La doctora estaba en lo cierto: ningún proceso anormal se desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en los impulsos que habían determinado aquellas líneas sinuosas, se hubiera sorprendido al encontrar un universo tan exuberante: el niño era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado preparaban también sus corceles y sus armas, hasta que el páramo polvoriento se convertía en una selva nutrida de vegetación alrededor de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la larga escala de la voz de Tarzán, que acudía para salvarle saltando de liana en liana, seguido de la fiel Chita. O la selva se transmutaba sin transición en una playa extensa; entre la arena de la orilla reposaba una botella de largo cuello que había sido arrojada por las olas; el niño encontraba la botella, la destapaba, y de su interior salía una pequeña columnilla de humo que al punto iba creciendo y creciendo hasta llegar a los cielos y convertirse en un terrible gigante verdoso, de larga coleta en su cabeza afeitada y uñas en las manos y en los pies, curvas como zarpas.
Pero antes de que la amenaza del gigante se concretara de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las olas del Pacífico, y el niño acompañaba a aquel otro muchacho, hijo del posadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.
Una vez más, la doctora observó perpleja las formas de aquellas ondas. Como de costumbre, no prestaban variaciones especiales. Las frecuencias seguían sin proclamar algún cuadro particularmente extraño.
Las ondas no ofrecían ninguna alteración insólita, pero el niño permanecía insensible al mundo que le rodeaba, como una estatua viva y embobada.
El niño apareció cuando derribaron el cine Mari. Tendría unos nueve años, e iba vestido con un traje marrón sin solapas, de pantalón corto, y una camisa de piqué. Calzaba zapatos marrones y calcetines blancos.
La máquina echó abajo la última pared del sótano (en la que se marcaban las huellas grotescas que habían dejado los urinarios, los lavabos y los espejos, y por donde asomaban, como extraños hocicos o bocas, los bordes seccionados de las tuberías) y, tras la polvareda, apareció el niño de pie en medio de aquel montón de cascotes y escombros, mirando fíjamente a la máquina, que el conductor detuvo bruscamente, mientras le increpaba, gritando:
-Pero qué haces ahí chaval. Quítate ahora mismo.
El niño no respondía. Estaba pasmado, ausente. Hubo que apartarlo. Mientras las máquinas proseguían su tarea destructora, le sacaron al callejón, frente a las carteleras ya vacías cuyos cristales sucios proclamaban una larga clausura, y le preguntaban.
Pero el niño no contestó: no les dijo cómo se llamaba, ni dónde vivía. No les dio atisbo alguno de su identidad. Al cabo, se lo llevaron a la comisaría. Aquel raro atildamiento de maniquí antiguo, y el perenne mutismo, desconcertaban a los guardias. Al día siguiente, las dos emisoras daban la curiosa noticia, y en el periódico, por la mañana, salió una fotografía del niño, con su rictus serio y aquelos ojos fijos y ausentes.
La doctora puso en marcha el aparato y comenzó a oirse otra vez el cuento. En el niño hubo un breve respingo, y sus ojos bizquearon levemente, como agudizando una supuesta atención cuyo origen tampoco podía ser comprobado. Tanto los sonidos reproducidos a través de algún instrumento como las imágenes proyectadas de modo artificial, le hacían reaccionar del mismo modo, y producían unas ondas como de emoción o súbito interés. La doctora suspiró y le palmeó las pequeñas manos, dobladas sobre el regazo.
-Pero di algo.
El niño, una vez más, permanecía silencioso y absorto.
Al parecer su nombre era Pedro. Al poco tiempo de haberse publicado la foto en los periódicos, una señora llorosa se presentaba en la redacción con la increíble nueva de que el niño era hijo suyo, un hijo desaparecido hacía treinta años. La señora era viuda de un fiscal notorio por su dureza. Le acompañaba una hija cuarentona. Extendió sobre la mesa del director una serie de fotas de Primera Comunión en que era evidente el parecido. Acabaron por entregarle el niño a la señora, al menos mientras el casao se aclaraba definitivamente.
El hecho de que un niño desaparecido treinta años antes (en un suceso misterioso que había conmovido a la ciudad y en el que se había aludido a causas de venganzas oscuras) apareciese de aquel modo, como si sólo hubiesen transcurrido unas horas, era tan extraño, tan fuera del normal acontecer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella identidad, ni la prensa ni la radio volvieron a hacerse eco de la noticia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo lo monstruoso del caso.
Sin embargo, el asunto era objeto de toda clase de hipótesis, comentarios y conclusiones en mercados y peluquerías, oficinas y tertulias y, por supuesto, en cada uno de los hogares. Hasta tal punto el tema parecía extraño, que los amigos de la familia dudaban entre darle a la madre la enhorabuena o el pésame.
Al aparecido le llamaron el "niño lobo" desde que ingrsó en la Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la denominación, ya que no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese ser asimilado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de catatonía, de rara estupefacción. Sin embargo, las extrañas circunstancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún remoto entorno, virgen de presencia humana.
Puso música y el niño tuvo otro pequeño sobresalto. Era un niño muy guapo. Ahora la miraba como si quisiera decirle algo, pero ella sabía que era inútil animarle. Aquella supuesta intención era sólo una figuración suya. El desconocido pensamiento del niño estaba muy lejos. Era una verdadera pena.
-Hoy te voy a llevar al cine -dijo la doctora.
Primero, le reconocieron en la Residencia. Luego, la familia le había trasladado a Madrid, buscando esa mayor ciencia que siempre en provincias se atribuye a la capital. Pero no hubo mejores resultados. Cuando volvió, el niño mantenía la misma presencia atónita y, aunque las hermanas hablaban de llevarle a California (donde al parecer las cosas del cerebro estaban muy estudiadas), la madre se había acostumbrado ya a la presencia inerte de aquel gran muñeco de carne y hueso, y posponía la decisión de separtarse de él.
De vuelta a la ciudad, el niño seguía subiendo a la Residencia, donde la doctora le miraba todas las semanas. La doctora era bastante joven, y se estaba tomando el caso con mucho interés. Además de las connotaciones médicas del asunto, le fascinaba la impasibilidad de aquel pequeño ser mudo, cuyos ojos parecían mostrar, junto a un gran olvido, un desolado desconcierto.
La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier imagen o sonido proyectado a través de medios artificiales, le había sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen rural, de un internado severo de monjas y de una carrera realizada con bastantes esfuerzos y con poco tiempo de ocio. Sus descansos vespertinos solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y sólo de modo ocasional asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los compañeros proclamaban como verdaderamente importante.
La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que rodeaban al Emperador. Al parecer se trataba de una de esas películas de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas para el público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.
La doctora se proponía observar cuidadosamente al niño a lo largo de toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.
Le observó durante los primeros minutos de proyección. El niño se había acurrucudo en la butaca y observaba la pantalla con avidez de apariencia inteligente. Mientras tanto la historia comenzaba a desarrollarse. Una espectacular nave perseguía a otra navecilla por el espacio infinito, fulgurante de estrellas, muy bien simulado. La nave perseguidora hace funcionar su artillería. La pequeña nave es alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio de poderosos mecanismos. El vencedor llega para conocer a su presa. Es una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro parecido al del ejército, cuyo rostro está cubierto por una máscara metálica, también negra, que recuerda en sus rasgos una mezcla imprecisa de animales y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas antigás.
Entonces el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la doctora. Ella sintió la sorpresa de aquel gesto con un impacto más que físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de las grandes imágenes multicolor. En los ojos infantiles persistía aquella mirada inteligente, absorta en la peripecia óptica, y la doctora sintió una alegría esperanzada.
La princesa ha sido capturada, aunque ha conseguido lanzar un mensaje que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan a un desierto reverberante, cuya larga soledad sólo presiden los restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.
Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella extraña aventura y no percibió que el niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multicolor, ascendía por la rampa de la nave, conseguía introducirse en ella como disimulado polizón.
La nave recorría rápidamente el espacio oscuro, lleno de estrellas, que la rodeaba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para prevenir la aparición del enemigo.
Al fin, la doctora se dio cuenta de que el niño había soltado su mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana desaparición primera, la busqueda fue completamente infructuosa.
Aquí escribes el resto del contenido
Pero antes de que la amenaza del gigante se concretara de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las olas del Pacífico, y el niño acompañaba a aquel otro muchacho, hijo del posadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.
Una vez más, la doctora observó perpleja las formas de aquellas ondas. Como de costumbre, no prestaban variaciones especiales. Las frecuencias seguían sin proclamar algún cuadro particularmente extraño.
Las ondas no ofrecían ninguna alteración insólita, pero el niño permanecía insensible al mundo que le rodeaba, como una estatua viva y embobada.
El niño apareció cuando derribaron el cine Mari. Tendría unos nueve años, e iba vestido con un traje marrón sin solapas, de pantalón corto, y una camisa de piqué. Calzaba zapatos marrones y calcetines blancos.
La máquina echó abajo la última pared del sótano (en la que se marcaban las huellas grotescas que habían dejado los urinarios, los lavabos y los espejos, y por donde asomaban, como extraños hocicos o bocas, los bordes seccionados de las tuberías) y, tras la polvareda, apareció el niño de pie en medio de aquel montón de cascotes y escombros, mirando fíjamente a la máquina, que el conductor detuvo bruscamente, mientras le increpaba, gritando:
-Pero qué haces ahí chaval. Quítate ahora mismo.
El niño no respondía. Estaba pasmado, ausente. Hubo que apartarlo. Mientras las máquinas proseguían su tarea destructora, le sacaron al callejón, frente a las carteleras ya vacías cuyos cristales sucios proclamaban una larga clausura, y le preguntaban.
Pero el niño no contestó: no les dijo cómo se llamaba, ni dónde vivía. No les dio atisbo alguno de su identidad. Al cabo, se lo llevaron a la comisaría. Aquel raro atildamiento de maniquí antiguo, y el perenne mutismo, desconcertaban a los guardias. Al día siguiente, las dos emisoras daban la curiosa noticia, y en el periódico, por la mañana, salió una fotografía del niño, con su rictus serio y aquelos ojos fijos y ausentes.
La doctora puso en marcha el aparato y comenzó a oirse otra vez el cuento. En el niño hubo un breve respingo, y sus ojos bizquearon levemente, como agudizando una supuesta atención cuyo origen tampoco podía ser comprobado. Tanto los sonidos reproducidos a través de algún instrumento como las imágenes proyectadas de modo artificial, le hacían reaccionar del mismo modo, y producían unas ondas como de emoción o súbito interés. La doctora suspiró y le palmeó las pequeñas manos, dobladas sobre el regazo.
-Pero di algo.
El niño, una vez más, permanecía silencioso y absorto.
Al parecer su nombre era Pedro. Al poco tiempo de haberse publicado la foto en los periódicos, una señora llorosa se presentaba en la redacción con la increíble nueva de que el niño era hijo suyo, un hijo desaparecido hacía treinta años. La señora era viuda de un fiscal notorio por su dureza. Le acompañaba una hija cuarentona. Extendió sobre la mesa del director una serie de fotas de Primera Comunión en que era evidente el parecido. Acabaron por entregarle el niño a la señora, al menos mientras el casao se aclaraba definitivamente.
