martes, 24 de marzo de 2009

Lady Lazarus

Sylvia Plath lee este poema que escribió cuando tenía treinta años. Se suicidó dos meses y medio después de cumplirlos. Hace justo una semana se suicidó su hijo.



Traducción de Cecilia Bustamante, poeta.

Lady Lazarus

Lo logré otra vez,
Me las arreglo —
Una vez cada diez años.

Especie de fantasmal milagro, mi piel
Brillante como una pantalla nazi,
Mi diestro pie

Es un pisapapeles,
Mi rostro un fino lienzo
Judío y sin rasgos.

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Descascara la envoltura
Oh, mi enemigo,
¿Aterro acaso? —

¿La nariz, las cuencas vacías, los dientes?
El apestoso aliento
Se desvanecerá en un día.

Pronto, muy pronto, la carne
Que la tumba devoró
Se sentirá bien en mí

Y yo una mujer que sonríe.
Tengo sólo treinta años.
Y como gato he de morir nueve veces.

Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
Eso de aniquilarse cada década.

Qué millón de filamentos.
La multitud mascando maní se agolpa
Para verlos.

Cómo me desenvuelven la mano, el pie —
El gran desnudamiento.
Damas y caballeros.

Estas son mis manos
Mis rodillas.
Soy tal vez huesos y pellejo.

Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió tenía diez.
Fue un accidente.

La segunda vez pretendí
Superarme y no regresar jamás.
Oscilé callada.

Como una concha marina.
Tenían que llamar y llamar
Recoger mis gusanos como perlas pegajosas/

Morir
Es un arte, como cualquier otra cosa.
Yo lo hago excepcionalmente bien.

Lo hago para sentirme hasta las heces.
Lo ejecuto para sentirlo real.
Podemos decir que poseo el don.

Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Muy fácil hacerlo y no perder las formas.
Es el mismo

Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:

“Milagro!”
Que me liquida.
Luego una carga a fondo

Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.

Y hay otra y otra arremetida grande
Por una palabra, por tocar
O por un poquito de sangre

O por unos cabellos o por mi ropa.
Bien, bien, está bien Herr Doktor.
Bien. Herr Enemigo.

Yo soy vuestra obra maestra,
Su pieza de valor,
La bebé de oro puro

Que se disuelve con un chillido.
Me doy vuelta y ardo.
No creas que no valoro tu gran cuidado.

Ceniza, ceniza —
Ustedes atizan, remueven.
Carne, hueso, nada queda -

Una barra de jabón,
Una alianza de bodas.
Un empaste de oro.

Herr Dios, Herr Lucifer
Cuidado.
Cuidado.

Desde las cenizas me levanto
Con mi cabello rojo
Y devoro hombres como el aire.

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lunes, 23 de marzo de 2009

Silencio

De la Guía espiritual que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz , del creador del quietismo Miguel de Molinos, que fue condenado por la Inquisición a cadena perpetua por inmoralidad y heterodoxia.

Tres formas hay de silencio:
El primero es de palabras, el segundo de deseos y el tercero de pensamientos. El primero es perfecto, más perfecto es el segundo y perfectísimo el tercero. En el primero, de palabras, se alcanza la virtud; en el segundo, de deseos, se consigue la quietud; en el tercero, de pensamientos, el interior recogimiento. No hablando, no deseando ni pensando, se llega al verdadero y perfecto silencio místico,
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en el cual habla Dios con el alma, se comunica y le enseña en su más íntimo fondo la más perfecta soledad y alta sabiduría.
A esta interior soledad y silencio místico la llama y conduce cuando le dice que le quiere hablar a solas, en lo más secreto e íntimo del corazón. En este silencio místico has de entrar si quieres oír la suave, interior y divina voz. No basta con huir del mundo para alcanzar ese tesoro ni tampoco renunciar a sus deseos ni desapegarse de todo lo criado, si no te despegas de todo deseo y pensamiento. Reposa en este místico silencio y abrirás la puerta para que Dios se comunique, te una consigo y te transforme.
La perfección del alma no consiste en hablar ni en pensar mucho en Dios, sino en amarle mucho. Alcánzase este amor por medio de la resignación perfecta y el silencio interior.
Desengáñate, que no está el amor perfecto en los actos amorosos ni en las tiernas jaculatorias, ni en los actos internos con que tú le dices a Dios que le amas más que a ti misma. Podrá ser que entonces te busques más a ti y a tu amor que el verdadero y de Dios; porque obras son amores, que no buenas razones.

