Una nueva receta del primer Libro de cozina aparecido en castellano, el del cocinero del rey Fernando de Nápoles.
Pomada
Tomar manzanas que sean agras y dulces, y harás de ellas cuatro cuartos de cada una, y pélalas y quítales el corazón, y después ponlas en agua fría y si fueren muy agras dales un hervor, y después toma almendras mondadas, y májalas bien, y cuando estén bien majadas pon las manzanas dentro del mortero y májalas en uno con las almendras muy reciamente y cuando esté todo bien majado lo regarás con buen caldo de gallina y lo pasarás todo por estameña, y ponlo todo en la ola que ha de cocer, y toma jengibre que sea fino, móndalo de la corteza hasta que esté blanco y harás de ello pedacitos del tamaño de medio dado, y ponlos de parte de noche en remojo en agua de rosas que sea buena hasta la mañana; después toma canela que sea entera, y atarla con un hilo juntamento con clavos y escaldarlo con caldo caliente y cuando estén escaldados los clavos y la canela pon la olla al fuego con las manzanas, y pon buena cantidad de azúcar dentro y cuando esté más de medio cocido tomarás el jengibre y los clavos y la canela remojados, y lo pondrás todo en la olla, y si no sabe harto al jengibre, pondrás un poco molido hasta que la salsa sepa al jengibre, y cuando esté cocida echarás agua de rosas en la olla y harás escudillas, y encima de ellas echarás azúcar y canela si quieres.
sábado, 22 de noviembre de 2008
Otra receta de Ruperto de Nola
viernes, 21 de noviembre de 2008
Dirty Old Town
Cualquier palabra escrita en esta actuación sería deslucirla, así que poco más voy a decir.
Hun Nal Ye nos trajo el maíz
Un mito cosmogónico maya, inscrito en el año 690 d.C., en los templos del llamado Conjunto de la Cruz de Palenque, cuenta que el cosmos fue creado en el lejano año de 3114 a.C. En esa fecha, que registra la terminación de un período de 13 ciclos o baktunes, se dice que nació el Primer Padre, quien es llamado Hun Nal Ye, Uno Semillla de Maíz. Según esta cosmogonía, Hun Nal Ye creó una casa en un lugar llamado Cielo Levantado y la dividió en ocho partes, siguiendo las cuatro direcciones cardinales y los cuatro rumbos intercardinales.
En el mismo lugar ubicó las tres piedras que señalaban el centro del cosmos y levantó el árbol cósmico llamado Wakah Chan, nombre que tiene el árbol que se ve en el centro del tablero del Templo de la Cruz en Palenque.
Luego, Hun Nal Ye protagoniza el acto central de la cosmogonía: su resurrección del inframundo en la forma de un joven de belleza extraordinaria que lleva consigo las semillas preciosas del maíz, rescatadas de Xibalbá, el inframundo. La historia de la resurrección del dios del maíz la conocemos no por el desciframiento de los glifos mayas, sino gracias a una serie de escenas pintadas en los vasos funerarios de la época Clásica. Las imágenes de los vasos incluyen episodios del viaje de Hun Nal Ye que, casi un milenio más tarde, no relataría el Popol Vuh
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Aun cuando esas imágenes corren dispersas, un posible ordenamiento de ellas sería el siguiente. Las primeras describen la caída de Hun Nal Ye en el medio acuoso y oscuro de Xibalbá. Al penetrar en esta región enfrenta unos personajes que lo amenazan con hachas y otros instrumentos de decapitación. Sigue luego su encuentro, probablemente sexual, con unas mujeres jóvenes y desnudas, y un episodio donde se ve al dios del maíz viajar en canoa por las aguas frías del inframundo. Como sabemos por la lectura del Popol Vuh, el libro sagrado de los quichés de Guatemala, Hun Nal Ye baja al inframundo en busca de la montaña escondida de los mantenimientos, el lugar donde se guardaban las mazorcas amarillas y blancas del maíz.
En otro vaso se describen tres episodios del viaje de Hun Nal Ye por el inframundo. En la parte inferior el dios aparece en la posición de los recién nacidos, como si acabara de nacer de las fauces de una serpiente. En la parte superior, donde se le representa con apariencia juvenil, los dioses remeros lo conducen en la canoa y lleva abrazada sobre el pecho una bolsa con granos de maíz. Es decir, en estas imágenes Hun Nal Ye regresa del lugar donde estaban escondidos los mantenimientos, y por eso lleva las preciosas mazorcas del maíz. En la escena final de la izquierda, dos mujeres le ayudan a ponerse su vestido de cilindros y esferas de jade.
Finalmente están las escenas que describen el clímax de esa sucesión de acontecimientos dramáticos: el brote del dios del maíz de las profundidades de la tierra. Una vasija muestra a los dioses remeros acompañando a Hun Nal Ye a su renacimiento glorioso. El dios del maíz brota de un caparazón de tortuga, y lleva una bolsa que contiene en su interior las preciosas semillas del maíz. En otro plato de dibujo muy fino, Hun Nal Ye sale de una hendidura en el carapacho de una tortuga (símbolo de la tierra entre los mayas), y es recibido por Xbalanqué y Hunahpú, los famosos Gemelos Divinos del Popol Vuh. Muchos vasos y platos de la época Clásica representan la misma escena jubilosa, con los Gemelos Divinos a uno y otro lado, ayudando al Primer Padre a salir del inframundo.
jueves, 20 de noviembre de 2008
Soliloquio del farero
Luis Cernuda
Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma...