El hecho de que un niño desaparecido treinta años antes (en un suceso misterioso que había conmovido a la ciudad y en el que se había aludido a causas de venganzas oscuras) apareciese de aquel modo, como si sólo hubiesen transcurrido unas horas, era tan extraño, tan fuera del normal acontecer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella identidad, ni la prensa ni la radio volvieron a hacerse eco de la noticia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo lo monstruoso del caso.
Sin embargo, el asunto era objeto de toda clase de hipótesis, comentarios y conclusiones en mercados y peluquerías, oficinas y tertulias y, por supuesto, en cada uno de los hogares. Hasta tal punto el tema parecía extraño, que los amigos de la familia dudaban entre darle a la madre la enhorabuena o el pésame.
Al aparecido le llamaron el "niño lobo" desde que ingrsó en la Residencia, aunque la doctora señalaba lo impropio de la denominación, ya que no manifestaba ningún comportamiento por el que pudiese ser asimilado a aquel tipo de fenómenos, sino sólo una especie de catatonía, de rara estupefacción. Sin embargo, las extrañas circunstancias de su aparición, aquella presencia alucinada, sugerían realmente que el niño hubiese sido recuperado fortuitamente de algún remoto entorno, virgen de presencia humana.
Puso música y el niño tuvo otro pequeño sobresalto. Era un niño muy guapo. Ahora la miraba como si quisiera decirle algo, pero ella sabía que era inútil animarle. Aquella supuesta intención era sólo una figuración suya. El desconocido pensamiento del niño estaba muy lejos. Era una verdadera pena.
-Hoy te voy a llevar al cine -dijo la doctora.
Primero, le reconocieron en la Residencia. Luego, la familia le había trasladado a Madrid, buscando esa mayor ciencia que siempre en provincias se atribuye a la capital. Pero no hubo mejores resultados. Cuando volvió, el niño mantenía la misma presencia atónita y, aunque las hermanas hablaban de llevarle a California (donde al parecer las cosas del cerebro estaban muy estudiadas), la madre se había acostumbrado ya a la presencia inerte de aquel gran muñeco de carne y hueso, y posponía la decisión de separtarse de él.
De vuelta a la ciudad, el niño seguía subiendo a la Residencia, donde la doctora le miraba todas las semanas. La doctora era bastante joven, y se estaba tomando el caso con mucho interés. Además de las connotaciones médicas del asunto, le fascinaba la impasibilidad de aquel pequeño ser mudo, cuyos ojos parecían mostrar, junto a un gran olvido, un desolado desconcierto.
La evidente influencia que producía en el cerebro del niño cualquier imagen o sonido proyectado a través de medios artificiales, le había sugerido la idea de llevarle al cine. La doctora era poco aficionada al cine, sobre todo por una falta de costumbre que provenía de su origen rural, de un internado severo de monjas y de una carrera realizada con bastantes esfuerzos y con poco tiempo de ocio. Sus descansos vespertinos solía emplearlos en la lectura de temas vinculados a su profesión, y sólo de modo ocasional asistía a la proyección de alguna película que la publicidad o los compañeros proclamaban como verdaderamente importante.
La idea le surgió al ver las largas colas llenas de niños que rodeaban al Emperador. Al parecer se trataba de una de esas películas de enorme éxito en todas partes, que se pregonan como muy apropiadas para el público infantil, con batallas espaciales y mundos imaginarios.
La doctora se proponía observar cuidadosamente al niño a lo largo de toda la sesión, escrutando el pulso, la respiración y otras manifestaciones físicas del posible impacto que la visión de la película pudiese tener en aquel ánimo misteriosamente ajeno.
Le observó durante los primeros minutos de proyección. El niño se había acurrucudo en la butaca y observaba la pantalla con avidez de apariencia inteligente. Mientras tanto la historia comenzaba a desarrollarse. Una espectacular nave perseguía a otra navecilla por el espacio infinito, fulgurante de estrellas, muy bien simulado. La nave perseguidora hace funcionar su artillería. La pequeña nave es alcanzada por los disparos de raro zumbido, y atrapada al fin por medio de poderosos mecanismos. El vencedor llega para conocer a su presa. Es una estampa atroz: una figura alta, oscura, con un gran casco negro parecido al del ejército, cuyo rostro está cubierto por una máscara metálica, también negra, que recuerda en sus rasgos una mezcla imprecisa de animales y objetos: ratas, mandriles, cerdos, caretas antigás.
Entonces el niño extendió su mano y sujetó con fuerza la de la doctora. Ella sintió la sorpresa de aquel gesto con un impacto más que físico. Exclamó el nombre del niño. Le observó de cerca, al reflejo de las grandes imágenes multicolor. En los ojos infantiles persistía aquella mirada inteligente, absorta en la peripecia óptica, y la doctora sintió una alegría esperanzada.
La princesa ha sido capturada, aunque ha conseguido lanzar un mensaje que sus perseguidores no advirtieron. Mientras tanto, sus robots llegan a un desierto reverberante, cuya larga soledad sólo presiden los restos de gigantescos esqueletos. El cielo está inundado de un extraño color, en un crepúsculo de varios soles simultáneos.
Sin darse cuenta, la atención de la doctora se distrajo en aquella extraña aventura y no percibió que el niño había soltado su mano, y atravesaba la oscuridad multicolor, ascendía por la rampa de la nave, conseguía introducirse en ella como disimulado polizón.
La nave recorría rápidamente el espacio oscuro, lleno de estrellas, que la rodeaba como un cobijo. Los héroes vigilaban el fondo del cielo para prevenir la aparición del enemigo.
Al fin, la doctora se dio cuenta de que el niño había soltado su mano y volvió la cabeza a la butaca inmediata. Pero el niño ya no estaba y, del mismo modo que había sucedido en aquella lejana desaparición primera, la busqueda fue completamente infructuosa.
viernes, 19 de febrero de 2010
El niño-lobo del cine Mari
domingo, 31 de enero de 2010
Carta en la defensa de Balboa ante Vuesa Grandeza el Cardenal Cisneros
Un cuento de Roberto Pérez-Franco
Vuesa Santidad Exelentísimo Cardenal Cisneros, encargado de la Corona de la Grande Hispania, recibid deste criado vuestro todo el respeto que vuesa alta figura os meresce e que vuestro cargo os confiere, e nuestras sinceras manifestaciones de aprecio e lealtad á la muy fermosa e soberana reina, la Altísima Doña Johana, que Dios la colme de vida e bendiga mil veces su locura, ya que de amores proviene. Sabed vuesa merced que nos causó á todos los cristianos asentados en estas Indias grande dolor e cuita la noticia de la muerte de su Alteza Fernando el Católico, hombre santo e rey magnífico, que Dios guarde en Su gloria. Por su ánima se fizo una misa en esta ciudad de Santa María la Antigua del Darién, e fue grande lamentación e tristeza el perdelle. Maguer la Corona reposa agora en buenas manos, puesto que vos, Santidad, os habéis fecho cargo para provecho de la Hispania, e para prez e honra de Dios nuestro Señor.
Quien esta misiva os escribe, como súbdito manso e respetuoso de vuestra grandeza, es Joachím de Muñoz, ciudadano de Santa María la Antigua del Darién, piloto y explorador, e grande amigo del Adelantado e Descubridor de la Mar del Sur, Vasco Núñez de Balboa, á quien vos ya conocéis por aquesta gran fazaña que realizase ha seis años. Os escribo para daros cuenta e noticia de la grande injusticia, que por odio oscioso e vil, en aquestas tierras del Darién, que vuesa grandeza rige e reina, comete el gobernador Pedrarias Dávila, e para pediros socorro, e que intervináis con vuestro poder para salvar las vidas á quiénes más luengas las merescen.
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Pocos días ha que Pedrarias Dávila, Gobernador de Santa María, mandó encarcelar á Vasco Núñez, Virrey de la vuesa Corona, e á otros amigos dél, entre los cuales me cuento, por falsos cargos de conspiración e traición, e blandiendo calumnias inauditas en nuestra contra. Aqueste Pedrarias, que los salvajes e aún los mesmos cristianos miran con recelo e mala voluntad por su avaricia e crueldad, enfurecióse tanto de celos e de tan mala manera contra el de Balboa, que non cejó de interrumpille en sus empresas e agora le pone cadenas, non habiéndo Balboa cometido más pecados que ser bien amado por los indios e respetado por todos los españoles.
Yo e muchos otros cristianos conocemos bien al Vasco, e damos fé de ser en todo extremo falso lo que Pedrarias arguye, como os lo haré saber en seguida. Os relataré lo que ha sucedido, faciéndo hincapié en las menudencias, que en ellas recae grande parte de la claridad de toda verdad.
Llegé á estas tierras de Veragua en carabela del Gobernador Diego de Nicuesa, en el año de mil e quinientos e nueve. Viaje tan desafortunado non lo vide jamás en el mundo. Dello culpo yo al mesmo Nicuesa e á Olano, que de haber sido hombres prudentes e sabios, como lo es Balboa, agora sería otra la nuestra suerte. En llegando á estas costas, dímosle yo e otros pilotos á Nicuesa la noticia de ser la tierra que veíamos la de Veragua, su gobernación. Pero por non creello este Nicuesa e porfiar en navegar más adelante, nos envió el cielo una terrible tormenta, que se puso tan recia e feroz que los cristianos gritaban al cielo clamando perdón. Del cielo llovía fuego, e las olas que se alzaban asemejaban montañas de agua que se nos venían encima con ira á destrozarnos; en toda mi vida non vide jamás la mar tan bravía, que más de una vez volví las tripas e todos andaban mudados de la color e faciendo ofrecimientos de romerías á sus santos, fasta vernos varias veces de frente á la muerte mesma. La tormenta desmembró la flota, e muy poco nos buscamos en quanto hubo terminado, creyéndonos cada uno que los otros eran muertos, ahogados en el fondo de la mar. Yo quedé en nave de Nicuesa, en la que viajaba. Los de Olano, quando nos reunió la mano del Señor, contaron que nos procuraron e non fallándonos se retiraron un tanto á tierra, varándose las naos e ahogándose catorce hombres. En construyendo unas chozas, otra tormenta se las arrastró á la mar, e muchos enfermaron de calor e de hambre, feridos o picados por los bichos destas tierras, que son muy venenosos, cuasi tanto como la hierba de las flechas de los indios. Non encontraron oro, ni comida, ni bastimento alguno en los poblados indios, por miedo á entrar á ellos; e fue tanta la hambre entre los cristianos, que llegaron á comerse las partes que arrojó con el potrillo una yegua que se les parió por aquellos días. Á los que con Nicuesa íbamos, non fuenos más próspera la suerte. Entramos en un río para resguardarnos de la tormenta, e al bajar la mar varósenos la carabela, partiéndose en dos, e perdiéndose en el río comidas, armas e demás bastimentos. Caminamos desnudos e descalzos, con grande molimiento, por medio de lodos e selvas, con una barca como toda hacienda. Para dar quehacer á las tripas, devorábamos camarones e mariscos crudos, e hierbas silvestres. Anduvimos mucho tramo, fasta que llegamos á una parte de tierra en que non pudimos seguir más, e nos encomendamos á Dios porque creímonos morir. El Señor escuchó nuestras plegarias, pues unos marinos, encabezados por un mozo que nombran Rivero, se amotinó y escapó con la barcaza , buscando socorro e ayuda en los hombres de Olano, que nos pusieron á salvo á poco tramo de haber fecho aquesto Rivero. Nicuesa era hombre bueno de cortes e palacios, pero malo para el mando e la mar. Poco fizo falta para ver al teniente Olano en la horca, sino intercediécemos los cristianos por él, perdonándole Nicuesa de la muerte, maguer encadenándolo injustamente, pues le culpaba de non habelle buscado tras la tormenta.
