jueves, 30 de octubre de 2008

Las once mil vergas (XXVII)

Una mañana, el príncipe Mony Vibescu, completamente desnudo y bello como el Apolo de Belvedere, hacía un 69 con Cornaboeux. Los dos chupaban golosamente sus respectivos jarabes y sopesaban con voluptuosidad unos discos que no tenían nada que ver con los de fonógrafo. Descargaron simultáneamente y el príncipe tenía la boca llena de semen cuando un ayuda de cámara inglés y muy correcto entró, tendiéndole una carta en una bandeja roja.”

La carta anunciaba al príncipe Vibescu que había sido nombrado teniente en Rusia, a título de extranjero, en el ejército del general Kuropatkin.

El príncipe y Cornaboeux manifestaron su entusiasmo con recíprocas enculadas. Se equiparon inmediatamente y se dirigieron a San Petersburgo antes de reunirse con su cuerpo de ejército.

–La guerra me va –declaró Cornaboeux– y los culos de los japoneses deben de ser muy sabrosos.
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–Los coños de las japonesas son realmente deliciosos –añadió el príncipe retorciéndose el bigote.
—Su Excelencia el general Kokodryoff no puede recibir a nadie en este momento. Está mojando bastoncitos en su huevo pasado por agua.

—Pero —contestó Mony al portero—, soy su ayudante de campo. Vosotros, petropolitanos, sois ridículos con vuestras continuas sospechas... ¡Mira mi uniforme! Si me han llamado a San Petersburgo, supongo que no será para hacerme sufrir los exabruptos de los porteros.

—¡Muéstreme sus papeles! —dijo el cerbero, un tártaro colosal.

—¡Helos aquí! —espetó secamente el príncipe, poniendo su revólver bajo la nariz del aterrorizado portero, que se inclinó para dejar pasar al oficial. Mony subió rápidamente (haciendo sonar sus espuelas) al primer piso del palacio del general príncipe Kokodryoff con el que debía partir hacia Extremo Oriente. Todo estaba desierto y Mony, que no había visto a su general más que la víspera en el palacio del Zar, estaba asombrado ante este recibimiento. Sin embargo el general le había citado y era la hora exacta que él mismo había fijado. Mony abrió una puerta y penetró en un gran salón desierto y obscuro que atravesó murmurando:

—A fe mía, tanto peor, el vino está servido, hay que beberlo. Continuemos nuestras investigaciones.
Abrió una nueva puerta que se volvió a cerrar sola tras él. Se encontró en una habitación más obscura todavía que la precedente. Una suave voz de mujer dijo en francés:

–Fedor, ¿eres tú?

–¡Sí, mi amor, soy yo! –dijo en voz baja, pero resueltamente, Mony, cuyo corazón latía tan deprisa que parecía iba a estallar.

Avanzó rápidamente hacia el lado de donde venía la voz y encontró una cama. Una mujer completamente vestida estaba acostada encima. Abrazó apasionadamente a Mony proyectándole su lengua en la boca.

Este respondía a sus caricias. Le levantó las faldas. Ella separó los muslos. Sus piernas estaban desnudas y un delicioso perfume de verbena emanaba de su piel satinada, mezclado con los efluvios del odor di femina. Su coño, en el que Mony asentaba la mano, estaba húmedo. Ella murmuraba:

–Forniquemos... Ya no puedo más... Granuja, hacía ocho días que no venías.

Pero Mony, en vez de contestar, había sacado su amenazadora verga y, totalmente a punto, se metió en la cama e hizo entrar su rudo machete en la peluda raja de la desconocida que inmediatamente agitó las nalgas diciendo:
—Entra mucho... Me haces gozar...

Al mismo tiempo ella llevó su mano a la base del miembro que la festejaba y empezó a palpar esas dos bolitas que le sirven de adorno y que se llaman testículos (no —como se cree comúnmente— porque sirvan de testigos a la consumación del acto amoroso, sino más bien porque son las pequeñas testas que encierran la materia cervical que brota de la méntula o pequeña inteligencia, del mismo modo que la testa contiene el cerebro que es la sede de todas las funciones mentales). La mano de la desconocida sobaba cuidadosamente los testículos de Mony. De repente, lanzó un grito, y de una culada, desalojó a su fornicador:

–Me estáis engañando, señor, mi amante tiene tres.

