martes, 18 de agosto de 2009

El obrero y el campesino

Un fotomontaje de Max Alpert y El Lissitzky

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lunes, 17 de agosto de 2009

Las últimas palabras de Caupolicán

" Si a vergonzoso estado reducido
me hubiera el duro y áspero destino,
y si ésta mi caída hubiera sido
debajo de hombre y capitán indino,
no tuve así el brazo desfallecido
que no abriera a la muerte yo camino
por este propio pecho con mi espada,
cumpliendo el curso y mísera jornada;

" mas juzgándote digno y de quien puedo
recebir sin vergüenza yo la vida
lo que de mí pretendes te concedo
luego que a mí me fuere concedida;
ni pienses que a la muerte tengo miedo,
que aquesa es de los prósperos temida,
y en mí por esperiencia he probado,
cuán mal le está el vivir al desdichado.

" Yo soy Caupolicán, que el hado mío
por tierra derrocó mi fundamento,
y quien del araucano señorío
tiene el mando absoluto y regimiento.
La paz está en mi mano y albedrío
y el hacer y afirmar cualquier asiento
pues tengo por mi cargo y providencia
toda la tierra en freno y obediencia,

" Soy quien mató a Valdivia en Tucapelo,
y quien dejó a Purén desmantelado;
soy el que puso a Penco por el suelo
y el que tantas batallas ha ganado;
pero el revuelto ya contrario cielo,
de vitorias y triunfos rodeado,
me ponen a tus pies a que te pida
por un muy breve término la vida.

" Cuando mi causa no sea justa, mira
que el que perdona más es más clemente
y si a venganza la pasión te tira,
pedirte yo la vida es suficiente.
Aplaca el pecho airado, que la ira
es en el poderoso impertinente;
y si en darme la muerte estás ya puesto,
especie de piedad es darla presto.

" No pienses que aunque muera aquí a tus manos,
ha de faltar cabeza en el Estado,
que luego habrá otros mil Caupolicanos
mas como yo ninguno desdichado;
y pues conoces ya a los araucanos,
que dellos soy el mínimo soldado,
tentar nueva fortuna error sería,
yendo tan cuesta abajo ya la mía.

" Mira que a muchos vences en vencerte,
frena el ímpetu y cólera dañosa:
que la ira examina al varón fuerte,
y el perdonar, venganza es generosa.
La paz común destruyes con mi muerte,
suspende ahora la espada rigurosa,
debajo de la cual están a una
mi desnuda garganta y tu fortuna.

" Aspira a más y a mayor gloria atiende,
no quieras en poca agua así anegarte,
que lo que la fortuna aquí pretende,
sólo es que quieras della aprovecharte.
Conoce el tiempo y tu ventura entiende,
que estoy en tu poder, ya de tu parte,
y muerto no tendrás de cuanto has hecho,
sino un cuerpo de un hombre sin provecho.

" Que si esta mi cabeza desdichada
pudiera, ¡ oh capitán ! satisfacerte,
tendiera el cuello a que con esa espada
remataras aquí mi triste suerte;
pero deja la vida condenada
el que procura apresurar su muerte,
y más en este tiempo, que la mía
la paz universal perturbaría.

" Y pues por la esperiencia claro has visto,
que libre y preso, en público y secreto,
de mis soldados soy temido y quisto,
y está a mi voluntad todo sujeto,
haré yo establecer la ley de Christo,
y que, sueltas las armas, te prometo
vendrá toda la tierra en mi presencia
a dar al Rey Felipe la obediencia.

" Tenme en prisión segura retirado
hasta que cumpla aquí lo que pusiere;
que yo sé que el ejército y Senado
en todo aprobarán lo que hiciere.
Y el plazo puesto y término pasado,
podré también morir, si no cumpliere:
escoge lo que más te agrada desto,
que para ambas fortunas estoy presto."

(La Araucana, Alonso de Ercilla)

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domingo, 16 de agosto de 2009