Aqueste Nicuesa -que Dios perdone su torpeza- fizo perderse la cosecha que los soldados de Olano habían sembrado mientras nos hallaban; e á pocos días, por una liviandad, perdió veinte hombres, feridos con las flechas untadas de hierba de los indios, questas flechas con abrir las carnes un tramo non ha salvación alguna. Desto saco yo que nunca fue el Gobernador Nicuesa hombre de provecho para la Corona, sino que causó muchas muertes e pérdidas entre los cristianos que á sus órdenes viajábamos. Construyó Nicuesa un fuerte, que llamó Nombre de Dios, mas en él las lagartijas, los bichos e los camarones crudos seguían siendo manjares. Fasta que llegó un día, con grande gala e pompa, el lugarteniente del Gobernador, nombrado Rodrigo de Colmenares, á pedille que fuese á priesa á gobernar una tal Santa María, que solía ser de la gente de Ojeda e de Enciso. Nicuesa cuasi lo besó, llorando como una mujer, que fue grande contento el escuchalle aquella noticia, estando tan desnudos e mal parados, en desgracia e pobreza extrema, enfermos e molidos todos nosotros, e débiles de hambre e calores. Parecióle entonces á Nicuesa facer gala de grande mando e poderío, llegando con garrote á Santa María, enviando embajada delante para que le anunciase la llegada. Pero, como me entreré yo más tarde, aquesta embajada dió aviso á los de Santa María, que comandaban por alcaldes un tal Zamudio y estotro que sería mi amigo, Vasco de Balboa, que en previendo queste Nicuesa venía á desproveellos del pueblo, bienes e oro, e á tomalles non con gratitud sino con ira, non le rescebieron en tierra. Yo vide á Nicuesa como espantado, sin poder fablar palabra por largo tiempo, de pura sorpresa e desencanto. Les lisonjeó e obtuvo licencia de bajar á discutir como hidalgos aqueste desplante, e desembarcó pero non los convenció de su parescer. Abordó nuevamente, e deste punto á unos días lo apresaron e le embarcaron en un bergatín maltrecho, obligándole á navegar mar adentro, que si non lo facía le darían muerte. Los leales de Nicuesa se partieron con él; yo e otros cristianos nos quedamos en Santa María, bajo las órdenes de Vasco Núñez. Aqueste Nicuesa agora reposará en el fondo destas mares.
En Santa María fice migas con Balboa, que es hombre de buen trato, muy gentil e amable. Lo que agora escribo, contómelo él de su propia boca, e muchos otros cristianos amigos suyos, que tiene muchos; e os lo relato, Alto Cardenal, para que conozcáis la tenacidad e avilidad deste grande hombre. Embarcóse en Cadiz, en la flotilla de un caballero nombrado Bastidas, que recorrió estas fermosas tierras todas, ha cerca de veinte o menos años. Asentóse á probar suertes en la Hispaniola, pero unas malas amistades e su poca malicia le ficieron endeudarse. Porque deberé deciros, Soberano Señor, queste Balboa non tenía en aquellos años mucha malicia, en merced de ser él un hombre bueno, e non esperar mal de nadie. Fuyido de la Hispaniola por non poder pagallas, se coló en una nave del Bachiller Enciso. Gracias á este Balboa pudieron los hombres de Enciso hallar el lugar en donde agora se encuentra Santa María, porque él lo vido quando navegó aquestas aguas con Bastidas; e fasta el nombre de Santa María, fue instigación de Vasco Nuñez, por le cumplir una promesa á la Santa e colocallo. Enciso, como Nicuesa, era de sangre mudable e altanero, mal gobernante, tal vez por nombrallo Nicuesa; e á Nicuesa tal vez por nombrallo el Rey tan de lejos e tan sin conocelle ni tratalle. Lo cual, vido por los hombres, pareciéndoles que allí venía bien usar de la fuerza que la unión confiere, e dirigidos por Vasco, en grande revuelta e pelanza, aprisionaron á Enciso e le confiscaron los bienes, pues el pueblo non gustaba dél por ser un bellaco e non querer compartir el oro entre todos, como era justicia; e á pocos días se retiró por voluntad á la Hispaniola, cuidando la suya vida. Esto si lo vide yo, por estar á la sazón asentado en Santa María.
Con Enciso, envió Balboa á dos hombres á daros referencias de lo que acontecido había, e pidió la gobernación interina destas tierras del Darién, que muy merecida se tenía. Además envió mil e dos cientos pesos de oro, como lo manda la vuesa Corona, en término del quinto real; e aquí aprovecho e os digo que nunca faltó Balboa á esta ni á otra alguna disposición de los Reyes Católicos, que la gloria de Dios descansen, pues los tenía en mucha estima e amaba mucho.
Muchas e muy grandes cosas fizo Balboa mientras gobernó Santa María. Debo deciros que aqueste mi amigo, Balboa, se asemeja más á los indios que á los españoles. Non de cuerpo, pues es alto e de muy bella semblante, bien barbado e mejor formado de miembros, piel blanca e voz poderosa; e creo yo questa belleza de cuerpo es la que carcome de envidias á los hombres menguados como Pedrarias, Enciso e Nicuesa, e los encabrita contra él; aquesta belleza e la gloria que corona el nombre de Nuñez. Es en la mansedumbre en que Vasco se asemeja á los naturales destas luengas tierras, y en el buen corazón. Me viene á la memoria una jornada en que un Teniente nombrado Pizarro, hombre de Balboa, encabezando una expedición, abandonó en la fuyida á un español capturado por los indios. Grande ira tomó Vasco Núñez e tornó colorada la semblante, reprimiéndole fuerte mente, fasta quel mesmo Pizarro se avergonzó e pidió perdón. El Adelantado le envió á buscalle, e Pizarro le trujo. Aunque non es de temer quedar cautivo de algunos destos indios, porque muchos son humanísimos e dan buen tractamento á los cristianos; solo quando los soldados de Hispania han fecho alarde de bravura e avaricia, matando como suelen facello, á diestra e siniestra sin perdonar mujeres o niños, e prendiendo fuego á las aldeas, es que los indios sienten merced de defenderse o de tomar venganza. De aquesto que fablo, de la mansedumbre e buena voluntad de los indios, pueden dar fé dos hombres de Nicuesa que naufragaron e se perdieron en estas selvas; pues los indios de un cacique nombrado Careta les recataron, e Careta mesmo les fizo grande rescebimento, e les pintaron de colorado, e les dieron mujeres e comida, que fue mucha delectación e contento.
Muchas e muy grandes empresas, ha fecho Vasco Núñez en aquestas costas e montañas, siendo las más grandes e gloriosas, e las de más provecho para la Corona, las incursiones á tierras de los caciques, e las construcciones de ciudades e carabelas en plena selva, á pesar de ser estas selvas como el mesmo infierno. La vista prima de la mar del Sur non es sino un broche de oro con que sella aqueste hombre su gloria. Y es desta tanta gloria ajena de la que muere Pedrarias, consumido de mucho envidialla e non poseella. En aquestas entradas á los caseríos indios es do se vido la grande diferencia entre Balboa e los que vinieron después dél. Balboa fizo muchos amigos indios entre los jefes que mandaban las tierras, que nombran caciques, obteniendo mucho oro, comidas e ayuda para andar por los montes, e todo esto de buena gana las más veces, e derramando cuasi nada de sangre de indios e de cristianos. Porque con Nicuesa e con Olano vide yo que de más de siete cientos de cristianos que embarcaron, apenas sobrevivimos setenta o menos soldados; pero á Balboa, quando cruzó la montaña para ver la mar del Sur, en una jornada de más de un mes á través de la selva más horrible que podáis imaginaros, non muriósele ni una sola ánima.
Un pacto fizo una vez el Vasco, quando apenas empezaba en aquestas empresas de explorar tierras, con el cacique Careta que arriba nombré, pues éste tenía querellas con estotro cacique nombrado Ponca, muy feroz e poderoso. Balboa le requería alimentos, pero Careta non púdoselos dar por estar puesto en pobreza por la guerra. Por su parte, Balboa ayudaría á Careta á vencer á Ponca, e non tuvo ningun esfuerzo en facello; e por parte de Careta, suministraría comidas e otros víveres á los cristianos. En firma del pacto, como suele facerse, Careta nos entregó, para nos placer á nuestra guisa e talante, varias indias mozas muy fermosas e de bellas caras; á Balboa le entregó, como gesto especialísimo e con mucho encomendamento, á su propia hija, nombrada Anayansi, mozuela muy joven y en todo extremo fermosa. E á mí, porque me vido Careta muy amigo de Balboa, me fizo la merced e me entregó una india, crecida en su casa, para mis placeres e mi compañía (pues el cristiano anda muy solo en estas tierras), cosa que non fizo con los demás españoles, á excepción de Balboa, conviene saber, asignar una india á un español específico. Según conocí más adelante, mi india se nombraba Yovaná, y era cuasi tan fermosa como Anayansi, de muy nobles rasgos e de poca más edad que estotra. Ella me acompaña fasta el día de hoy, e non tengo recelo en confesar que me enamoré desque la vido aquel día e que aún hoy le amo, pues non es falaz como las españolas y es muy bella, e me fío más della que de mí mesmo; sabed quella está conmigo agora en mi prisión, e acaricia mis cabellos mientras os escribo esta misiva. Con esto veréis, Alto Cardenal Cisneros, quán mansos son estos indios e amorosas estas indias. Era tanta la belleza desta Anayansi, que á poco Balboa se enamoró perdidamente della, conociéndole nosotros sus amigos que era un amor cierto, e non placer de la carne. Aquestas indias que entregó Careta, gustaron mucho á los españoles, por ser mejores que las españolas en los amores, de bocas sanas, carnes firmes e cuerpos bien provistos; muchas españolas celaron los amores de los soldados, e más de una se amancebó con indio, alegando que era en despecho, más entendiendo todos los cristianos ser aquesto por propio placer e agrado dellas.
Balboa trata á la india Anayansi como su mujer, faciendo ella amistad conmigo e con otros cristianos cercanos á Balboa, pero nunca le ha sido ella infiel, questo se sabe rápidamente entre los soldados, ni deja Vasco que español o indio alguno le importune o le requiera de amores. Es su mujer, cual si su esposa de matrimonio fuese, y él la ama como á su vida. Por los favores desta princesa Anayansi, que se le llama princesa por ser su padre soberano de aquel pueblo, aprendió el Adelantado á fablar en indio, e ansí se entendía con muchos dellos, que paresce que non todos fablan la mesma lengua. E por los amores della, le vimos más de una vez tratar á los indios con tanto cuidado como si fuesen españoles; pienso para mí que por ser los indios fieles e los españoles á veces traicioneros. Ha poco Garavito, un amigo de Balboa -que Dios le dé mala muerte-, que resultó falaz , traicionó á Balboa, e nosotros sabemos que fue por deseos de poseer á la Anayansi e porque ella le había rechazado, queriendo vengarse el español traicionando á Vasco Núñez. Balboa le ama bien, non solo por ser fermosa e buena en los amores, sino por habelle salvado ella una vez la vida; quando unos caciques reunidos conspiraban para dalle muerte. Un hermano de Anayansi le dio aviso para que se pusiese ella á salvo, pero la india, corriendo grande peligro su vida, se fue á escuras donde estaba Balboa e le confesó los planes de los indios de matalle; e atacó ansí Balboa primero e ganó la batalla antes de empezalla. E los indios non dieron en la manera en que adivinó Balboa el ataque, e le creyeron más aún un dios o un brujo muy poderoso.
