. Yo estoy a punto de opinar que eso parece batalla de sexos, pero ya se está lanzando el Heriberto sobre la Chelita, evitando la carga directa de la Eva que se ve, de pronto, frente a un Osmar que no la espera cara a cara,, ni de pie sino que está de lado y en cuclillas porque ahí no más le dieron ganas de cagar y la Eva proclama que el Osmar se cagó de miedo y el Osmar no dice nada porque ahora quiere montar el chuchito se le acercó a oler, y en el entretanto la Chelita se puso a llorar cuando vio venir al Heriberto y el Heriberto ahora no sabe qué hacer para que se calle la Chelita y le ofrece una piedrita de regalo ("Acaso es piedrita", dice el Heriberto que asegura que se trata de oro puro) y la Chelita nada que para su chilladera y yo estoy pensando que hasta que le dieron una sopa de su propio chocolate al Heriberto cuando llega la Eva, en maniobra que llaman de "voltear la posición enemiga", y le cae el Heriberto por la espalda (cuando Heriberto ya le está ofreciendo su arma antihormiga-arriera a la Chelita, la cual está considerando la oferta, entre chillido y chillido), y entonces, ¡pácatelas!, la muñeca-arma de la Eva llega en su cabeza del Heriberto y empieza la chilladera, (estereofónica, porque la Chelita se siente estimulada por los gritos del Heriberto y no se quiere quedar atrás), y hay sangre y ya viene la mamá de no sé quien, pero trae un cinturón en la mano y los dos ejércitos se desbandan y el campo de batalla queda desierto y en la enfermería declaran que el Heriberto tiene un chipote del tamaño de su nariz y que, como la Eva está intacta, ganaron la mujeres en esta batalla. El Heriberto se queja de arbitraje parcial y prepara el contra-ataque pero no será hasta mañana porque ahorita hay que comer los frijoles que no llenan ni el plato ni la panza...

Y así pasaron el día del niño, dicen, los niños de un poblado que se llama Guadalupe Tepeyac. En la montaña lo pasaron, porque en su pueblo hay varios miles de soldados defendiendo "la soberanía nacional". Y dice el Heriberto que, cuando sea grande, va a ser chofer de un camioncito y piloto de avión no quiere ser porque, dice, si se le poncha la llanta del carrito, ahí nomás te bajas y te vas caminando, en cambio si se le poncha la llanta al avión no hay para donde hacerse. Y yo me digo que cuando sea grande voy a ser uruguayo-argentino y escritor, en ese orden, y no crea usted que será fácil porque lo que es el mate, no lo puedo tragar.

Pero no era esto lo que yo quería contarle. Lo que yo quería era contarle un cuento para que usted lo cuente:

Me enseñó el Viejo Antonio que uno es tan grande como el enemigo que escoge para luchar, y que uno es tan pequeño como grande el miedo que se tenga. "Elige un enemigo grande y esto te obligará a crecer para poder enfrentarlo. Achica tu miedo porque, si él crece, tú te harás pequeño", me dijo el Viejo Antonio una tarde de mayo y lluvia, en esa hora en que reinan el tabaco y la palabra. El gobierno le teme al pueblo de México, por eso tiene tantos soldados y policías. Tiene un miedo muy grande. En consecuencia, es muy pequeño. Nosotros le tenemos miedo al olvido, al que hemos ido achicando a fuerza de dolor y sangre. Somos, por tanto, grandes.

Cuéntelo usted en algún escrito. Ponga que se lo contó el Viejo Antonio. Todos hemos tenido, alguna vez, un Viejo Antonio. Pero si usted no lo tuvo, yo le presto el mío por esta vez. Cuente usted que los indígenas de sureste mexicano achican su miedo para hacerse grandes, y escogen enemigos descomunales para obligarse a crecer y ser mejores.

Esa es la idea, estoy seguro que usted encontrará mejores palabras para contarlo. Escoja usted una noche de lluvia, relámpagos y viento. Verá cómo el cuento sale así nomás, como un dibujito que se pone a bailar y a dar calor a los corazones que para eso son los bailes y los corazones.

Vale. Salud y un muñequito sonriente, como ésos con los que firma.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

P.D. de advertencia policiaca. Es mi deber informarle que soy, para el supremo gobierno de México, un delincuente. Por lo tanto mi correspondencia puede ser implicatoria. Le ruego que se grabe usted el contenido de la presente, es decir, la encomienda que suplica, y destrúyala inmediatamente. Si el papel fuera de chicle, le recomendaría que lo comiera y, masticando, se pusiera a hacer esas bombitas de chicle que tanto escandalizan a las buenas conciencias, y que demuestran la falta de urbanidad y educación de quien las hace. Aunque hay algunos que las hacen con la esperanza de que una de las bombitas sea lo suficientemente grande como para llevarlo a uno de esa ruta luminosa que, allá arriba, se alarga... como se alargan el dolor y la esperanza sobre el cielo de nuestra América.

P.P.D. improbable. Salude usted de mi parte, si lo ve, al tal Benedetti. Dígale usted, por favor, que sus letras, puestas por mi boca en el oído de una mujer, arrancaron alguna vez un suspiro como esos que echan a andar a la humanidad entera. Dígale también, que quién quita y lo de "Marcos" fue por "el cumpleaños de Juan Ángel".

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Caosmeando

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