Para que una criatura racional entienda tus deseos, tus intenciones y lo que tienes escondido en el corazón, es necesario que se lo manifiestes con palabras. Pero Dios, que penetra en los corazones, no tiene necesidad de que tú se lo afirmes y se lo asegures, ni se paga como dice el Evangelio del amor de palabra y lengua, sino del verdadero y de obra. ¿Qué importa decirle con gran fervor que le amas tierna y perfectamente sobre todas las cosas, si en tu palabras amargas y leves injurias no te resignas ni por su amor te mortificas?

Procura con silencio resignarte en todo que, de ese modo, sin decir que le amas, alcanzarás el amor perfecto, el más quieto, eficaz y verdadero.

«La perfección del alma no está en hablar ni pensar en Dios, sino en amarle»

Allá en lo interior, con el silencio mudo se ejercitan las más perfectas virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, sin necesidad de irle a diciendo Dios que le amas, que esperas y le crees, porque este Señor sabe mejor que tú lo que internamente haces.

Hay dos disciplinas espirituales completamente opuestas. Unos insisten en que siempre se han de meditar y considerar los misterios de la pasión de Cristo. Otros, dando en un extremo opuesto, enseñan que la meditación de los misterios de la vida, pasión y muerte del Salvador no es oración, ni su recuerdo, que sólo se ha de llamar oración la alta elevación en Dios, cuya divinidad contempla el alma en quietud y silencio.

Para pasar de un estado malo al bueno no hay necesidad de consejo; pero para pasar del bueno al mejor es necesario tiempo, oración y consejo; porque no todo aquello que es mejor en sí es mejor para todos ni todo lo que es bueno para uno es bueno para todos.

La divina sabiduría es un conocimiento intelectual e infuso de las divinas perfecciones y de las cosas eternas, que más debería llamarse contemplación que especulación. La ciencia es adquirida y engendra el conocimiento de la naturaleza. La sabiduría es infusa y engendra el conocimiento de la divina bondad. Aquélla quiere conocer lo que se alcanza sin trabajo y sudor; ésta desea ignorar que conoce y, por eso mismo, lo alcanza todo.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Robando Arte Callejero XVIII


| Graffiti robado en un pequeño callejón del Realejo del que no recuerdo el nombre -si es que lo tiene-, Granada |

Paseaban, entre casas blancas y dulces silencios compartidos, cuando una flor se cruzó en su camino. Entonces, descubrieron que en el contrato de la vida siempre olvidamos leer la letra pequeña.

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Smocza Jama, la guarida del dragón

Una aventura de Koziolek Matolek, Koziolek idiota.

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sábado, 21 de marzo de 2009

Las once mil vergas (XLVI)