En este punto ha de saber vuesa merced que los indios, con poca malicia, creen ser Vasco Nuñez un dios, como lo confesare el hermano de Anayansi quando acaeció lo del ataque descubierto. Fabló el indio razones con las que dio á entender que los de su raza se espantan al ver las esplendentes armas e las alburas de la armadura del Adelantado, e por velle montado en bestia, pues Balboa posee en aquestas tierras un caballo fermoso, negro como la noche, brioso como el demonio e veloz como el trueno, porque con aquesto terminan los indios de horrorizarse e de tenello por dios o diablo. Le temen e le respetan, llamándole Tibá, que en cristiano quiere decir Señor; adjudícanle ansí grande poder e facultades adivinatorias.
No os aburriré con detalles de las incursiones deste Balboa por las tierras del Darién, porque son muchas e muy diversas. Pero deberé deciros que ningún español que capitanée los exércitos de vuesa Corona podrá lograr lo que logra Balboa, e que sería un grande error de vuesa parte el perdello, además de ser una grande injusticia, por non haber razones verdaderas para aprisionalle á él, o á nosotros, pues más servir á la Corona e á los Reyes non hemos podido.
Balboa face la paz con los indios que le reciben, e sabe someter á los que se resisten, sin enemistarse con ellos más allá de la batalla e trocándolos pronto en aliados. Los que vinieron después dél, como Juan de Ayora, el mesmo Garavito que arriba mencioné, los dos Dávila, sobrino e tío, un señor Morales, otro nombrado Becerra e otros más, desficieron presto las amistades que Balboa había fecho entre los indios (que andan desprevenidos creyendo questos otros españoles son amigos como Balboa), matando varios cientos, robando e quemando á su paso, e perdiendo con esto los alimentos e la ayuda que los indios proporcionaban, faciendo decaer la próspera Santa María al poco tiempo, para, según yo veo, non se levantar jamás. Los indios, agora que arribaron los hombres que Pedrarias manda, han fuyido á los montes e non quieren saber ni ver á los cristianos, de puro terror.
Balboa es hombre avilísimo e prudente, e sabe andar por estas tierras, de noche e de día, tanto e tan bien que dicen los cristianos que tiene pacto con el Maléfico, pues los indios non le sorprenden á él, como es usanza por estas indias occidentales, sino queste Balboa les llega de sorpresa en medio deste infierno de selvas, que es cosa de maravillas, por lo que los indios creen que es adivino. Además es hombre prudente, y sus soldados se andan confiados quando él los guía, pues Balboa vence á la selva e los lleva con bien. Con él al mando, todos esperan felice suceso. Á tal punto le quieren e le estiman los españoles, que en queriendo ir Balboa con una embajada á España, non le dejaron los cristianos, diciendo que su prescencia valía más que la de cien españoles para defenderse de los indios. Esto es con Balboa, pues es hombre capaz; mas yo vide morir varios cientos de hombres de Nicuesa e de Olano, e muchos otros bajo el mando de otros capitanes, por deslices e liviandades tontas, propias de imprudentes soeces e non de hombres de mando.
Balboa sabía andar por los montes e indagar á los indios que eran amigos suyos, pues fablaba algo de su lengua; e gracias á un mozo joven, hijo del cacique Comogre, de nombre Panquiaco, fue que supo Balboa de la mar del Sur. Este mozo indio nos guió e acompañó fasta la otra mar quando la empresa estuvo lista para partir. Yo os aseguro, Venerable Cardenal Cisneros, que nadie sino Balboa hobiese descubierto aquesta mar fermosa, por varias razones, conviene saber: por non habelle los indios confiado la existencia désta á un español que non los tratase de amigos como Balboa, por non haber sido capaz otro español de organizar con tan pocos hombres una expedición tan magna e grande, e por non haber podido otro español contar con la ayuda destos indios, que de buena gana nos acompañaron quando fuimos con Balboa, e de trocar en aliados á los caciques que topase en el viaje, como lo fizo Balboa.
Deberéis saber, Alto Señor, que las llamas del infierno son más placenteras e sanas questas selvas del Darién. Árboles altísimos las coronan, e lianas e arbustos las encierran. Lodazales inmensos, infestados de bichos extraños, en su mayoría venenosos, son el piso donde caminan los cristianos. Montes infinitos, sin derroteros, densos como la mirada de las moriscas, mortales como la lengua de los blasfemos, se extienden en todos los rumbos. Crescen aquí las hierbas que los indios untan en sus flechas. Unos mosquitos vide yo que do pican, aparesce una roncha colorada que cresce con el tiempo, pudriéndose en derredor la carne á pocos días, e muriendo el hombre ardiendo en fiebre e despedazado en podredumbre; non valen para estas picadas fierros rugientes que quemen la carne ni bálsamos de ninguna clase. Aguas terribles son aquestas que corren á través del Darién, que si uno las bebe, vuelve las tripas fasta morir, sin poder facer nada para evitallo, cada vez de una color más escura, acabando e moriendo pálido e flaco á los pocos días. ¡Plugo á Dios que nos ampare! Vide yo una rana venenosa que con arrojar una leche sobre un cristiano, le quita la vida antes que diga amén. Son los calores destas tierras como los del horno del herrero, e las noches e días plagados de mosquitos. Se pasa mucha hambre, pues muchas de las hierbas son venenosas e las más desconocidas; si non es por la comida que consigue Vasco en sus pactos con los caciques, nos muriesemos de hambre. E ansímesmo mil penurias e pestes más que se face largo relatar, nos aflijen e acuitan en estos lares. Pero Vasco Núñez las venció á todas e cruzó la montaña para regalaros el otro mar, e con él, la puerta á mil nuevas riquezas, descubrimentos e maravillas, sin que se diese una sola muerte entre los cientos de hombres que con él andábamos. Decídme agora, Alto Mandatario, si es o non esto cosa de maravillas, e si meresce o non Vasco Núñez de Balboa que se le encumbre en la gloria e la fama.
Desconozco por qué razón nombró el Rey Fernando el Católico á aqueste Pedrarias Dávila como gobernador de Santa María, pero me paresce que fue por malos informes de otros traicioneros españoles que fablaron mal de Balboa. Que Dios los perdone, porque yo non puedo. Fue grande error e imprudencia del Rey, mas non le culpo por desconocer él todo lo acaecido e lo por acaescer en estos infiernos de Darién. Agora imploro á vos, Cardenal, para que reparéis en lo que os sea posible aquesta grande afrenta contra vuestro propio imperio.
No he certeza de si fue la gloria que á Balboa le sobraba, la buena voluntad que los españoles le tenían o la belleza de su porte y su semblante. Lo cierto es que algo de Balboa irritaba á Pedrarias Dávila, e non con justicia, por ser el Vasco hombre llano e cierto. Hallóse el de Ávila tan estrecho de mando quando se llegó á estas tierras, que su corto entendimento le fizo saber presto que non podría nunca igualar su nombre al deste grande caballero Vasco, non por carescer de hidalguía e corage, sino por carescer de ingenio e carisma, queste Balboa es cosa de maravillas vello quando da órdenes, pues todos, salvajes e cristianos, le obedescen sin dudar. Esto es merced, en grande parte, á que Balboa jornalea e trasuda tanto o más que los indios e los soldados, pues da el ejemplo con cresces de cómo se trabaja. Ansímesmo lo ha fecho siempre, en las batallas, en las exploraciones, en las construcciones de ciudades, como Acla e Santa María, y en las de naves. Me viene á la memoria, quando en costruyendo él e nos sus hombres en la mar del Sur unas carabelas, quél se cargó un tablón de madera tan pesado como un cristiano, e subió una grande cuesta con él en las espaldas; entonces los españoles le siguieron e trabajaron felices, cargando en pos dél cada uno su carga, e los indios también, pues siempre lo han fecho. Por esto es que le quieren, le siguen e le obedescen todos.
Pedrarias, desque aquí se llegase, en mal uso e detrimento del mucho poder que le habiérede concedido el difunto Rey Fernando el Católico, que Dios guarde en su gloria, ha hecho la guerra á los naturales destas fermosas e salvajes tierras, sin que con ésto ganase para la Corona otra cosa que non fuese el odio déstos, pues ni un peso de oro ha obtenido que non sea robado con mucha sangre, e ni una sola alma ha ganado para la fe Católica. Digo aquí, para que comparéis, que Balboa bautizó ál cacique Careta en la fé de Cristo, nombrándole en adelante Fernando, como el Rey. Con Balboa al mando, Santa María era próspera; maguer agora, con Pedrarias á la cabeza, ningún evento hay que sea felice o de provecho á la población decadente. Desque llegó Pedrarias, los cristianos pasamos aquí en Santa María hambres terribles, e muchos somos enfermos de calores o de pestes.
Pedrarias envidió mucho á Núñez desque lo vido. Y en este odio os juro, Alto Cardenal, que ha llegado á extremos ridículos. Quando llegaron las cédulas nombrándolo Adelantado de la Mar del Sur, aqueste Pedrarias las retuvo un tiempo en secreto, por non dalle la auctoridad que se merescía e que mandaba el Rey para Balboa. Otro día, por reclutar éste unos soldados en Cuba para sus empresas, se encolerizó el de Ávila como una niña malcriada, e sin escuchar las muy justas razones del Adelantado, le encerró en una jaula hedionda en el patio de su casa, con cadenas pendiendo de las gargantas de sus pies e de sus muñecas. Á los dos meses le soltó e le casó con una hija suya, que estaba en España. Ríen los soldados fablando que debía ser muy fea la dicha hija para tener que amenazar con dejar enjaulado al cristiano que con ella casarse non quisiese.
Ha poco le tomó preso nuevamente. Pero antes desto, le estorbó como pudo para facelle fracasar en sus empresas. Quando el capitán Balboa quiso explorar la mar del Sur, Dávila le negó el permiso, accediendo á condición de que Balboa le construyese un camino en la montaña e un poblado nuevo, nombrado Acla, adonde agora pretende ajusticiallo. Fízolo todo Balboa como le había mandado él, e nuevos estorbos le buscó Pedrarias. Después de cumplidas aquestas condiciones, Balboa e todos sus hombres nos fuimos á la costa Sur á construir unas carabelas para explorar la mar recién descubierta, pero Pedrarias le negó dineros e hombres al capitán, dándole corto plazo para realizar la empresa de navegar aquestas aguas nuevas. Non solo contra el gobernador déspota tuvimos que luchar, sino también contra natura, pues quando habíamos conseguido todos los bastimentos e labrado las piezas en la pesadísima madera, cargándola varias leguas desde la selva fasta la costa entre brazos indios y españoles, sin ninguna ayuda en hombres o dineros del malnacido de Pedrarias, una inmensa corriente de aguas turbias del río donde acampabamos (dicen los indios que por las lluvias en la montaña) arrastrólo todo e perdióse en el mar nuestro trabajo y nuestro sudor de un año. Pero Balboa es hombre que nunca se vence. Consiguió aprobación para seguir adelante, e pidió á Pedrarias alargar el plazo e suplirle de dineros e ayuda; pero Pedrarias le envió cien pesos en burla. Diónos ánimos e aliento el Adelantado, y emprendimos la labor nuevamente. Concluímos las carabelas, pero al botallas al agua se hundieron, por haberse podrido la madera. Las flotamos, sacando el agua e sellando los hoyos, e navegamos un poco fasta unas islas que daban al Sur, descubriendo con grande pena los estragos que ficieron los hombres de Morales en los caseríos de indios, pues todos fuyeron hacia tierra firme al paso de los españoles, que iban matando e robando sin piedad. Ficimos otras dos naves e recorrimos con ellas las costas de Tierra Firme, fasta ver una bahía en que había muchas de unas como peñas negras sobre el agua. E le nombró el Adelantado Puerto Peñas.