Barbapapá

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El olor de Marcela

Séptima entrega de La historia del ojo

Mis propios padres no llegaron esa noche. Sin embargo, creí pruden-
te salir pitando en previsión de la cólera de un padre miserable,
arquetipo del general católico y chocho. Entré por detrás a la quinta.
Me apropié de una cantidad de dinero. Después, seguro de que jamás
me buscarían allí, me bañé en la alcoba de mi padre. Y hacia las diez de
la noche me fui al campo, pero antes dejé un recado sobre la mesa de
mi madre: “Ruego que no me hagan buscar por la policía porque llevo
un revólver y la primera bala será para el gendarme y la segunda para
mí”.
Jamás he tenido la posibilidad de adoptar una actitud y , en esta cir-
cunstancia en particular, mi único interés era hacer retroceder a mi
familia, enemiga irreductible del escándalo. Con todo, al escribir el
recado con la mayor ligereza y no sin reír un poco, me pareció oportu-
no meter en mi bolsillo el revólver de mi padre.
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Caminé toda la noche por la orilla del mar, pero sin alejarme
demasiado de X, tomando en cuenta los recovecos de la costa. Trataba
solamente de apaciguar una situación violenta, un extraño delirio
espectral en que los fantasmas de Simona y de Marcela se organizaban,
a pesar mío, con expresiones terroríficas. Poco a poco me vino la idea
de matarme, y al tomar el revólver en la mano acabaron de perder el
sentido palabras como esperanza y desesperación. Sentí por cansancio
que era necesario darle un sentido a mi vida: sólo la tendría en la
medida en que ciertos acontecimientos deseados y esperados se cumpliesen. Acepté finalmente la extraordinaria fascinación de los
nombres Simona y Marcela; podía reír, pero no obstante me excitaba
imaginar una composición fantástica que ligaba confusamente mis
pasos más desconcertantes a los suyos.
Dormí en un bosque durante el día y al caer la noche me dirigí a casa
de Simona; entré al jardín saltando por el muro. Al ver luz en la recá-
mara de mi amiga, arrojé guijarros a la ventana. Algunos instantes
después bajó y nos fuimos casi sin decir palabra en dirección a la orilla
del mar. Estábamos felices de volvernos a ver. Estaba oscuro y de vez
en cuando le levantaba el vestido y tomaba su culo entre mis manos,
pero no gozaba, al contrario. Ella se sentó y yo me acosté a sus pies. De
pronto me di cuenta de que no podría impedir estallar en sollozos y de
inmediato empecé a sollozar largamente sobre la arena.
—¿Qué te pasa? —me dijo Simona.
Y me dio un puntapié para hacerme reír. Su pie tocó justamente el
revólver que estaba en mi bolsillo y una terrible detonación nos
arrancó un grito simultáneo. No estaba herido, pero de repente me
encontré de pie como si hubiese entrado en otro mundo. La misma
Simona estaba delante de mí, tan pálida que daba miedo.
Esa noche no se nos ocurrió la idea de masturbarnos, pero permane-
cimos infinitamente abrazados, unidas nuestras bocas, lo que jamás
antes nos había ocurrido.
Durante algunos días viví así: regresábamos Simona y yo, muy tarde
por la noche, y nos acostábamos en su recámara, donde me quedaba
encerrado hasta la noche siguiente. Simona me llevaba comida. Su
madre no tenía la más mínima autoridad sobre ella y aceptaba la
situación sin siquiera intentar explicarse el misterio (apenas había oído
los gritos, el día del escándalo, salió a dar un paseo). En cuanto a los
criados, el dinero los mantenía fieles a Simona desde hacía mucho
tiempo.
Fue también por ellos que supimos las circunstancias del encierro de
Marcela y el nombre de la casa de salud donde estaba asilada. Desde el
primer día nuestra preocupación fue su locura, la soledad de su cuerpo,
las posibilidades de alcanzarla o de ayudarla a evadirse. Un día que
estaba yo en su cama y que quise forzar a Simona, ella se me escapó y
me dijo bruscamente: “pero, ¡querido mío, estás completamente loco!
¿Así en un lecho, como si fuera madre de familia?, no me interesa
en absoluto. Con Marcela solamente”
—¿Qué es lo que quieres decir? le pregunté decepcionado, pero en el
fondo completamente de acuerdo con ella.
Se me acercó afectuosamente de nuevo y me dijo suavemente con
tono soñador; “mira, apenas nos vea no podrá evitar orinarse... hacer el
amor”.
Al mismo tiempo, sentí un líquido caliente y encantador que corría a
lo largo de mis piernas y, cuando hubo terminado, me levanté y regué a
mi vez su cuerpo que ella colocó complacientemente bajo el chorro
impúdico que ardía ligeramente sobre la piel. Después de haberle
inundado el culo también, le embarré el rostro de semen y así, sucia,
tuvo un orgasmo demente y liberador. Aspiraba profundamente
nuestro acre y feliz olor: “Hueles a Marcela”, me confió alegremente
después que hubo terminado, acercando la nariz a mi culo todavía
mojado.

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sábado, 15 de agosto de 2009

Una novia en Rochelambert

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Caosmeando

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