domingo, 19 de abril de 2009

Erizo en la niebla

De 1975. Dirigido por Yuriy Norshteyn, con guión de Sergei Gregoryevich Kozlov

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sábado, 18 de abril de 2009

Las once mil vergas (XLIX)

La puta de la enfermera pegaba como nunca se ha pegado. El culo del desgraciado se alzaba, lívido y manchado de sangre pálida en varias zonas. El corazón de Mony se hizo un nudo, reconoció su crueldad, su furor se volvió contra la indigna enfermera. Le levantó las faldas y empezó a golpearla. Ella cayó al suelo, meneando sus ancas de puerca que un lunar hacía destacar aún más.
El golpeó con todas sus fuerzas, dejando brotar la sangre de la carne satinada.
Ella se giró, gritando como una poseída. Entonces el bastón de Mony se abatió sobre el vientre, haciendo un ruido sordo.
Tuvo una idea genial y, cogiendo del suelo el otro bastón, el que había soltado la enfermera, empezó a tocar el tambor sobre el vientre desnudo de la polaca. Los ras seguían a los fias con rapidez vertiginosa y ni el pequeño Bara, de gloriosa memoria, redobló tan bien el toque de carga en el puente de Arcóle.
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Al final, el vientre estalló; Mony seguía golpeando y, fuera de la enfermería, los soldados japoneses se reunían creyendo que tocaban generala. Las cornetas tocaron alerta en todo el campamento. Todos los regimientos estaban formados, y bien les fue, pues los rusos acababan de iniciar la ofensiva y avanzaban hacia el campamento japonés. Sin los redobles del príncipe Mony Vibescu, el campamento japonés habría caído. Esta fue además la victoria decisiva de los nipones. Debida a un rumano sádico.

De improviso, varios enfermeros trayendo heridos entraron en la sala. Vieron al príncipe apaleando el vientre abierto de la polaca Vieron al herido ensangrentado y desnudo sobre la cama.

Se abalanzaron sobre el príncipe, le ataron y se lo llevaron.

Un consejo de guerra le condenó a muerte por flagelación y nada pudo ablandar a los jueces japoneses. Una solicitud de gracia al Mikado no obtuvo ningún éxito.

El príncipe Vibescu tomó valientemente sus disposiciones y se preparó a morir como un verdadero hospodar hereditario de Rumania.
Llegó el día de la ejecución, el príncipe Vibescu se confesó, comulgó, hizo su testamento y escribió a sus padres. Poco después introdujeron a una niñita de doce años en su celda. Se sorprendió, pero viendo que les dejaban solos, empezó a sobarla.

Era encantadora y le contó en rumano que era de Bucarest y había sido capturada por los japoneses en la retaguardia del ejército ruso donde sus padres se dedicaban al comercio.

Le habían preguntado si quería ser desvirgada por un condenado a muerte rumano y ella había aceptado.

Mony le levantó las faldas y le chupó su coño regordete donde aún no había pelo, luego le dio una suave azotaina mientras ella le masturbaba. Luego puso la cabeza de su miembro entre las piernas infantiles de la pequeña rumana, pero no podía entrar. Ella le secundaba con todas sus fuerzas, pegando culadas y ofreciendo al príncipe para que los besara sus pechitos redondos como mandarinas. En un ataque de furor erótico él consiguió que su miembro penetrara por fin en la niñita, destrozando por fin esta virginidad, derramando sangre inocente.

Entonces Mony se levantó y, como no tenía nada que esperar de la justicia humana, estranguló a la niña tras hundirle los ojos, mientras ella lanzaba gritos espantosos. Los soldados japoneses entraron entonces y le hicieron salir. Un heraldo leyó la sentencia en el patio de la prisión, que era una antigua pagoda china de maravillosa arquitectura.
La sentencia era breve: el condenado debía recibir un vergajazo por parte de cada hombre que componía el ejército japonés acampado en ese lugar. Este ejército constaba de once mil unidades.
Y mientras el heraldo leía, el príncipe rememoró su agitada vida. Las mujeres de Bucarest, el vice-cónsul de Servia, París, el asesinato en el coche-cama, la japonesita de Port-Arthur, todo esto se confundía en su memoria.

Un hecho se precisó. Se acordó del bulevar Malesherbes; Culculine con un vestido primaveral trotaba hacia la Madeleine y él, Mony, le decía:

–Si no hago el amor veinte veces seguidas, que las once mil vírgenes u once mil vergas me castiguen.

No había fornicado veinte veces seguidas, y había llegado el día en que once mil vergas iban a castigarle.

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viernes, 17 de abril de 2009

Blinkity Blank

Llevaba mucho, muchísimo tiempo buscando esta película de Norman McLaren.

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Hoy se ha apagado mi sol

Ya sé que este no es mi blog, pero no puedo decirlo en otra parte. Hoy se ha apagado mi sol y solo quiero dejarme llevar por mis tripas y llorar desconsoladamente. No pasa nada, mañana será otro día pero hoy:

I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines: Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde ( repites vanamente )
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Borges.

No me vendría mal un amigo, ya sabes...

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jueves, 16 de abril de 2009

Enzo Cucchi

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Caosmeando

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