Balboa, debo decíroslo para que entendáis el porqué debéis defendelle la vida, sospecha de grandes riquezas de oro, que se encuentran hacia el Sur, por la costa de la nueva mar. Buscamos en el Darién el Dabaibe, tierra riquísima en oro, sin hallallo nunca. Agora Balboa quiere navegar hacia el Sur, e me temo que de non vivir para exploralla, aquellas tierras serán descubiertas por algún follón e malandrín que non se lo meresce. Los indios le han dado noticias de grandes tesoros en unas tierras ricas que llamán Pirú. Yo creo que Balboa se ha ganado la gloria de vellas primero e de conquistallas ansí como fizo con la mar. Non faltará, si le dan muerte á Balboa, otro capitán, como Morales, Pizarro o Ayora, que le busque e le halle, teniendo la mesa puesta sin mérito o esfuerzo alguno.
Corrieron, ha poco, rumores de la llegada de un nuevo gobernador para la Castilla de Oro, un caballero nombrado Lope de Sosa. Teme mucho Pedrarias le encuentren pecador en el juicio de residencia que le hará, como es costumbre, el nuevo gobernador, por lo que supongo que ha decidido acusar á nuestro capitán del mal estado del asentamento, e con ello salir con las manos limpias. Non sé porqué le odia tanto Pedrarias. Le tendió celada, e le fizo encarcelar, acusándole de traición, sin explicar jamás traición de qué e sin dar más razones. Le aprisionaron en casa de Juan de Castañeda por un tiempo, e luego le mudaron á la carcel común. Tomaron presos con él á otros valientes, entre ellos Valderrábano, el santo padre Pérez, Botello, Argüello e á mí, Muñoz. Pedimos apelación á la Corona, pero se nos negó vilmente, ante el silencio de aquel que debía representar la ley, el licenciado Espinosa, e instigado por quién debía defender á la Corona, el hideputa Pedrarias. Y tras dellos, unos quantos mediocres que, como os he referido antes, eran irritados por la gloria de Balboa, incluyendo á nuestro antiguo amigo Garavito, que renegó (como Pedro fizo con el Redentor) de la amistad con Balboa, con tal de velle muerto, pues todavía desea los amores de Anayansi, á pesar del rechazo della.
Los soldados todos saben que somos limpios de culpa, e que las acusaciones son en todo extremo infundadas, e muchos fablan de venir á rescatarnos faciendo revueltas e otras cosas de igual jaez. Dadas las circunstancias, non tenemos más alternativa. Al adelantado se le tiene muy vigilado, por lo quél non ha podido ser quien os escriba, Reverendísimo Mandatario; pero encomendome á mí la tarea de escribiros e solicitaros muy encarecidamente que enviéis una Cédula Real otorgándole ya sea el perdón á su vida y la licencia para navegar al Sur, o la gobernación de Santa María, como vos gustéis e como os plazca más.
Mientras recibís esta misiva e la cédula que enviaréis llega, trataremos de salvar el pellejo con un plan de Núñez de Balboa, que, como siempre, non se vence. Contamos con el apoyo de varios valientes entre los hombres de Santa María; e con los favores de Anayansi e de Yovaná, hemos fablado con unos indios destos lares para que, en atacando con grande furia e pegando fuego á algunas casas, se forme algarabía suficiente como para darnos los cristianos estos que os refiero como de nuestro bando, la libertad al Adelantado e á los que con él yacemos. Entonces, fuyendo á los montes, viviremos con los indios, en secreto, fasta que nuestros hombres en el pueblo de Santa María nos anuncien la llegada de la cédula real que os pido enviéis con priesa.
Agora el grande Balboa está condenado á morir, e sólo la oportuna intervención de vos, Santo Cardenal, con esta cédula real, puede salvalle la vida. Ruego á vos que non os dilatéis en envialla, e á Dios que non sea ya demasiado tarde. Trataremos de escapar ansí como os lo he relatado, e de vivir ocultos mientras la cédula llega. Yo sello la carta con mi firma, cumpliendo con esto mi parte de lo acordado con Vasco, e la envío secretamente en manos de Lorenzo de la Gándara, á bordo de una carabela que zarpa mañana directo á España. Él os buscará urgentemente e os entregará mi misiva.
Antes de despedirme, quiero recordaros, Santo Cardenal Cisneros, que si Balboa muriese, la mayor pérdida la tendría la grande Hispania, al perder al mejor conquistador que ha parido fasta agora mujer alguna, al único cristiano que traba con los indios amistad, e que vence á natura, imponiéndose con persistencia. Balboa es el hombre que puede dar á Hispania los reinos del oro que tanto desea, e que puede convertilla en el más rico, poderoso e glorioso imperio del mundo.
Vuestro criado e súbdito,
Joachím de Muñoz
Fecha el doce de enero de mil e quinientos e diecinueve.
Roberto Pérez-Franco
1995
viernes, 1 de enero de 2010
Las caídas de Kilrain y del puente de Londres
Young Sánchez
A Manuel Alcántara
"Del este al oeste, por toda la ciudad se oye un solo grito:
el puente de Londres se ha caído y...
John L. Sullivan ha dejado k.o. a Jake Kilrain."
(Vachel Lindsay)
Así empieza "Young Sánchez", impresionante cuento de Ignacio Aldecoa incluido en su libro El corazón y otros frutos amargos.
Y comienzan a surgir preguntas desde el inicio del paseo por este relato, como, por ejemplo,
¿En qué libro escribió el bardo estadounidense los versículos de más arriba?
¿Alguna vez dejó k.o John L. Sullivan a Jake Kilrain? Porque la pelea entre ellos que conocemos, en la que Sullivan, mucho más aficionado al trago y al bar que al entrenamiento, era el campeón mundial de los pesos pesados y Kilrain aspiraba a arrebatarle el título, la última pelea por el título mundial que se disputó sin guantes, terminó con la victoria de Sullivan por el abandono de Kilrain en el septuagésimosexto asalto.
Sí, has leído bien, en el asalto 76. Todos pensaron que el campeón perdería su título cuando en el 44º round se puso a vomitar, pero después de eso pareció revitalizarse y finalmente el segundo de Kilrain tiró la toalla cuando el retador era ya hacía rato un amasijo sanguinolento que se mantenía en pie de manera inexplicable.
¿Hubo alguna otra pelea entre ellos, antes o después de este gran combate del 9 de julio de 1889 que sí terminara con la victoria por k.o. de Sullivan o es que la gente y Vachel consideraron que eso había sido un k.o.?
¿Qué puente de Londres se cayó por aquellos entonces?
jueves, 3 de diciembre de 2009
El muchacho que escribía poesía
Un cuento de Mishima
Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo.
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En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".
Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.
Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.
En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:
-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?
-¿Quiere decir Schiller?
-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.
¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la "execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".
Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:
-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.
-Anoche vi un sueño en colores.
(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).
-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?
R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.
El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.
Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:
-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.
-¿De qué?
-La verdad es... -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.
-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.
-Sí.
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.
R respondió débilmente:
-Este no es momento para la poesía.
-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?
-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.
-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?
-Porque era un genio.
-Entonces...
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.
-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. "Mi frente también es abultada", se dijo. "Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa".
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.
-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. "Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía", pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.
FIN
lunes, 23 de noviembre de 2009
El claro
Relato de Sr. Lobo69 que resultó ganador del concurso de relatos de fantasía del foro ACB
Empieza como un vómito, una arcada eléctrica que recorre el cuerpo desde la primera uña hasta el último eslabón de su espina dorsal. Es ese momento en el que el día y la noche se disputan el firmamento, es ese sitio en el que el bosque deja de serlo ante la cercanía de la ciudad, es ese estado en el que su cuerpo se debate entre el hombre y el lobo. Se retuerce con saña en el suelo del claro. El mismo claro al que huye cuando sabe que el momento está cerca.
Solo. Ésa es la única manera. Lejos de los suyos, de su familia. Sabe que cuando el astro cambia, él también. Sabe en qué se convierte, sabe lo que es ver a través de unos ojos extraños cómo su cuerpo, terriblemente transformado, mata, descuartiza y desuella por el simple placer de hacerlo.
La sangre hierve, las extremidades se arquean, la dentadura se desfigura en una mueca de espanto; una pátina cubre sus pupilas mientras retrocede y un aullido estremece el claro. Un orgasmo sin placer, un parto de muerte y dolor.
Un último espasmo recorre un cuerpo que ya no es el suyo y, por fin, la quietud. Alza los ojos al cielo lentamente para comprobar que el sol ha vuelto a ganar la partida. Se levanta sin prisas. A su alrededor, el bosque es una tumba. Al fin y al cabo, hace tiempo que sus habitantes aprendieron a temer al hombre.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Vacas profanas
Un cuento de Rafael Courtoisie
¿Qué tipo de animal vio Rubén Darío echando vaho un día, en su niñez de Nicaragua? ¿Era un buey, un novillo, una vaca?:
"Buey que vi en mi niñez echando vaho un día
bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,
en la hacienda fecunda, plena de la armonía
del trópico; paloma de los bosques sonoros
del viento, de las hachas, de pájaros y toros
salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía”.
En todo caso y sin lugar a dudas era cuadrúpedo, un contundente animal tan repleto de carne densa e indiferencia que se apartaba inmóvil de su sexo, estaba castrado o en todo caso ocultaba, oprimía o asfixiaba las esferas genitales con su mole. Por eso el que iba a ser poeta pensó que lo que veía era un buey, una tonelada de materia prima, de fibra incomestible y densa presta a arrastrar la lengua del arado. Fuerza pura. La masa estaba viva, unida a tierra por sus extremidades inferiores, que eran cuatro. Al otro lado, hacia el sitio del cielo, el animal tocaba con las puntas de los cuernos las nubes que pasaban, pinchándolas, haciéndoles salir jugo de agua, agua de nube, gotitas transparentes aptas para la nefelimancia, para el descubrimiento dichoso o agorero. En ese mismo sitio bajo el cuero, bajo el casco craneano y las raíces de los cuernos, dormitaba el cogollo cerebral vacuno, el deseo del toro que había sido.
Rubén Darío, hasta su muerte natural, previa a la cual los médicos le quitaron catorce litros de agua de causa alcohólica del vientre, dipsómano, jamás dejó de pensar en eso. En su lecho de muerte imaginó el vaho del buey, la doble nube bestial de la nariz. Seguir Leyendo...
