El grupo que más me ha hecho moverme bailando. Y todavía me hace. Beber y bailar, magnífico plan.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Ciudad Jardín
Las once mil vergas (VIII)
–Señorita, no he hecho más que veros por primera vez y, loco de amor, he sentido mis órganos genitales dirigirse hacia vuestra belleza soberana y me he enardecido como si hubiera bebido un vaso de raki.
–¿Dónde? ¿Dónde?
–Pongo mi fortuna y mi amor a vuestros pies. Si os tuviera en una cama, os probaría mi pasión veinte veces seguidas. ¡Que las once mil vírgenes o incluso que once mil vergas me castiguen si miento!
–¡Y cómo!
–Mis sentimientos no son falaces. No hablo así a todas las mujeres. No soy un calavera.
–¡Tu hermana!
Esta conversación se producía en el boulevard Malesherbes, una mañana soleada. El mes de mayo hacía renacer la naturaleza y los gorriones parisinos piaban al amor en los árboles reverdecidos.
Galantemente, el príncipe Mony sostenía esta conversación con una bonita y esbelta muchacha que, vestida con elegancia, bajaba hacia la Madeleine. Andaba tan deprisa que tenía dificultades para seguirla. De golpe ella se giró bruscamente y se desternilló de risa:
–Acabaréis pronto; ahora no tengo tiempo. Voy a la calle Duphot a ver a una amiga, pero si estáis dispuesto a mantener a dos mujeres desesperadas por el lujo y por el amor, si en definitiva sois un hombre, por la fortuna y el poder copulativo, venid conmigo.
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martes, 23 de septiembre de 2008
Las once mil vergas (VII)
–¡Ah! es bueno... Quédate aquí... Más fuerte... Más fuerte... Ten, ten, tómalo todo. Dámelo, tu esperma... Dámelo todo... Ten... Ten...
Y en una descarga común se derrumbaron y quedaron anonadados por un momento. Tone y Éulmé abrazadas en el canapé les miraban riendo. El vicecónsul de Serbia había encendido un delgado cigarrillo de tabaco oriental. Cuando Mony se hubo levantado, le dijo:
–Ahora, querido príncipe, es mi turno; esperaba tu llegada y precisamente por eso me he hecho manipular el miembro por Mira, pero te he reservado el goce. ¡Ven, mi corazón, mi enculado querido, ven, que te la meta!
Vibescu le contempló un momento, luego, escupiendo sobre el miembro que le presentaba el vicecónsul, pronunció estas palabras:
–Ya estoy harto de tus enculadas, toda la ciudad habla de ello.
Pero el vicecónsul se había levantado, en plena erección, y había cogido un revólver. Apuntó a Mony que, temblando, le tendió las posaderas balbuceando:
–Bandi, mi querido Bandi, sabes que te amo, encúlame, encúlame.
Bandi, sonriendo, hizo penetrar su miembro en el elástico orificio que se encontraba entre las dos nalgas del príncipe. Introducido allí, y mientras las tres mujeres le miraban, se agitó como un poseído blasfemando:
–¡Por el nombre de Dios! Estoy gozando, aprieta el culo, preciosidad, aprieta, estoy gozando. Aprieta tus bellas nalgas.
Y la mirada salvaje, las manos crispadas sobre los hombros delicados, descargó. Enseguida Mony se lavó, se volvió a vestir y marchó diciendo que volvería después de comer. Pero al llegar a su casa, escribió esta carta:
Mi querido Bandi:
Ya estoy harto de tus enculadas, ya estoy harto de las mujeres de Bucarest, ya estoy harto de gastar aquí mi fortuna con la que sería tan feliz en París. Antes de dos horas me habré marchado. Espero divertirme enormemente allí y te digo adiós.
Mony, Príncipe Vibescu, Hospadar hereditario.
El príncipe cerró la carta, escribiendo otra a su notario en la que le pedía que liquidara sus bienes y le enviara el total a París en el momento en que supiera su dirección.
Mony tomó todo el dinero en metálico que poseía, 50.000 francos, y se dirigió a la estación. Echó sus dos cartas al buzón y tomó el Orient Express hacia París.
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lunes, 22 de septiembre de 2008
Canto al Dios Kane
“Aquí estoy en la cima del día, en la cima de la noche.
Los espacios de aire,
el cielo azul voy a hacer, un cielo.
Un cielo para Ku, para Lono,
un cielo para mí, para Kane.
Tres cielos, un cielo. ¡He aquí los cielos!
No es el cielo
el gran cielo.
Aquí estoy en el cielo, el cielo es mío.”