De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.
Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.
Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.
Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.
Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.
Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?
Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Las once mil vergas (XXXI)
–El general –dijo Héléne– educa él mismo a su hijo que tiene doce años. La metáfora del portero era poco explícita pues, más que alimentarse a sí mismo, el general ha encontrado conveniente este método para alimentar y adornar el espíritu de su vástago macho. Le inculca desde los fundamentos una ciencia que me parece bastante sólida, y el joven príncipe podrá sin vergüenza, más tarde, hacer un buen papel en los consejos del Imperio.
–El incesto –dijo Mony– hace milagros.
El general parecía estar en el colmo de la felicidad, y hacía rodar como un loco sus ojos blancos estriados de rojo.
–Serge –exclamaba con voz entrecortada– ¿sientes el instrumento que, no satisfecho con haberte engendrado, ha asumido igualmente la tarea de hacer de ti un joven perfecto? Acuérdate, Sodoma es un símbolo de la civilización. La homosexualidad hubiera convertido a los hombres en seres parecidos a los dioses y todas las desgracias vienen de este deseo que los diferentes sexos pretenden tener el uno del otro.
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Hoy no hay más que un medio para salvar a la desgraciada y santa Rusia, y es que, filópedos, los hombres profesen definitivamente el amor socrático, mientras las mujeres irán al peñasco de Leucade a tomar lecciones de safismo.
Lanzando un estertor voluptuoso, descargó en el encantador culo de su hijo.
El sitio de Port-Arthur había empezado, Mony y su ordenanza Cornaboeux estaban encerrados allí con las tropas del bravo Stoessel.
Mientras los japoneses intentaban forzar el recinto fortificado con alambradas, los defensores de la plaza se consolaban de los cañonazos que amenazaban con matarlos a cada momento, frecuentando asiduamente los cafés-cantantes y los burdeles que habían permanecido abiertos.
Esa noche Mony había cenado copiosamente en compañía de Cornaboeux y de varios periodistas. Habían comido un excelente filete de caballo, pescados del puerto y piña en conserva; todo ello regado con un excelente vino de Champagne.
A decir verdad, el postre había sido interrumpido por la inopinada llegada de un obús que estalló, destruyendo una parte del restaurante y matando a varios de los convidados. Mony estaba muy contento de esta aventura; con gran sangre fría había encendido su cigarro con el mantel que estaba ardiendo. Ahora se iba aun café-concierto con Cornaboeux.
–Este condenado general Kikodryoff –dijo por el camino–, es un notable estratega sin duda; adivinó el sitio de Port-Arthur y seguramente me ha hecho enviar aquí para vengarse de que yo haya descubierto sus relaciones incestuosas con su hijo. Igual que Ovidio, estoy expiando el crimen de mis ojos, pero no escribiré ni Las Tristes ni Las Pónticas. Prefiero gozar el tiempo que me queda por vivir.
Varias balas de cañón pasaron silbando por encima de su cabeza; dieron un salto para evitar a una mujer que yacía partida en dos por un obús y así llegaron ante Las Delicias del Padrecito.
Era el cafetucho chic de Port-Arthur. Entraron. La sala estaba llena de humo. Una cantante alemana, pelirroja, y de carnes desbordantes, cantaba con marcado acento berlinés, aplaudida frenéticamente por aquellos espectadores que entendían alemán. Enseguida cuatro girls inglesas, unas sisters cualesquiera, salieron a bailar unos pasos de giga, mezclada con algo de cake-walky de machicha. Eran unas muchachas muy lindas. Levantaban hasta muy arriba sus crujientes faldas para enseñar unos calzones adornados con cintitas, pero afortunadamente los calzones estaban cortados y en ocasiones dejaban ver sus grandes muslos encuadrados por la batista de las enaguas, o los pelos que atenuaban la blancura de su vientre. Cuando levantaban la pierna, sus coños musgosos se entreabrían. Cantaban:
My cosey córner girl
y fueron más aplaudidas que la ridicula fraulein que las había precedido.
Algunos oficiales rusos, probablemente demasiado pobres para pagarse una mujer, se masturbaban concienzudamente contemplando, con los ojos dilatados, este espectáculo paradisíaco en el sentido mahometano del término.
De vez en cuando, un potente chorro de semen brotaba de uno de esos miembros para ir a aplastarse sobre un uniforme vecino o incluso sobre una barba. Después de las girls, la orquesta atacó una bulliciosa marcha y el número sensacional se presentó en escena. Estaba formado por una española y un español. Sus trajes toreros causaron una viva impresión entre los espectadores que entonaron un Boje Tsaria Krany de circunstancias.
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Uno, trino y plural
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Etiquetas: Las once mil vergas, literatura