Quizá los cuernos no eran fieros. Ni felices. No eran más que el recuerdo de las armas naturales que llegaban de la prehistoria, -"dinosaurios del siglo de las máquinas", cantó Zitarrosa en "Guitarra Negra"- cuando el ungulado pastaba y deglutía, cuando molía harina de trébol con sus cuatro estómagos.
Aquella nube de vaho respiratorio que vio Rubén terminaba por unirse en lo alto a otras nubes de Mesoamérica, nubes nicaragüenses, vapores de agua, formas volantes que echarían sombra más tarde sobre Sandino, sobre Somoza, sobre Ernesto Cardenal y su alma en Solentiname.
Aquellos cuernos que vio Rubén probablemente no eran afilados, no tan penetrantes como podría imaginarse sino romos o quizá, desparejos: uno mocho y otro en punta.
Uno impar: la aguja de un ser terrestre capaz de atravesar el mundo, aguda como debe serlo el pensamiento.
El cuadrúpedo también estaba unido a otro de los cuatro elementos, al aire, por el vaho que echaba por la boca y las narinas, aros nasales flexibles, negros y húmedos, abiertos en el hocico como pozos vivos.
Eran ojos de buey los que vieron a Darío esa mañana, ojos de una montaña lenta asomándose al poeta. Pero no había mar ni barco por ninguna parte. Darío estaba solo, sólito y su alma. Era un niño en Nicaragua.
Por los costados de los caminos rurales, de las carreteras interiores que serpentean la dócil penillanura uruguaya, sobre algunas quebradas o serranías en Lavalleja, en Maldonado, sobre los pedregales de la Sierra de los Caracoles, cerca de las orillas de humedales de Rocha, en Artigas y en Paysandú, en Florida, hay vacas, terneros, toros espesos.
En la India, las vacas intocadas son la flacura de la especie humana. En Pakistán decapitan al mundo. Las cabezas cornamentadas en hilera mueven, aun después de separadas del cuerpo, los ojos, lunas blancas, bolas en los párpados.
Al ganado le cortan el cuello.
Para la fiesta se sacrifican decenas de reses. Existe una cuchilla especial estriada, curva de acero templado, con la que la operación se realiza.
La carne del cuerpo se asa y se come, y las cabezas quedan mirando. Del asombro corren ríos de sangre por las acequias, hasta que las frutas vacunas cortadas se marchitan y secan.
Los bueyes perdidos de los que se habla, los bueyes perdidos del mundo se juntan en un punto, hacen un plomo infinito, condensado, sólido.
Tira más un pelo de pubis que una yunta de bueyes.
Un pendejo tiene más fuerza.
Los bueyes andan apareados. El cabello corto, arrollado, genital, es un tallo del vientre, una fuerza mayor por lo que busca.
Por eso los bueyes andan tristes, caminan sin consuelo. Puede más el ansia del buey que la misma fuerza, puede el olor del sexo más que el buey, su apariencia compacta o su fuerza lenta disminuye cada vez que en la tierra se asoma una sola burda flor.
¿Qué puede el buey? Puede cansarse, tirar del yugo.
Echar vaho solamente. Ser animal en Nicaragua.
Lo vio Darío, ¿quién más lo vio?
Los ciegos ven al buey cuando lo sueñan, ven sus cuernos caídos marchitarse. El buey es una flor pesada, masculina.
En cambio, frente a la grieta vaginal todos ven algo, un vaho de otra esencia, más liviano, un humo poderoso. Nadie se asombra de ver la vaca, el buey, o aun de ver al animal feroz dentro del tiempo, al animal sin fondo, océano invisible.
La vejez, mientras tanto, se come todo.
Nadie se asombra de ver una arruga. Dos arrugas, tres arrugas, cuatro arrugas.
Un elefante molesta a mucha gente, dos elefantes molestan mucho más. Tres elefantes molestan mucha gente, cuatro elefantes molestan mucho más. Cinco elefantes molestan mucha gente. Seis elefantes molestan mucho más,
Siete elefantes...
Etcétera.
Rubén Darío era un poeta, un elefante poeta. Con el vientre hinchado, bebedor de alcohol. Un indio chorotega o nagrandano.
La princesa está triste. ¿ Qué tendrá la princesa ? La princesa ve al elefante, ve con asombro y miedo los pétalos gruesos de las orejas repletas de sonido, ve la panza de buey pleno. Sonatina. Un buey es un elefante pequeño, un mamut disminuido en sus errores.
Los suspiros escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro.
El elefante es la princesa mustia, flor de un día, flor gris, piel de mamífero. El buey es una cosa seria, grito de multitud lenta.
La princesa mira al buey. El buey a la princesa. ¿Habrá romance?
La princesa está triste, el buey también.
La mañana de Nicaragua es dura, amarga y pesa. Darío al buey no lo ve. Ve el vaho en Nicaragua.
Y en un vaso olvidada se desmaya una flor.
La princesa es buey.
Frente al buey todos son indiferentes, todos caminan. Todos siguen de largo frente al buey. Nadie se detiene junto al animal de América, junto a sus cuatro patas vacunas llenas de agua, llenas de miedo del peso que propagan. Nadie repara en su baba.
Frente al buey todos son poetas de agua sucia.
Frente al buey todos se creen vivos y despiertos.
Frente al torpe animal todos son listos, ligeros.
El buey se mueve, conmueve, se cocina. Se hace en su vaho, en su lengua mamífera, poética.
Un centímetro, un milímetro solo en Nicaragua, una nube pequeña de vaho en la mañana de América Latina, abre el amanecer del mundo.
Todo buey es un deseo oculto.
martes, 17 de noviembre de 2009
El condenado
Por fin, tras una larga espera tenemos en el caosmos este relato de iNsTaNte_aLepH que resultó ganador del primer concurso de relatos de ciencia ficción del foro ACB.
Tenía dos opciones.
Quedarme en la tierra y ser ejecutado o aceptar la misión.
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1
Supongo que debería empezar desde el principio. Mi nacimiento tuvo lugar el 7 de febrero de 2.147. Bueno, tal vez no tan al principio. Veintiocho años, tres meses y cinco días después creo que sería un buen comienzo para este relato.
Aquella mañana maté a siete personas durante una congregación del Santorum Magnus Comendatore, religión puesta de moda tras la caída del II Imperio Anglo-Chino-Hispano. ¿Por qué lo hice? La mejor respuesta que he encontrado es que odiaba a todo el mundo, eso dije durante el juicio. Hoy volvería a decir lo mismo.
Al juez pareció no gustarle demasiado mi confesión. Condena a tres meses de torturas, diez años de trabajos forzados y ejecución pública. Tampoco es que me sorprendiera aquella sentencia, algo severa si, pero dentro de lo razonable según el código penal.
Fue un proceso al nuevo estilo, ágil, despersonalizado, frío pero eficaz. Así se llevaban las cosas ahora y parecía funcionar, las cifras y estadísticas lo atestiguaban. Debía ser cierto.
Pero yo hice aquello tan macabro, como algunos llegaron a llamarlo, matar a siete personas, con un cuchillo. Degolladas. No podía soportar el mundo, no, no, miento, eso no es cierto. No soportaba a las personas, sin más. El cartero de sonrisa estúpida, el albañil gruñon de la esquina, la vecina enseñalotodo paseando a su coqueto perrito, el presentador con bigote de la tele, el político mentiroso de turno, el periodista listillo, nada, que no podía. Era superior a mis fuerzas, sentía la necesidad primaria e irracional de matarlos a todos.
Al fin y al cabo sólo fueron siete.
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2
No quisiera aburrir al lector con la primera parte de la condena, tediosas horas de cables eléctricos en las uñas de los pies, interminables gotas chinas, robustos látigos de cuatro puntas o damiselas de hierro. Creo que es irrelevante, es más, ni siquiera debería mencionarlo.
Empezó igual que había acabado, ¿o era al revés? Supongo que da igual. Quiero decir que aquello no me cambió, fui incapaz de sentir más allá de ocasionales dolores físicos. Por dentro nada, una nada absoluta. A veces eso es lo que más miedo me da de todo aquello. Porque hay “nadas” a medias e incluso a tres cuartos, pero ¿absolutas? No sé, la verdad es que aterra un poco.
Luego me trasladaron a New five points, una prisión de máxima seguridad al norte de la antigua metrópoli de Nueva York. Ahora que recuerdo aquel lugar era como un bucle infinito. Nos despertaban a las cinco y media, desayuno a base de glucosa derivada láctea y a trabajar. En una fábrica, cadena de montaje, limpiando, haciendo una aerocarretera o picando mitonina en algún triste agujero de esos que nunca salen en los multidiarios. ¡Bonito lugar donde trabajar y morir! Derrumbes, gases, exposiciones solares, tormentas de arena. Para algunos estaba bien, querían perecer allí, entre aquellas rocas negras, en el desierto, olvidados. No querían una ejecución pública, la sola idea de aquello les volvía locos. A mí me daba igual, aunque prefería morir más tarde que temprano, apreciaba mi vida. La hora de la comida eran las tres de la tarde, vitaminas, proteínas y minerales, mezclado con una base pastosa de color amarillento. “Bazofia” lo llamaban a menudo en tono irónico, yo lo comía, era comida como otra cualquiera. Aunque debo confesar que a menudo le faltaba sal. Vuelta al trabajo hasta las nueve, cena en el comedor común y luego a la celda. Acolchada y blanca, parecía diseñada para hacerle a uno perder la cabeza. “Si no estabas ya loco ahora lo estarás” parecían gritar las paredes.
Los viernes nos dejaban salir al patio una hora. Jugar al bliss, pasear por el recinto o hablar un rato con algún compañero. Estaba permitido. Yo solía sentarme solo, en un banco, a mirar el cielo, aquella claridad aún me persigue, no llovió ni un día, nunca. Sólo ese inmenso azul que acababa por dañar los ojos y marear la cabeza a uno. Pero me gustaba, me relajaba y me aislaba de los demás. No esperaba entonces la compañía de los otros con demasiado entusiasmo.
Pero estaban las noches. Uno podía encontrarse a si mismo en la soledad de su cuarto. Apagaban las luces a las once en punto y el silencio se hacia, se podía escuchar un toser al otro lado del pabellón o los pasos de un guardia en el piso de arriba. Era mi momento preferido del día, solía sentarme en el catre a leer algún libro de la biblioteca o simplemente a mirar por la ventana, se veían las estrellas, miles de ellas. Era tranquilizador.
Me gustaba, podía uno meditar, discutir y hasta incluso darse un par de bofetadas.
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3
Llegó el día en que todo terminaba para mí, expiraba el plazo de la existencia. Aquella mañana me dejaron dormir hasta las ocho y media. Luego una ducha y un desayuno algo más copioso de lo habitual, pero sin pasarse. Por fin fuera de allí y trasladado en un furgón negro, de esos blindados, con barrotes y ruedas de trailer. Irónico, un monstruo de metal y caucho para llevar a un monstruo de carne y hueso. Tardamos unos quince minutos en llegar a la sede central de justicia, sección de ejecuciones.
Me hicieron pasar a una sala. Un señor de aspecto envejecido y cabellera blanquecina se atusaba la barba mientras fumaba un cigarrillo sentado en una silla, justo detrás de una mesa, parecía distraído. También había un cristal de esos opacos, como en las películas, supongo que alguien estaría observando o grabando la escena.