Fuimos a la batalla de flores. Un joven con acento nizardo o monegasco miró a Florence. Ella volvió la cabeza sonriendo. Yo sufría más de lo que se sufre en cualquiera de los círculos del infierno de Dante.
Durante la batalla de flores, lo volvimos a ver. Estaba solo en un coche adornado con profusión de flores exóticas. Nosotros estábamos en un Victoria que le volvía loco a uno, pues Florence había querido que estuviera enteramente adornado con nardos.
Cuando el coche del joven cruzaba junto al nuestro, arrojaba flores a Florence, que lo miraba amorosamente mientras le arrojaba manojos de nardos.
Una vez, excitada, arrojó muy fuerte un ramillete cuyos tallos y flores, blandos y viscosos, dejaron una mancha sobre el traje de franela del guapo. Inmediatamente Florence se disculpó y, apeándose sin ceremonias, subió al coche del joven.
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Era un joven nizardo enriquecido en el comercio de aceite de oliva que le había dejado su padre.
Próspero, éste era el nombre del joven, recibió a mi mujer sin ceremonias y, al final de la batalla, su coche tuvo el primer premio y el mío el segundo. La banda tocaba. Vi como mi mujer ondeaba la banderola ganada por mi rival, al que besaba en la boca.
Por la noche, ella exigió cenar conmigo y con Próspero, al que condujo a nuestra villa. La noche era exquisita y yo sufría.
Mi mujer nos hizo entrar a los dos en el dormitorio, yo triste hasta la muerte y Próspero muy asombrado y un poco molesto por su buena fortuna.
Ella me señaló un sillón diciendo:
–Va a asistir a una clase de voluptuosidad, trate de aprovechar.
Luego pidió a Próspero que la desnudara: él lo hizo con una cierta gracia.
Florence era encantadora. Su carne firme, y más llena de lo que parecía, palpitaba bajo la mano del nizardo. El se desnudó también y su miembro estaba erecto. Me di cuenta con alegría que no era más grande que el mío. Era incluso más pequeño y delgado. Era en suma una auténtica verga de virgo. Los dos eran encantadores; ella, bien peinada, con los ojos chispeantes de deseo, rosada en su camisón de encajes.
Próspero le chupó los pechos, que destacaban como arrulladoras palomas y, pasando la mano bajo el camisón, la masturbó un poquito mientras ella se entretenía mamando el miembro que dejaba escapar de vez en cuando y que entonces iba a restallar contra el vientre del joven. Yo lloraba en mi sillón. De golpe, Próspero tomó a mi mujer en brazos y le levantó el camisón por detrás; su bonito culo regordete apareció lleno de hoyuelos.
Próspero le dio una azotaina mientras ella reía; sobre este trasero las rosas se mezclaron con los lises. Al poco ella se puso seria y dijo:
–Tómame.
El la llevó a la cama y oí el grito de dolor que lanzó mi mujer, cuando el himen desgarrado dejó paso libre al miembro de su vencedor.
Ya no me hacían el menor caso. Yo sollozaba, gozando de mi dolor a pesar de todo; sin poder aguantarme, saqué rápidamente mi miembro y me masturbé en su honor.
Ellos fornicaron una decena de veces. Luego mi mujer, como si se diera cuenta de mi presencia, me dijo:
–Ven a ver, mi querido marido, el buen trabajo que ha hecho Próspero.
Me acerqué a la cama, el miembro al aire, y viendo que mi verga era más grande que la de Próspero, le despreció. Me masturbó diciendo:
–Próspero, su verga no vale nada, pues la de mi marido, que es un idiota, es más grande que la suya. Usted me ha engañado. Mi marido me vengará. André –ese era yo– azota a este hombre hasta que sangre.
Me arrojé sobre él y, empuñando un látigo para perros que estaba encima de la mesita de noche, lo fustigué con toda la fuerza que me daban mis celos. Lo azoté mucho rato. Yo era el más fuerte y al final mi mujer tuvo piedad de él. Le hizo vestirse y lo despachó con un adiós definitivo.

Cuando se hubo marchado, creí que se habían acabado mis desgracias. ¡Ay! me dijo:

–André, déme su verga.

Me masturbó, pero no permitió que la tocara. Enseguida, llamó a su perro, un bello danés, que masturbó un instante. Cuando su miembro puntiagudo estuvo erecto, hizo montar al perro encima suyo, ordenándome que ayudara a la bestia cuya lengua colgaba y que jadeaba de voluptuosidad. Sufría tanto que me desmayé al eyacular. Cuando volví en mí, Florence me llamaba a gritos. El pene del perro, una vez dentro, ya no quería salir. Los dos, mi mujer y el animal, hacía media hora que se forzaban infructuosamente, sin conseguir desengancharse. Una nudosidad retenía el miembro de! danés dentro de la estrecha vagina de mi mujer. Utilicé agua fría y rápidamente les devolví la libertad. Desde ese día mi mujer perdió las ganas de hacer el amor con perros. Para recompensar mis servicios, me masturbó y luego me envió a acostarme a mi habitación.

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Caosmeando

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