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miércoles, 29 de octubre de 2008

My Way

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Björk - Nattúra



Björk ataca a los gestores de Islandia con un artículo publicado en The Times.

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Una modesta proposición (II)

He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.

Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después, pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos más niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.
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Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.
En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.

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martes, 28 de octubre de 2008

Albizu



La situación colonial de Puerto Rico le crea un serio problema a los Estados Unidos ante la opinión pública mundial. Todavía es menester que el poder imperial rinda informes sobre este territorio dependiente. Como medio de evitar la continuación de esta situación indeseable, el Congreso norteamericano aprueba la Ley Pública 600, que autoriza a los puertorriqueños a redactar su propia Constitución. Un nuevo término es creado para bautizar a la criatura: "Estado Libre Asociado". Así los Estados Unidos podrán presentarse ante la comunidad internacional como una potencia no colonial después de que los puertorriqueños hayan ratificado su deseo de seguir siendo colonia. Los independentistas no se llamaron a engaño. El Partido Independentista Puertorriqueño boicoteó la llamada "Convención Constituyente". Albizu Campos y los nacionalistas fueron aún más lejos. El 30 de octubre de 1950 hubo varios brotes armados en diversas partes de la isla. Y el 1º de noviembre de 1950 los nacionalistas Griselio Torresola y Óscar Collazo atacan la Casa Blair en un intento infructuoso de matar al presidente Truman. El propósito de dicha acción era dramatizar ante la opinión pública mundial la verdadera situación de Puerto Rico y todo cuanto se hacía para ocultarlo.
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Un despliegue masivo de fuerza es la respuesta del gobierno colonial. Cientos son detenidos. Los insurrectos resisten heroicamente pero son apabullados por fuerzas muy superiores. Albizu Campos es detenido y enjuiciado bajo las disposiciones de la Ley de la Mordaza. Con él irán a juicio muchos otros nacionalistas. Encontrado culpable es sentenciado nuevamente a una larga pena de prisión. Algunos de sus compañeros serán condenados a más de 400 años de presidio. En la prisión queda en manos de torturadores estadounidenses de la inteligencia militar que, con la complicidad de Muñoz, lo someten a radiaciones radiactivas que dejan seriamente mermada su salud. El gobernador Muñoz Marín le indulta respondiendo a presiones de tipo internacional y nacional. Sometido a una vigilancia constante se le apresa ya definitivamente después de que el 1º de marzo de 1954 los nacionalistas Lolita Lebrón, Irving Flores Rodríguez, Rafael Cancel Miranda y Andrés Figueroa Cordero tiroteen la cámara de representantes del Congreso de Estados Unidos. Dicho acto -hecho con el propósito de llamar la atención sobre el problema del reclutamiento de las juventudes puertorriqueñas en el ejército estadounidense- es justificado por Albizu con las siguientes palabras:

Nuestra patria ha venido sufriendo la intervención militar de Estados Unidos hace más de medio siglo. La intervención militar es la guerra en todos sus aspectos: económico, político, cultural, etc., porque las intervenciones militares se llevan a cabo con un solo fin que es destruir la nacionalidad ocupada y convertirla en colonia del imperio, explotable en todas sus formas...

Nuestra fe en el derecho nos dio una infinita paciencia para resistir los desmanes del poder ocupante norteamericano. Esa paciencia nuestra ha confundido a los dirigentes de Estados Unidos que nos catalogaron entre los pueblos pasivos de la tierra y los llevó hasta la insolencia de que, siendo víctimas de su imperio, pretenden reclutar a nuestros hijos por la fuerza para servir a sus fines imperialistas en el mundo entero...


Albizu recobrará su libertad poco antes de su muerte. Paralizado como resultado de un infarto cerebral, pasará sus últimos años encarcelado en el Hospital Presbiteriano. Había pasado más de veinticinco años de su vida en la cárcel. Al acercarse el momento de su muerte, el gobernador Muñoz Marín decreta su indulto. En casa de la abnegada Juanita Ojeda pasa los últimos días de su vida. Ante la noticia de su muerte el pueblo patriota puertorriqueño responde masivamente. Una enorme multitud asiste a su sepelio.

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Caosmeando

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