-¿Cómo te llamas?
-Nº 10078, Señor.
-Oh, ya ya… pero eres Sergei Rubolev Gogor ¿no?
-Sí, Señor… es que… hacía tiempo que nadie me llamaba así.
-Está bien, está bien hijo… tengo aquí tu informe. ¿Te gustaría decir algo?
-Señor, no sabría qué decir.
-¿Te has arrepentido de lo que hiciste?
-No Señor, creo que no.
-Pero…Sergei, lo que hiciste fue horrible.
-Eso dicen todos Señor, eso dicen todos.
-¿Tú no lo crees muchacho?
-No Señor, nunca vi el horror en mis actos.
Entonces se abrió otra puerta y apareció un segundo hombre, parecía algo más joven que el primero y llevaba un fichero en la mano. Se limitó a saludar con un leve movimiento de cabeza, dejar lo que traía sobre la mesa y salir igual que había entrado, sin decir palabra. Me inquietó un poco aquella súbita aparición.
-Bueno… a ver Sergei… ¿por dónde íbamos?... ah sí, sí… dime ¿sabes por qué estás aquí?
-Hoy es el día de mi ejecución, Señor.
-Eres un muchacho espabilado. ¿Quieres que eso ocurra?
-No entiendo su pregunta Señor.
-¿Quieres morir chico, ser una ex-persona?
-No Señor, no quiero perder la vida, la aprecio mucho. No lo he deseado ni un solo día de la condena.
-Muchos en tu situación pierden los papeles, se vuelven casi infrahumanos. No valorando su vida más que la existencia de una mísera cucaracha.
-Lo sé Señor, lo he visto. Yo no soy como ellos.
-Ya, ya… eso dice tu expediente.
-¿Eso es bueno o malo Señor?
-Ya veremos Sergei… ya veremos… ¿quieres un cigarrillo?
-Claro Señor.
Sacó un paquete de Slammies alargándome uno por encima de la mesa junto a un pequeño mechero dorado de esos en forma de revólver. Era tabaco caro, no del que se fuma en la cárcel. No puedo negar que aquellas caladas, allí, relajado y en silencio fueron lo mejor en mucho tiempo. El tipo me miraba de arriba abajo, como sonriendo pero sin hacerlo, podía notar como su cabezota pensaba debajo de la piel.
-En fin Sergei, mire, le seré franco, puede usted salvarse.
-¿Salvarme dice Señor? No le comprendo.
-Abra bien los oídos muchachos y escuche, se lo explicaré de forma breve y clara.
-Si Señor.
-Está bien. Como usted ya sabrá Rubolev, el mundo se expande en los últimos años a un ritmo acelerado. Viajes en transbordadores, bases en varios planetoides y satélites. Una constante búsqueda, la tierra se agota y necesitamos nuevas materias primas. O incluso con algo de suerte algún lugar donde poder emigrar, como un dulce sueño más allá de las estrellas. ¿Me sigues?
-Bueno Señor, sé que quiere decir… pero… no sé que tiene que ver todo eso conmigo.
-Toda búsqueda implica un riesgo muchacho, y si le soy sincero… algunas de nuestras misiones son en extremo peligrosas. No podemos enviar civiles cualificados así como así, sería una perdida.
-Parece que ya entiendo Señor. Ustedes mandan presos en esas misiones complicadas ¿verdad?
-Es perspicaz, pero no es exactamente eso. Nosotros estudiamos todos y cada uno de los expedientes archivados de los presos, que como intuirá ha ido en aumento en los últimos años, cosas de la pobreza, la desigualdad social y las guerras tribales. Eso no me compete, no me interesa. Luego integramos algunos reclusos seleccionados en el programa Colerum IV, que lleva activo desde hace tres años.
-¿Colerum? Nunca había oído hablar de ello Señor.
-Claro que no, ni tú ni nadie. Muy pocos lo saben. Si todos lo supieran no estarías ahora mismo aquí conmigo.
-Entiendo Señor.
-¡No entiendes un carajo! ¡Atiende! A cada preso se le asigna una misión, se le entregan los datos y tiene dos días para decidir. Si acepta debe firmar un contrato bajo el cual el gobierno federal se compromete a considerar como persona libre y apta para la sociedad al susodicho en caso de regresar. Se le daría nuevo nombre y vida.
-¿Quiere decir que…?
-¡Tome Sergei! Coja esta carpeta, tiene dos días.
-Muchas gracias Señor.
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4
Dos horas estuve en aquella habitación de color verde, sentado en una silla. Necesitaba pensar pero no podía, una cortante sensación de felicidad me traspasaba. Me quedé allí sin hacer nada, mirando algún punto indeterminado en las paredes, fumando un par de cigarrillos. Podría casi jurar que no pensaba en nada, que tenía la mente en blanco.
Desperté del pequeño y placentero letargo media hora después, el informe de la expedición estaba junto a mí. La curiosidad empezaba a subir columna vertebral arriba mordisqueando hasta llegar a la nuca, como un jarro inesperado de agua fría. Transcribo ahora lo que recuerdo.
“Informe Colerum 137-XX. Especificaciones de la misión:
Destino: cuadrante Hubbel.
Objetivo: recopilación de datos y búsqueda de indicios.
Tiempo de vuelo: indeterminado.
Riesgos: desconocidos, zona no explorada.”
Era escueto y parecía no decir mucho, pero era una promesa de liberación. Luego venía un pequeño panegírico firmado por el doctor M. K. Foster hablando de la importancia de estos viajes espaciales y de la necesidad de buscar nuevos mundos traspasando las líneas del horizonte, hacia lo desconocido. Mencionaba héroes y empresas titánicas que llevaron al hombre en otros tiempos a progresar. Yo podía ser un nuevo mito, eso decía.
Aparté el informe, ya estaba decidido, quería vivir. Esperé media hora más, fumando lentamente, mirando, simplemente mirando. Llamé al guardia diciendo que aceptaba. Me sacaron de aquella sala para llevarme a otra estancia, esperaban el hombre que antes había hablado conmigo y cuatro tipos más. Me extendieron un papel, era un contrato, claro y sin trampas, venía firmado por el presidente y adjuntos del gobierno federal y con el sello oficial.
Firmé, junto a mí el Doctor M. K. Foster como jefe de la comisión y los otros tipos como testigos. Hubo algunas risas, conversaciones distendidas y alguna felicitación. Era libre.
Tenía que prepararme para el “viaje”, que era como ellos llamaban a todo aquello.
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5
Fueron unos meses en extremo alegres, tenía un cuarto bastante limpio y con luz natural la mayor parte del día. Había un ventanal que iba a dar a un pequeño huerto de hortalizas y sintéticos, y algo más allá un bosque de árboles. No sabría decir si eran de verdad o artificiales, estaban demasiado lejos.
Gente no se veía mucha, a excepción de unos cuantos guardias, algunos doctores y cuatro o cinco especialistas en mecánica, física, IA, viajes espaciales… . Pero le dejaban a uno pasear solitario por los jardines o sentarse sin hacer ruido a leer en un banco de madera. Me dejaban ir a la biblioteca, era bastante grande. Recuerdo la primera vez que la vi, sobria y austera pero con unas estanterías que llegaban hasta el techo. Llenas de libros, algunos viejos y de color amarillento, otros guardando el aspecto señorial de sus tapas nobles y duras. Inclinados, verticales y algunos apilados en pequeños montones horizontales. No eras capaz de encontrar una sola mota de polvo, todo estaba pulcro, alguien debía cuidarlo a menudo.
En realidad me seria difícil describir que sentí aquella primera vez, pero creía estar tocando las llamas de una hoguera con las yemas de los dedos, abrasándome, mientras los pulmones se me hinchaban aspirando todo el aire y el humo del cielo. Me encontré colmado de sed por conocer.
Todo no era juerga y diversión, recibía cinco horas todos los días de duros entrenamientos físicos y psicológicos. A menudo jugaban poniendo a prueba mi mente y mi cuerpo, llevándome hasta situaciones extremas, muchas de ellas fuera de toda lógica. Era agotador y algunos días me sentía como desfallecer, como si mi cuerpo fuera a desvanecerse, como si todo perdiera la luz mutando en una sombra exforme.
Pero me alimentaban bien, podía leer, descansar, dar paseos, tenía tiempo para meditar y por las noches antes de dormir me dejaban elegir algo de música, me daban cigarrillos y algo de alcohol para alegrarme. Era libre, en fin, era feliz.
La instrucción duro poco menos de siete meses. El veredicto unánime, estaba plenamente cualificado para llevar acabo la misión. Embarcaría a los tres días, en una nave de reconocimiento bautizada como Cronos IX, me llevaron a verla y me dejaron descansar.
Aproveché para relajarme y disfrutar un poco, era el comienzo de una nueva vida.
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6
Llegó el día 1 de enero de 2186, el momento de mi partida. Abandonaba la tierra que me vio nacer, triste noticia, pero una secreta esperanza ardía en mi pecho, como las ascuas que durante horas siguen rojas en la hoguera ya apagada. A mi regreso sería ya un hombre libre.
El despegue pareció ir sobre ruedas, nunca antes había visto uno y muchos menos estado dentro, pero ninguna lucecita roja parpadeó, no sonó la alarma, todo permaneció en orden, en silencio. Ni siquiera pude distinguir el evidente ruido que debían hacer los reactores, allí dentro todo era calma y mutismo. Miento, si que recuerdo un sonido, al abandonar la atmósfera terráquea un breve pitido metálico inundó mis oídos, como si fueran a estallar. Pero pasó y volvió el silencio.
No me levanté del asiento ni me quité los amarres de seguridad durante las primeras tres horas, me habían dicho que cuanto más tiempo pasara mejor. Además poco podía hacer, el vuelo y la trayectoria estaban programados y supervisados por el control de tierra. No había peligro. Debía entregar los primeros datos seis horas después de la ignición, me eché en la cama elevada y fumé algunos cigarros pensando en mi libertad.
Informé a la base guardando dos copias, una en Venus, el ordenador central de la nave y otra en un pequeño chip holográfico. Todo estaba en orden, había seguido el protocolo al pie de la letra. Ahora pasaría mucho tiempo sólo, seis meses sin comunicación, había tiempo para relajarse, había mucho, mucho tiempo…
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7
Aquellos primeros meses fueron lo más parecido al paraíso que yo había conocido nunca. Mi trabajo era sencillo, no tenía nada que hacer salvo ocasionales reparaciones y algunas copias de seguridad. La recopilación de datos estaba automatizada. Disponía de mucho tiempo, en realidad y para ser sinceros parecía como si tuviera todo el tiempo del universo.
Pasaba horas acostado sin dormir, sólo por el placer de quedar allí tumbado, con los ojos entreabiertos mirando el techo y las paredes blancas. Oía música con bastante frecuencia y también disfrutaba de vez en cuando de algunos fisiofilmes, Venus tenía una memoria vasta, inabarcable para mí. Leía sin parar, sobre todo me encantaba volver a tener entre los dedos viejos libros de mi infancia, de esos que por razones escapadas de todo recuerdo se le agarran a uno en cada poro, grano o trozo de piel.
Otros días pasaba las horas muertas observando a través de las pequeñas ventanas. Una oscuridad salpicada de lejanos destellos, fijos en un horizonte inmóvil. Aquello me divertía, antes jamás hubiera imaginado que el cielo tuviera tanta belleza que ofrecer al hombre. Uno apenas podía contener las lágrimas ante aquellas visiones.
Fumaba y bebía, mucho, a todas horas. Nadie me lo impedía y a nadie podía molestar más que a mis pulmones y corazón. Pero los médicos habían dicho que estaba muy sano, no había de que preocuparse.
Fueron seis meses, hasta mi siguiente informe. Nada relevante había ocurrido, el escrito que retorne rumbo a la tierra apenas excedía de unas cuantas líneas adjuntadas al margen de los múltiples ficheros de datos e imágenes almacenados por la nave. Yo no sabía ver en todo aquello más que números arabescos y abigarradas ecuaciones, en definitiva, no lo entendía, en la tierra sabrían que hacer con todo ello. Para eso estaba yo, para enviar, no para comprender.
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8
Pasó el tiempo, mucho tiempo en realidad, sólo que yo allí apenas era capaz de percibir el continuo pasar de los segundos, todo a mi alrededor parecía inmóvil, hasta el aire creía palpar con los dedos, como si fuera un gas estancando y espeso. Los informes cada vez se espaciaban más. Era complicado rebotar los mensajes desde tan lejos, tenía que utilizar la mayor parte de la potencia de la nave para hacerlo.
La vida comenzaba a hacerse algo monótona. Aún me quedaba comida, tabaco y alcohol para muchos años, pero a menudo me sentía apático, dormitaba a todas horas y apenas me movía. Iba por días, aunque yo me inclino a creer más que la cuestión venía por el lado de los humores hipocráticos. Me habían avisado de ello durante los entrenamientos, los cosmonautas sufren episodios melancólicos, depresivos e incluso en algunos casos psicótico-alucinatorios. Era algo frecuente, y más normal cuanto más se alejaban de la Tierra, como si poco a poco la humanidad fuera abandonando sus cuerpos. Como si olvidaran ser hombres.
Un día, mientras comprobaba unos indicadores en el panel de control me fijé en la fecha del reloj de abordo, llevaba allí, solo, diez años. Pegué un pequeño salto en el asiento, no de miedo, pero me había sobresaltado. Eran muchos días, muchos más de los que yo pensaba. Miré mi rostro en la pantalla, apenas había cambiado, esbocé una extraña mueca con los labios. Creo que no fui yo, me obligó el reflejo a hacerlo. Quedó un gesto patético. Encendí un cigarrillo, me serví un vaso de Peppermint y llamé a Venus.
-Venus.
-¿Si Capitán Rubolev?
-¿Cuánto tiempo llevamos de vuelo?
-Exactamente hoy 3.653 días, 14 horas, 15 minutos y diez segundo.
-Vaya… diez años ya.
-Sí Señor, diez años según el calendario terrícola.
-Es mucho tiempo, demasiado… Venus.
-Oh, bueno Señor, eso depende de cómo lo mire.
-Claro, para ti es sencillo, eres una máquina.
-Parece como si quisiera ofenderme, ya sabe capitán que no lo conseguirá. Usted mismo lo ha dicho, soy una IA.
-Perdona Venus, estoy irritado últimamente, no estoy muy sociable.
-Nunca lo ha sido Capitán, por eso está aquí.
-Puede que tengas razón, pero empieza a parecer demasiada soledad, incluso para mí.
-¿Quiere que le cuente algo para animarle?
-Adelante Venus, abro bien los oídos.
-Mire Capitán, han pasado diez años aquí y usted apenas ha envejecido. ¿Qué le parece eso?
-Es cierto, eso está bien, ya me dijeron que el envejecimiento era un proceso desacelerado en el espacio.
-Recuerda usted bien su instrucción. Pues bien ¿ha pensado cuántos años han pasado en su amado hogar?
-Vaya, pues no, no lo había pensado la verdad.
-Debo informarle que calculando la velocidad creciente de la nave han debido pasar como unos cincuenta años capitán.
-¡Cincuenta años! ¡Por los anillos de saturno!
-Sus pulsaciones se han disparado. ¿Está usted bien? ¿Más alegre?
-No sé que decirte Venus, no sé…
Pensé en toda la gente que había conocido, la verdad es que no eran muchos, no más de tres puñados menudos. La mayoría ya estarían muertos o demasiado idiotas para reconocerle a uno. Yo, el condenado a muerte, el chico malo les había sobrevivido.
-Una última cosa. ¿Cuánto hemos completado del viaje?
-La mitad Señor.
-Está bien, puedes volver a comprobar los estabilizadores de onda y el fuselaje.
-Como mande capitán Rubolev.
Aquella ¿noche? bebí demasiado, tuve una crisis de ansiedad y mi primera pesadilla espacial. El horror dibujado de un blanco que hacía daño a los ojos, la inmensidad del universo y los años engulléndome. ¿Qué sería de mí? Perdido en el espacio, tan lejano del regreso… empapé las sábanas de sudor.
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9
A partir de entonces empecé a tener pesadillas siempre que cerraba los ojos. Incluso llegué a tener algunas despierto. Apenas leía, comía muy poco, sólo fumaba, bebía y pensaba. Martilleaba horas y horas mi cabeza en busca de un pensamiento o idea. De algo, aunque no soy capaz de decir que. Pero me aterrorizaban, el tiempo y el espacio oscuro y cortante que se extendía fuera de aquel habitáculo.
Me hacía a menudo la siguiente pregunta ¿volvería? y de ser así ¿sería la tierra el mismo lugar que dejé hace ya tantos años? No podía saber la respuesta, pero la incógnita caía sobre mis hombros como una piedra sísifica. Estaba cansado la mayor parte del día, todo aquello era demasiado peso para mí. Ya me habían avisado de ello, pero nunca creí que fuera para tanto. Pensaba que era más un poner en alerta y tensión que un aviso real sobre los inconvenientes de un viaje tan largo. En definitiva, creía que exageraban, eso era antes… ya no lo creo.
Cada segundo allí dentro se me hacía un mundo de formas grotescas y sombras burlonas. Era como una tortura maquiavélica. ¿Lo habrían planeado? ¿Querían ellos castigarme? No lo sabía, pero no era capaz de borrar aquellas preguntas de mi cabeza. Volvían una y otra vez, como las estaciones, una y otra vez.
Debo confesar que intenté suicidarme, y no es que ya no apreciara mi vida, no eso no. Pero me sentía enjaulado y olvidado, como un conejillo de indias en un triste laboratorio abandonado del que nadie se acuerda. Y sólo había una salida posible, la muerte.
Por suerte o por desgracia no lo conseguí, aquella pequeña nave parecía una caja acolchada y a prueba de muertes. Sin puertas, ni resquicios, ni tan sólo un pequeño saliente o pico sobre el que dejar caer la cabeza. No había sangre, ni ahogamiento, ni falta de oxígeno… podía dejar de comer, pero eso no es un suicidio. Es una agonía, y ya pasaba una, dos me parecían demasiadas, un exceso.
Un día, desquiciado y cercano a la locura decidí entrar en la cámara de conservación. Que se fueran al carajo los informes y ellos. Yo quería huir, nada más. Hablé con Venus, fijé la fecha y hora del despertar, fumé un par de cigarros pensando como acabaría todo y entré.
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10
Desperté, me encontré realmente aturdido, como si algún puñetero duendecillo se hubiera metido en mi yunque a pegar con el martillo, taladraba. Era el día 6 de Junio 2219. Más de treinta años allí encerrado, parecía demasiado, pero la verdad es que me encontraba sano, ligeramente juvenil y con aspecto no demasiado cansado. Debía tener ya como un millón de siglos, no era capaz de recordarlo.
Según un detallado y pronto informe de Venus averigüé que todo había ido según el plan y orden establecido… bueno todo no, al parecer regresábamos antes a casa de lo previsto inicialmente por el comisionado de la Tierra. Tanto mejor, antes podría ser por fin libre, otra vez humano… . También las radiaciones espaciales habían dañado el sistema de comunicaciones, eso no me preocupaba.
Quedaban cinco días, catorce horas y cuarenta y cinco minutos para llegar a casa, al hogar que tanto había añorado en sueños durante el viaje. Había dormido mucho. Debía preparar tres o cuatro escritos para presentarlos en mano al comité, asearme, vestirme y comer algo. De algún modo no tenía hambre, pero creí conveniente llevarme algo al gaznate.
Estaba realmente feliz, incluso cuando bebía y fumaba demasiado me burlaba de las tristes pesadillas que había vivido entre aquellas paredes, inofensivas. Me parecía ridículo. Había llegado a perder los nervios ante una situación límite, eso era todo, ahora estaba completamente sereno.
Añoraba llegar, disimularme y caminar, solo una vez más, salvaje, pero con los otros alrededor. Ellos al menos eran un consuelo, como un clavo ardiendo al que aferrarse o una última esperanza, no lo sabía… pero prefería que estuvieran allí.
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FINALES
I.
Cuando volví a pisar la tierra allí no había nadie ni nada. Las ciudades estaban en ruinas y el polvo de un desierto sin fin se adueñaba de todo. Vagué sin rumbo por la arena ardiente, con el sol desnudo a mis espaldas, buscando algo que sabía jamás encontraría… hasta morir de pena, sin haber derramado una sola lágrima.
Solo y sin afeitar, en algún triste rincón de un planeta que había perdido el nombre.
II.
Me recibieron con honores organizando una pequeña fiesta. No conocía a nadie pero todos parecían felices y contentos. Nuevo nombre, nueva casa… una nueva vida. Creí encontrar en todo aquello la redención de mis pecados, pobre iluso.
Todo era distinto, yo lo era y ellos también, no comprendía a los hombres, me eran extraños. Apenas salía a la calle, no comía y trataba de no caer dormido, las pesadillas me aterraban, y todas las noches volvían.
Terminé ahorcado en mi cuarto.
III.
Fui esposado nada más bajar de la nave e interrogado por dos tipos de negro y con aspecto bastante serio, no tendrían muchos amigos pensé. Comprobaron lo que yo decía y no encontraron nada sobre ningún proyecto llamado Colerum, ni nada parecido. Sólo tenían mi ficha de convicto fugado.
Recogieron todos los datos obtenidos, no dieron ni las gracias y fijaron la hora de mi ejecución, la cual decían había sido ya atrasada mucho tiempo.
Justo antes de ser fusilado me pasó por la cabeza la idea de quién eran aquellos hombres… ¿los mismos que me enviaron al espacio? ¿Otro gobierno? ¿Otra especie o raza que nunca antes había conocido?
Lo dejé, poco importaba ya.
IV.
Capturado por unos seres de color verde, debían ser extra-terrestres, o tal vez ahora lo fuera yo. Me inmovilizaron y sometieron a infinidad de pruebas sobre las que no entraré en detalles escabrosos.
Yo no entendía nada, ellos no me entendían y tampoco prestaban demasiado interés a lo que yo decía… debían creer que no era una forma de vida inteligente o algo así. Nunca intentaron comunicarse.
Fui enjaulado y expuesto por un breve periodo de tiempo antes de ser disecado o algo parecido.
Elijan el que más les guste, o incluso inventen algún otro.
Yo, lo tengo claro, ojalá hubiera elegido ser ejecutado.